Hacktivate Your Mind ! v9.0

Cansancio

Hace un rato que le he echado la bronca por hacer una de esas tonterías que muchos jovenes practican y me ha dicho que le dejara en paz, que aún era un niño jugando a querer ser adulto.

Tomamos un café y él frunce el ceño. No soy como todos los idiotas de mi edad, tío, dice mientras abre con una mano su sobrecito de azúcar. He vivido mucho y demasiado rápido.
Ladeo un poco la cabeza, apartándome del humo de un cigarrillo y esbozo una sonrisa esquinada.
No es que hayas vivido de más, niño, pero sí es cierto que te has pegado tu tute. Nosotros, mal que nos pese o nos tengamos que alegrar, no somos como nuestros abuelos.
Parpadea y niega con la cabeza.
Sigo.
Ya sé que no son los mismos tiempos. También sé que ni tú ni yo parecemos de estos días, en los que los dementes de nuestra edad juegan a ver quién se mete más mierda en una noche para, al día siguiente, follarse a su churri en medio de la resaca. Pero no te engañes: no hemos pasado ni la mitad que los que nos llevan cuarenta y cincuenta años de ventaja.

Entonces, suena su teléfono móvil.
No tenían esa clase de comodidades. Ellos sí que estaban jodidos, pienso.
Responde.
¿Sí?
Sonrío.
¿Cómo que si he visto a papá? No, no lo he visto ¿por qué preguntas?
Cambia su gesto. Dejo mi café.
¿Qué? ¡¿Qué se yo!? Bueno, mira, tú tranquila, ahora le llamo y lo localizo, que además tenemos que quedar.
Trato de dilucidar qué pasa leyéndole los ojos.
Venga, mamá, más tarde nos vemos. Adiós.

Estoy hasta los huevos de mis padres, concluye.
Cuelga para volver a marcar.

¿Papá? ¿Dónde estás?
Odio cuando no me cuentan qué está pasando. Pero son sus cosas, así que esperaré.
Me acaba de llamar mamá. Dice que has vuelto a beber.

Y a veces odio enterarme de lo que sucede.

La siguiente hora es de las que siempre se deben los amigos. Tú explicas tus cosas. Yo te explico las mías. Intentamos arreglar -nuestro- mundo y al final, cada uno para su casa.
Nos despedimos en mitad del Paseo de Gràcia y me lo quedo mirando mientras se pierde entre la gente calle arriba, a paso ligero, con aire cansado.

Por una vez el Diablo, a pesar de ser viejo, no tenía razón.

Fragmentos

Hoy he paseado por esos almacenes.

Vi la mesa donde estuvieron, como testigos privilegiados, los azucarillos y el cuarto café de ese día.
No sabias mirarme a la cara sin sonreír.
Jugueteabas con tus manos, acariciándote la pulsera, repasando tus nudillos.
Te mordias los labios ligeramente.
Sabiéndonos ganadores, me acerqué.

¿Te acuerdas?

He cerrado los párpados capturando de nuevo mis segundos de entonces. Habría hecho lo mismo con los tuyos, pero no tengo derecho a agenciarme los de nadie. Sólo ocurre que estuvimos juntos en un trocito de Destino, diferente para cada uno.

Sonreí de repente, por ese buen momento.

La vida no es un total de épocas, sino un compendio de ratos, nuestros y de nadie más, en el que a veces en sus páginas abundan más los buenos que los malos, y viceversa.

Es de esas pequeñeces de las que surge nuestro guión que con el tiempo, se va complicando tanto que vamos arrancándole páginas enteras. Guardando fragmentos que nos engañan a veces empujándonos a lo que no queremos.
Como hoy, sonreír.
oct 27, 15:29 bajo ,

Maldita telefonía

En las últimas semanas estoy experimentando un problema con la telefonía móvil que me está sacando de quicio. El tema es el siguiente: Si me llamas, escuchas tono cuatro veces y te salta el buzón de voz. Esto no tendría mayor misterio si no fuera por los siguientes detalles:
a) No me aparece una llamada perdida en el display porque es que no llega hasta mí.
b) No me llegan mensajes del buzón de voz con el clásico "El número xxxxxxxxx ha realizado una llamada sin mensaje al buzón de voz."
c) Me llegan mensajes corruptos o en blanco.
d) Me pasa lo mismo con otra gente a la que llamo y encuentro las mismas historias.
He hecho pruebas con el móvil quitándole la batería, dejándolo funcionar sin 3G, vaciando las carpetas de mensajes y todo lo que se suele hacer. Pero nada, aunque esté en una zona en la que la cobertura es excelente, me sigue pasando.
Parece que tengo más problemas con móviles que no son de mi compañía, pero dentro de ella sólo se salvan dos o tres números de teléfono que no han encontrado dificultades en contactarme.

