Hacktivate Your Mind ! v9.0

Violet y Blue

Entonces lo comprendió.

Violet se sentía ahogar de tanto aire que cogía por la boca. Apoyó su cabeza sobre el respaldo del sofá y trató de mirar el techo a través del mar de estrellas rojas y blancas que inundaban su vista. Sentía la sangre correr por sus sienes mientras trataba de aferrarse a la realidad de la tela con sus manos huesudas.

Era todo tan sencillo que abrumaba.

Se había quedado blanco. Blue no sabía a donde mirar, así que fijó su vista al vacío mientras las lágrimas corrían por su cara. Estaba sentado con las manos flácidas entre sus piernas. El que no entendía qué pasaba ahora era él.
Pero estaba todo claro.

Durante más de dos años ella había estado buscando respuestas a la pregunta equivocada. Había recorrido su pasado buscando qué había hecho mal antes de verlo en la sala de parto. Pensaba que era imperfecta o que estaba tarada. Que sólo servía para dar vida a monstruos.
Era todo un puto espejismo.
No había nada tarado ni imperfecto salvo su prisma.

Había descargado todos sus fantasmas sobre el hijo que, a pesar de lo equivocado de su punto de vista, amaba. Sólo porque, para el resto del mundo, una criatura diferente por fuera era defectuosa de fábrica por dentro.

Que le jodan al mundo, dijo en susurro.

Porque ya no hay nada que pueda remediar el haber llamado a su hijo subnormal.


- - -
Otra vuelta de tuerca a la historia a la historia de la Bella y la Bestia.

Nicotina Western

Son las cinco y media de la mañana.

En un pueblecito hecho con casitas de madera al pie del Himalaya, un perro emite un gemidito. Levanta su cabeza al despertarse de una pesadilla. El cielo oscuro comienza a perder consistencia. Una brisa helada recorre la avenida central del pueblo. Una puerta bate.

Son las seis menos veinticinco de la mañana.

Un gruñido desciende por la montaña. Con él, se recorta el perfil blanquecino contra la nieve de un ser alto con aspecto humanoide. Está recubierto de pelo, es feo, tiene una mirada primate, unas manos capaces de partir el cuello de un adulto con un chasqueo de dedos y unos pies torpes que caminan con la pesadez de los barriles.

Son las seis menos veinte de la mañana.

El pueblo está en silencio, tenso.
Todo el mundo lo sabe.
Ocurrió en el salón, anoche, mientras las botellas bailaban el cancán y el corbatín tocaba, impasible, su piano. El trapo dejó de limpiar los vasos. Los reyes, reinas e infantes dejaron las cartas de vaqueros sobre la mesa. Despacio.
Absolutamente todos miraron al centro de la sala, donde el abominable y el cilindro se miraban, impertérritos.
Todo el mundo lo sabe.
Porque fue entonces cuando se citaron en un breve intercambio de palabras, a oídas de todos. Ante la casa de la Estrella Del Sheriff.
Al amanecer.
A muerte.

Son las seis menos diez de la mañana.
Quedan doce minutos.

Unas botas humean. Nunca le gusta ir descalzo porque sostiene que sus pies son demasiado calientes y que la tierra le molesta. Su cara tostada, salpicada por marcas de viruela, se refleja en un espejo cochambroso mientras observa su torso pálido. Cicatrices de muchos otros duelos surcan su pecho e incluso un recuerdo en forma de tira vertical le recorre desde el cuello hasta las piernas. La vida nunca es sencilla cuando tienes un corazón de hierbajo. Aunque sea capaz de arderte en deseos por otro ser.
Se asoma a la ventana. Mira al cielo. Esquina una sonrisa y se yergue.
—Es la hora.
Y baja las escaleras de la pensión.

Son las seis en punto de la mañana.
Quedan dos minutos.

La figura blanca pelosa llega a la avenida principal del pueblo. Si girase su rostro para ver a su alrededor, se percataría de que en la oscuridad decenas de ojos brillan, expectantes. Demasiadas arañas. Pero mantiene la mirada recta, al frente, hasta encontrar la de su rival.
El Cilíndrico, como le llamaban, ya espera sereno a un lado de la casa de la Ley. Sale de sus pensamientos y mira al duelista. Un resplandor anaranjado parece iluminarle cuando se centra en la vía. Escupe al suelo y una bola de hierba reseca explica, pasando en un susurro por al lado, que aún hay brisa matinal.