¿Problemas en las redes de las operadoras en Valencia, en mi móvil o pura interferencia espacial?

Algo me dice que es lo primero, pero ninguna compañía se ha mojado el culo para con su parte de responsabilidad.

Así que debe ser eso.

Distorsión

Quebradiza.

Invasora.

Punzante.

Aceitosa.

Asfixiante.

Pesada.

Agresiva.

Edulcorada.

Rasgante.

Abrumadora.

Estridente.

Pasiva.

Así es la realidad cuando estás sufriendo una vigilia de varios días.
Como el cuadro de un esquizo.

Autobusero Modelo

De fondo, entre canciones, sólo se escucha el ronroneo del motor junto el rodar de las ruedas por la carretera, toda la vibración a lo largo de la estructura del autobús. La oscuridad sólo se rompe por las farolas que pasan, rápidas y el horrendo reloj de tipografía digital rojo sangre.

02:28

Para en un área de servicio. Parece que el resto del mundo toma una bocanada de aire, como si llegara ligeramente después. Como si la teoría de la relatividad demostrara tímidamente que existe. Debería haberse guardado su exhibición esta vez.

—Señores pasajeros, vamos a hacer una parada de tres cuartos de hora. Son las tres y media, así que a las... cuatro y cuarto me pongo en marcha. No acostumbro a contar a la gente que llevo, así que ustedes verán si no regresan a tiempo, porque yo no espero a nadie.

Lo ha dicho con una voz ronca, tosca y borde. Más que un conductor parece un yonki que adelanta el tiempo a su medida porque necesita la dosis antes de tiempo.
Cuando bajamos, se lo hacen notar.

—Perdone... son las dos y media, no las tres y media.
El conductor se siente agrio y nos mira.
—Ya me han entendido.
—Entonces debería esperar hasta las cuatro y cuarto, por si acaso.
—No me diga lo que... ¡Bah! ¡Ahora les aviso y ya está! — arruga su cara de cerdo supino— ¡Baje!

Le observo, al otro lado de la luna del frontal.
Entierra sus manos en el pelo, encima del volante. Debe estar pensando que ha hecho el ridículo, pero se recompone por un momento y me mira con los ojos desencajados. «Que Dios nos pille confesados si no cambiamos de conductor, hijo de puta.»
Si no ha oído el pensamiento, debe ser por alguna triquiñuela divina.

Tres cuartos de hora más tarde, los pasajeros subimos al autocar.

Entre toda la turbulencia mental que siempre traigo de un viaje me ha dado tiempo a pensar que este tío tiene pintas de ser uno de esos claros ejemplos de complejo de PP. Complejo de la Polla Pequeña
Abusón, grotesco, enfermizamente escudado en la mole que conduce para hacer creer al resto del mundo que es un tío potente.

Complejo de inferioridad y todo eso.

De repente, la confirmación.

—Si no quitáis los coches de ahí, os lo chafarán.—dice, a través del cristal lateral de su puesto.
Responden algo.
—Porque yo soy bueno, pero otro pasará por aquí y se os llevará por delante.
Del otro lado, unos chicos que están saliendo de sus coches le observan, incrédulos. No están acostumbrados, como nosotros, a que nos esté conduciendo el hermano pequeño de un troll.
—Bueno, vale, yo te lo he dicho. Luego no quiero lloros, que estoy hasta los cojones. Que sí, que vale, que yo te lo digo, que a la próxima os chafo el coche, porque es que ni me paro a miraros.
Los chicos de fuera intercambian miradas y parece que piensen que es demasiado pronto para una cámara oculta.
—¡No te jode! ¡Ala, que ya os las apañaréis, pero si yo soy otro, os chafo el coche!