Queda un minuto y quince segundos.

—Buenos dias, monstruo.
—Soy un mito, Cilíndrico. No podrás acabar conmigo.
—Eso ya lo veremos.

Quedan cincuenta y cinco segundos.

Cilíndrico levanta ligeramente la cabeza, observa el cielo y su inicio de clareo. Sus ojos se clavan en la figura que tiene frente a sí y dispara una sentencia:
—Uno de los dos sobra en esta cultura, forastero.

Quedan cuarenta segundos.

La bola de hierba seca se acerca al humanoide.

Treinta segundos.

Todo es tan tenso que un gato acaba de perder dos vidas.

Diez segundos.

Las botas humean mientras el portador suspira.

Cinco segundos.

Algo flota en el aire.

Dos segundos.

El humanoide tuerce la cabeza. Respira profundamente. Entonces abre bien los ojos rojos que acaban de descubrir el truco. Lleva sus manos al cuello, comienza a boquear queriendo capturar el aire que ya no respira. Ese maldito cilindro ha sido mucho más hábil. Le flaquean las piernas, la visión se le nubla por las lágrimas.
—Jue...go...ssscio...
Y alarga una mano de dorso albino en dirección a su contrincante, quien sonríe plácidamente mientras espira, abrazado por su humo dorado por el primer fulgor de la alborada.

Nueve segundos más tarde del romper del día, el cuerpo inerte de un abominable hombre de las nieves yace tirado en la tierra de un pueblecito a los pies de la sierra del Himalaya.
Ha muerto otra leyenda por la toxicidad del tabaco.


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En este caso, las correcciones fueron básicamente un par de estilos sueltos, quité la referencia anacrónica de la cámara y pulí ligeramente el ritmo, para que la cadencia fuera ganando fuerza. También retoqué ligeramente el final para hacer que el guiño al tabaco fuera extensible a más mitos y leyendas.

El original
Son las cinco y media de la mañana.

En un pueblecito hecho con casitas de madera al pie de alguna de las muchas montañas del Himalaya, un perro emite un gemidito. Levanta su cabeza al despertarse de una pesadilla. El cielo oscuro comienza a perder consistencia. Una brisa helada recorre la avenida central del pueblo. Una puerta bate.

Son las seis menos veinticinco de la mañana.

Un gruñido desciende por la montaña. Con él, se recorta el perfil blanquecino contra la nieve de un ser alto con aspecto humanoide. Si la cámara se acerca, podremos ver como está recubierto de pelo, es feo, tiene una mirada primate, unas manos capaces de partir el cuello de un adulto con un chasqueo de dedos y unos pies torpes que caminan con la pesadez de la cordillera.

Son las seis menos veinte de la mañana.

El pueblo está en silencio, tenso.
Todo el mundo lo sabe.
Ocurrió en el salón, anoche, mientras las botellas bailaban el cancán y el corbatín tocaba, impasible, su piano. El trapo dejó de limpiar los vasos. Los reyes, reinas e infantes dejaron las cartas de vaqueros sobre la mesa, despacio. Y absolutamente todos miraron al centro de la sala, donde el abominable y el cilindro se miraban, impertérritos.
Todo el mundo lo sabe.
Porque entonces se citaron en un breve intercambio de palabras audible para todos. Ante la casa de la estrella. Al amanecer.
A muerte.

Son las seis menos diez de la mañana.
Quedan doce minutos.

Unas botas humean. Nunca le gusta ir descalzo, porque sostiene que sus pies son demasiado calientes y que la tierra le molesta. Su cara, tostada, salpicada por marcas de viruela, se refleja en un espejo cochambroso mientras observa su torso pálido. Cicatrices de muchos otros duelos surcan su pecho e incluso un recuerdo en forma de tira vertical le recorre desde el cuello hasta las piernas. La vida nunca es sencilla cuando tienes un corazón de hierbajo. Aunque sea capaz de arderte en deseos por otro ser.
Se asoma a la ventana. Mira al cielo. Esquina una sonrisa y se yergue.
—Es la hora.
Y baja las escaleras de la pensión.