Estoy seguro de que nos (le) dedicaron un tierno saludo con los dedos medios de ambas manos bien extendidos y en alto, a ver si el que nos conducía los veía por el largo espejo retrovisor.

Los niños a las tres y veinte de la madrugada, están absolutamente convencidos de la existencia del Coco. O al menos, del Coco-nductor.

El traquetreo del autocar retoma su particular runrún.

Una hora y media después, avatares de Destino, se encuentra con un antiguo compañero que ahora trabaja en la TMB conduciendo un trasto amarillo. Ni corto ni perezoso, enciende la mitad de las luces del autocar, abre las puertas y grita como un degenerado, a las cinco de la mañana:
—¡¿Qué pasa pisha?! ¡¿Qué tal te va todo?!
Ruido de fondo, el interlocutor contesta.
—¿Sí? ¡Vaya! Pues ya te contaré yo, ya, que me voy a volver a mover porque esto es una mierda...

A estas alturas de la historia, comienzo a dudar de que tú sepas realmente qué es una mierda, pienso. Desde luego está claro que para tí despertar a todo tu pasaje, con tres niños a los que acabas de asustar y cuarenta personas que están seguros de que a donde tú vayas, si no es el destino marcado en tu ruta, no les importa nada, no es una mierda.

Volvemos a ponernos en marcha. Un taxi se libra de ser fosfatina entre los dos autobuses con un acelerón. Se masca la tragedia.

Pasa un minuto y tres semáforos en verde.

Al final, la hecatombe:

—¡Eres un cabrón! ¡Como vuelvas a hacerme la pirula, te parto el coche por la mitad, desgraciao!
—¿Pirula yo? ¿Qué pirula? Me habéis encerrado vosotros, tú por no moverte y tu colega invadiendo mi carril.
—¡¡Que te jodan!! Ya te lo he dicho: ¡a la próxima te parto el coche por la mitad, a ver qué va a pasar!
El otro debe responder a medias.
—Bueno, ya te lo he dicho, estás avisado. Vale, que sí, que vamos. Tira p'alante ya.

Con todo el mundo ya despierto (estará orgulloso el hombre), llegamos a la Estación del Norte. Cabreados, asqueados e incluso en algún caso, sobresaltados.
La sorpresa nos asalta, en un catalán muy bonito, muy formal, muy de hipócrita cabrón:

—Hola, buenas noches, vengo desde Valencia. ¿Qué andén me toca, por favor?

Si yo hubiera tenido que responder, le habría asignado el del infierno de los demonios con pollas verdaderamente grandes.

Y que tuviera buen viaje.

Secuelas

—No sé si seré buena madre.— remueve su mojito con la boca torcida, dudosa.

Yo tampoco. Pero intuyo que sí. Hay cosas que se llevan y se destilan.

—No, claro, pero ya me entiendes.— baja los párpados sobre los ojos azules, preciosos, con ese gesto suyo tan elocuente.

Miento: La verdad es que no.

—Él dice que por su parte sí, y que ve que por la mía, también. Pero que ni él ni yo podemos poner la mano en el fuego.— se queda por un momento mirando el titilar de una vela mientras pienso que sí la pone, que es un tío listo.— Yo sé que él sí será un buen padre.
Ella también es chica ágil.

—¿Y tú por qué no una buena madre?
—Porque... no sé... Ya sabes, siempre he sido muy feliz, he ido muy a la mía.— da un sorbo.— Además, recuerda que hasta hace poco no las tenía todas conmigo. Y aún ahora lo pienso, pero llega un momento en el que te cuestionas tu papel en todo el asunto ¿sabes?
—O te lo hacen cuestionar.
—¡Sois unos cucufatos!

Sonrío y doy un sorbo a mi black russian.

Creo que si no hubiéramos coincidido, este paso se habría dado igual. Que nuestro encuentro, en el fondo, no es tan importante para el hilo de los acontecimientos, porque habrían terminado dándose. Y sin embargo, me gusta poder decir que puse mi granito de arena.

Me alegra inmensamente estar anotado al margen, en la precuela de una historia por empezar.