Son las seis en punto de la mañana.
Quedan dos minutos.

La figura blanca pelosa llega a la avenida principal del pueblo. Si girase su rostro para ver a su alrededor, probablemente se percataría de que en la oscuridad decenas de ojos brillan, expectantes. Demasiadas arañas. Pero no, mantiene la mirada recta, al frente, hasta que encuentra a su rival.
El Cilíndrico, como le llamaban, ya espera sereno a un lado de la casa de la estrella. Sale de sus pensamientos y mira al duelista. Un resplandor anaranjado parece iluminarle cuando se centra en la vía. Escupe al suelo y una bola de hierba reseca explica, pasando en un susurro por al lado, que aún hay brisa matinal.

Queda un minuto y quince segundos.

—Buenos dias, monstruo.
—Soy un mito, Cilíndrico. No podrás acabar conmigo.
—Eso ya lo veremos.

Quedan cincuenta y cinco segundos.

Cilíndrico levanta ligeramente la cabeza, observa el cielo y su inicio de clareo. Entonces baja la mirada y dispara una sentencia:
—Uno de los dos sobra en esta cultura, forastero.

Quedan cuarenta segundos.

La bola de hierba seca se acerca al humanoide.

Treinta segundos.

Todo es tan tenso que un gato acaba de perder dos de sus vidas.
El ser peludo sonríe mostrando una dentadura impresionante.

Diez segundos.

Las botas humean mientras el portador suspira.

Cinco segundos.

Algo flota en el aire.

Dos segundos.

El humanoide tuerce la cabeza y respira profundamente. Entonces abre los ojos que acaban de descubrir el truco, se lleva las manos al cuello y comienza a boquear. Ese maldito Cilíndrico ha sido mucho más hábil. Le flaquean las piernas y los ojos se le nublan por las lágrimas.
—Ju...go...sss...cio...
Alarga una mano de dorso blanco y peloso en dirección a su contrincante, quien sonríe plácidamente mientras espira y es abrazado por el humo dorado al primer fulgor de la alborada.

Nueve segundos más tarde del romper del día, el cuerpo inerte de un abominable hombre de las nieves yace tirado en la tierra de un pueblecito a los pies de la sierra del Himalaya.
Muerta una leyenda por la toxicidad del tabaco.

Pan y queso

Miró las paredes de piedra y suspiró.
—¡Miguel, ven!
El nieto se llegó al lado del abuelo tras una de esas carreras que sólo los niños saben hacer. Puso sus manos sobre la madera rústica y observó al viejo con sus ojos claros.
—Siéntate, hijo.
—¿Me vas a contar una historia, abuelo?
—Hoy no. O igual sí. Pero primero, siéntate —dijo, moviendo un taburete.— ¡Que yo más que tu madre quiero que meriendes un poco!
—¿Entonces sí me vas a contar una?
El chiquillo se sentó mientras su abuelo parecía rebuscar las palabras en las estanterías sabias de su mente.
—Bueno, todo exilio tiene una historia.
—¿Exilio, abuelo?
—Sí ¿Sabes lo que es?
—Claro, abuelo ¡ya voy a sexto! Es cuando a una persona se la obliga a marcharse de su país ¿no?
El viejo asintió sonriendo.
—Pero no sólo eso. No sólo eso.
Alargó una mano y partió un trozo de pan. Despacio, lo levantó mientras buscaba con sus ojos esos otros, los de una generación nueva.
—También es el sitio donde alguien exiliado va a parar.
—¡Es verdad!
—El caso, hijo, es que un exilio comprende siempre una separación de un lugar. Quizá por ver la vida diferente a cómo la ven los que llevan un país o sólo porque uno necesita estar solo.
—¿Y quién querría estar solo, abuelo? No lo entiendo.
El chico contemplaba el trozo de pan más pequeño, pensativo, con un mohín de duda en la cara.
—¡Mucha gente, Miguel! A veces es la única forma de encontrarse. Es la gran aventura de enfrentarse al mundo con las manos vacias. A medida que alguien que emprende esa aventura va viviendo cosas, aprende cómo es al superarlas. Y al final, ya no es como cuando salió, sino alguien totalmente distinto.

El viejo se levantó un momento de la mesa, sonriendo, para recoger una forma de queso y cortar una porción. Giró sobre sí y miró a su nieto con el queso montado encima del pan abierto en dos.
—¿Dices como un poco de pan cuando le pones queso?
—Eso es, hijo. Tú lo has dicho.
La risa se apoderó del anciano y cerrando el tentempié, lo dejó frente al niño. El niño recogió el bocadillo. Tras darle un tiento sonrió entre satisfecho y aprobador.
—¡Qué personas más raras! ¿No crees, abuelo?
—Quizá, Miguel, quizá.
Un zumbido retronó en la cocina rompiendo la magia de un momento con sus silencios.
—Anda, hijo, ve a jugar.
—¡Vale!

Y antes de que hubiera terminado de decirlo, había desparecido por el umbral de la puerta. El abuelo, apoyado en la mesa, se quedó pensativo mirando el vacío. Pasaron unos instantes donde su mirada se apagó un poco y finalmente, musitó:
—Sólo nos llevamos lo que recordamos. Que no se te olvide.



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El relato tiene dos correciones: la primera para darle un poco más de aire al niño y abuelo de lo que son: un niño y un abuelo; la segunda, es una reestructuración de algunas partes del relato que leídas en voz alta rompían el ritmo.

El original:
Miró las paredes de piedra y suspiró.
—¡Miguel, ven!
El nieto se llegó al lado del abuelo tras una de esas carreras que sólo los niños saben hacer. Puso sus manos sobre la madera rústica y observó al viejo con sus ojos claros.
—Siéntate, hijo.
—¿Me vas a contar una historia, abuelo?
—Hoy no. O igual sí. Pero primero, siéntate —dijo, moviendo un taburete.—¡Que yo más que tu madre quiero que meriendes un poco!
—¿Entonces sí me vas a contar una?
El chiquillo se sentó mientras su abuelo parecía rebuscar las palabras en las estanterías sabias de su mente.
—Bueno, todo exilio tiene una historia.
—¿Exilio, abuelo?
—Sí ¿Sabes lo que es?
—Claro, abuelo ¡ya voy a sexto! Es cuando a una persona se la obliga a marcharse de su país ¿no?
El viejo asintió sonriendo.
—Pero no sólo eso. No sólo eso.
Alargó una mano y partió un trozo de pan. Despacio, lo levantó mientras buscaba con sus ojos esos otros, los de una generación nueva.
—También es el sitio donde alguien exiliado va a parar.
—Oh. Claro.
—El caso, hijo, es que un exilio comprende siempre una separación de un sitio. Quizá por ver la vida diferente a cómo la ven los que llevan un país o sólo porque uno necesita estar solo y decide irse.
—¿Y quién querría estar solo, abuelo? —El chico contemplaba el trozo de pan más pequeño.—No lo entiendo.
—¡Ah, mucha gente! En ocasiones, es la única forma de encontrarse. Uno lo deja todo atrás para enfrentarse al mundo como si no tuviera nada. Y a medida que va viviendo cosas, va aprendiendo de sí mismo.

El viejo se levantó un momento de la mesa, sonriendo, para recoger una forma de queso y cortar una porción. Giró sobre sí y miró a su nieto con el queso montado encima del pan abierto en dos.
—¿Como un poco de pan cuando le pones queso y deja de ser solo un poco de pan?
La risa se apoderó del anciano y cerrando el tentempié, lo dejó frente al niño.
—Eso es.
—¡Qué personas más raras! ¿No crees, abuelo? Seguro que siempre olerán a rancio.
El niño recogió el bocadillo. Tras darle un tiento sonrió entre satisfecho y aprobador.
—Nunca se sabe, Miguel.
—¡Es verdad! El queso está bueno.
Un zumbido retronó en la cocina.
—Anda, hijo, ve a jugar.
—¡Vale!

Y antes de que hubiera terminado de decirlo, había desparecido por el umbral de la puerta. El abuelo, apoyado en la mesa, se quedó pensativo mirando el vacío. Su mirada se apagó por unos instantes. Al fin, musitó.
—Sólo nos llevamos lo que recordamos. Que no se te olvide.
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