Odori

Hay un olor en casa de mis abuelos que me encanta. Creo que está hecho de retazos de otros olores. Como un olor más grande hecho de pequeñas porcentuales de otros más pequeñitos.
Es un olor que simplemente está. Acompaña.

Madera seca, apilada. Como la que se guarda cerca de la chimenea.

Ceniza. La poca que queda como poso en la bandeja que hay bajo un par de troncos que esperan ser quemados, ya a estas alturas, el próximo invierno.

Moqueta. Ese olor áspero y seco, pero reducido en agresividad como mil veces.

Polvo. El que trata de escapar de los tejidos y el que se esconde, entrechocándose las partículas como gente en el metro, para huir de la aspiradora.

Perros. No a uno solo, sino a varios, de los que están bien cuidados y no te empalaga su olor.

Bosque. Como el que tienen frente a la terraza, separándonos del resto de las urbanizaciones. Del pueblo. Del mundo.

Sol. El de primera hora de la mañana calentándote extrañamente por la nariz como sólo su luz -o una buena taza de café con leche-, puede hacer.

Piedra. La de algunas de las paredes o las del bosque. Es fresco, pero acoge, porque se puede calentar con el del sol.

Mar. Cabalgando con la brisa, escalando la montaña.

Papel. Vegetal, folio, de revista, de periódico, para bocetear en sucio, para imprimir en plotter.

Tinta. De bolígrafos, de rotuladores, de Pilot, de Edding, de Staedler, de Rottring.

Mina. De lápiz grueso, azul, de colores, portaminas.

Café. Cargado, fuerte, que se deja notar desde un piso más abajo.

Loción para después del afeitado, que extrañamente, se queda hasta poco antes de comer.

Pan. Recién comprado, del que venía en bolsitas de plástico agujereadas.

Perfume. Flotando a lo largo del día intermitentemente.

Pasta. Al dente, con, o sin salsas.

A todo y a nada. Porque son tan débiles cada uno por separado, que sólo cobran sentido cuando están todos.

O quizá sólo sea yo, mutilando la realidad para quedarme con las pequeñas cosas que se me quedaron grabadas más allá de la pituitaria de pequeño.

Reflexión inocente ante el pelo largo

Bueno, hija, ahora en un momento te pinchará la doctora, dice el abuelo.
La niña responde dubitativa que vale, pero que le diga que qué hora es.
El anciano da la hora, solícito ante la orden de la pequeña que parece estar gestionando su agenda mental. Las nueve menos diez de la mañana. Creo que no llegaré al cole, abuelo.
¿Y qué importa? Pregunta él; añade que hay cosas más importantes. Pero claro, es que hay piscina, y a la niña no le gusta la idea de ponerse en remojo un rato con sus amigos.

En esas, me giro levemente y mis ojos topan con los marrones de la chiquilla. Sorprendida, arquea las cejas mientras se le abre levemente la boca. Y en un comentario inocentísimo, dice que ala, que soy un chico y que tengo el pelo largo.

Entonces recuerdo cuando yo comencé a ver tíos con greñas por la televisión. Pensaba que pertenecerían a alguna clase de degenerados, que estaban mal de la cabeza. Me parecían casi aberrantes. Aunque... alguno había que le quedaba bien.

Luego, con el tiempo, uno fue viendo más y más gente con el pelo largo. Y poco a poco le fue cayendo en gracia el asunto. Pero por supuesto, uno se lo dejaría jamás. Era como una de esas prendas que siempre le quedan bien a otro.

Ahora, llevo el pelo largo, casi hasta la riñonada.
Me encanta, porque tengo mis razones, que serán contadas otro día.

Y es que cualquier razón, por profunda que sea, se queda en agua de borrajas ante la vocecita de una niña que pregunta, entre esos susurros tan altos que los pequeños acostumbran, si yo podría irme a la piscina o no me dejarían entrar por no caberme el pelo en el gorro de baño.

Permitidme un smiley, de los que hace años que no pongo en un escrito.

=D

Magia

— Vamos a salir a escena ¡Prepárate!
— Está bien, está bien. No me meta usted prisa, señorita, que sé cuándo salir.—murmura mientras ella cierra la puerta del despacho que hace las veces de camerino.

Le da vueltas a su sombrero de copa, pensativo. Al cabo de un instante, mete la mano en el interior y, después de un ligero brillo, extrae una fotografía. Casi sin mirarla, vuelve a dejarla dentro. Hoy no, dice.
Se apoya en el respaldo de la silla, cansado, y sus ojos se pasean por el techo.

Magia.
Existe, y de muy diversas clases.

Está la de las pequeñas cosas cotidianas como las sonrisas, los detalles, un regalo, un gesto. Dicen que no es muy poderosa, pero si te fijas, divagas. Comienzas a imaginar escenarios, desarrollos, causas, alternativas. Te hace pensar.
Luego hay esa otra, la de los grandes acontecimientos. Esta es traicionera, porque disfraza lo que tú no quieres ver tanto como embellece lo que sí quieres ver. Viene a resultar la herramienta de perfilar del programa de diseño gráfico de la vida. Cuando actúa, nada parece tener más importancia que un pequeño porcentaje de la escena.
Es la de las personas radiantes, la de los encandilamientos. La de los caprichos.

Coge el bastón y lo observa. Brilla reflejando las luces de la habitación.

Por supuesto, la magia tiene su lado malo, como todas las cosas. Por ejemplo, el miedo es una de sus variantes. Hace que todo parezca imposible. Provoca que te den ganas de quedarte encerrado en tu casa, una actividad, tu mente. En tí.
Otro ejemplo; la máscara traviesa e hija de puta de la magia es la que hace que de repente todo el mundo parezca un mundo más sencillo en el que vivir a costa de ver cómo otro lo pasa fatal. Algunos dicen que es una cuestión de supervivencia, lo que nos llevaría a pensar que la Magia es un acto genético, de selección natural.
Podría ser, ¿no?

Se levanta, gira sobre sus talones y observa su reflejo en un espejo desmontable. Chasquea la lengua, se coloca el sombrero y se atusa bien el traje.

Porque hay que tener claro que la Magia nunca se descubre. Se desnuda, en todo caso. Muy pagada de sí misma, jugueteará con tus sentidos y tendrás la sensación de haberte tragado una estupenda pastilla o el veneno más duro. Y luego, al cabo, dirás que fue algo como mágico, para bien o para mal. Cuando ya haya pasado, ¿comprendes?

Pasea por el pasillo después de cerrar con cuidado y se encara a la puerta de un comedor disfrazado de improvisado escenario.

El problema de la Magia es que la gente no cree en ella. En ninguno de todos sus sentidos.

El telón corre.

Por eso se le llama Magia.
Porque, en el fondo, cualquier cosa puede serlo.

Dignidad

Se apoyó en la escoba con gesto cansado tras dejar la espuerta a sus pies. Con las maneras de quien está haciendo su trabajo perfectamente, pasando totalmente de lo que le dijeron en ese curso o ponía en esa cuartilla. Sino con lo aprendido en la calle después de miles de noches oliendo otra cosa no fuera basura.

La piel grasienta habla de varias horas trabajadas. Las manos, ajadas y encallecidas, de otros trabajos poco gratos. Los ojos, de sueños rotos.

Esos ojos se quedaron velados por un momento entre pensamientos. Al cabo, un ligero movimiento con la cabeza, espantando débilmente a saber qué fantasmas. Las manos se escondieron en los bolsillos, dejando que la escoba se apoyara en su pecho. Miró a un lado y al otro, sacó un mechero, un canuto y la mirada de fastidio de quien sabe que eso se ha convertido en una de las pocas cosas que ayudan a superar esta clase de menesteres.

Me miró. Con una sonrisa cansada, casi irónica, encendió la chusta, entornando los ojos por el humo. ¿Quieres? No, gracias, repliqué con una sonrisa. Giró levemente.
— Haces bien, zagal.—Me miró, dando una calada, baremándome mientras se erguía.— Haces bien.

Con un ligero movimiento de cabeza se despidió de mí y del resto del mundo para volver a sus menesteres, dejando caer la escoba de su pecho para recogerla con la mano que sujetaba el porro. Una especie de soldado que ya ha terminado de desentumecerse los músculos y que vuelve a cargar con su equipo.

Y me alejé pensando que hay gente que conserva su dignidad incluso en la peor de las guisas.
Que eso, se lleva dentro.
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