Hacktivate Your Mind ! v9.0

Reflexiones animales

Primero quédate con este vídeo de un leopardo protegiendo la cría de un babuino hembra que acaba de matar (Via Diario de Nunca Jamás).
Luego, quédate con este otro vídeo de unas personas de buen corazón que enriquecen el mercado de las pieles.

Y cuando termines dime dónde está el animal irracional y despiadado.

Comunicación

Asi que ya ves. Todo lo que puede explicar que tú y yo estemos hablando es tan complicado como sencillo.
¿Seguro?
Claro, tío.

Un balón rueda hasta el pie del chico. Lo empuja de vuelta a los chiquillos que juegan a lo lejos, en ese terreno de cemento del parque.

No hay mucha complicación. Yo expreso, tú contestas. Me cuentas, te creo. Dubitas, explico. Quizá no quiera hablar o tú no quieras escuchar, que también puede ser. El caso es que normalmente necesitamos hacerlo y nos dejamos llevar de cara, paralelamente, en sentidos opuestos... No importa hacia donde, sino que lo hagamos.
Me parece discutible.
¡Ya me entiendes! Te he dicho que por ahora sólo me refiero a hablar.

Se acercan a los niños y se sientan en un viejo banco de madera. Antes de seguir hablando, uno enciende un cigarrillo, ofreciendo otro a su compañero, que rechaza con un gesto de la mano.

Aunque tienes razón: el juego es mayor. Máxime cuando hay más gente de por medio. Hasta ahora como mucho podríamos amarnos, ignorarnos o enfadarnos con lo que nos dijéramos. Pero a veces hay público.

Señala el partido de fútbol improvisado. Un balón lento y bombeado cae en las manos de uno de los porteros. Sus compañeros, amigos y rivales, le miran.

Alguien habla y muchos escuchan, aunque sólo sea el título del mensaje.

Devuelve el balón al terreno de juego, cerca de la línea que dicta dónde termina el campo de un equipo y dónde empieza el del otro.

¿Viste? Como el balón que acaba de lanzar ese chaval. Lo siguiente es una cascada de ideas que puede que no se vea o no se sienta retumbar en la conciencia del emisor. Pero ahí está. Se genera una marea con diferentes corrientes.

Los aprendices de futbolista van como un enjambre a por el esférico.

Esas corrientes pueden ir en direcciones contrarias entre sí o incluso derivar en algunas nuevas que terminen cortando o mezclándose con esas otras básicas. Algunas serán sordas y otras muy sonadas. La cosa es que interactúan entre ellas al margen de lo que se pretenda al empezar.

El juego sigue. Los pequeños se desplazan de un lado al otro de la cancha. Un chico cae al suelo, dando paso a un griterío confuso entre los crios. Algunos gritan que ha sido falta. Otros, que ha sido penal. Unos pocos exclaman que ni una cosa, ni la otra y que todo siga como si no hubiera pasado nada.

Aunque seamos muchos, terminamos por confluir o disentir, pero en grupos. Y al final, terminan creándose reglas vivas que generan sus propios desafíos, sus propias identidades.

Un jugador trata de hacer de mediador. Le dan la razón y otros le regañan tildándole de hacer favoritismo, casi a partes iguales. Al cabo de un rato se encoge de hombros y recoge el balón. Es suyo y no le van las broncas.

Ya veo. ¿Crees que una sola voz entre los grupos podría cambiar o generar una nueva idea, sin generar una nueva corriente y, por lo tanto, sin posibilidad de volver a confluir o disentir con el resto?

El dueño del balón sale del suelo de cemento. No ha dado ninguna explicación, pero su ceño fruncido parece muy elocuente.

No, creo que no. Porque imagínate que a esa voz la ignoraran. No generaría nada nuevo en ese momento, claro. Quizá sería la única ocasión -y siempre y cuando no fuera lo suficientemente fuerte como para sostenerse por sí sola- en la que no habría un cambio significativo. Pero se queda latente y tarde o temprano, después de madurar, surge otra vez. Diferente. La semilla queda gestándose y seguro que en el futuro alguien estará interesado en escuchar esa voz que a día de hoy, quizá sea tan silenciosa que pase desapercibida.
Pero ahora imagina que no, que se le hace caso ¡Puede ser una rotura de esquemas total! Y ya solo por eso, quieras que no y quizá nunca inmediatamente, alguien se sentirá atraído.

Uno de los chicos sale corriendo tras el dueño, pone su mano en el hombro y le acompaña.

Y escuchará.
Pues qué mierda. Todo porque recibas o des una explicación ¡De hecho, sólo por existir y manifestarte!
Niega con la cabeza.
No. Puedes existir pero no manifestarte y al respecto tengo mis reservas. Pero no puedes manifestarte sin existir, y lo que opera los cambios es eso, la manifestación.
¿Es complicado, eh?
Mucho. Porque hablamos de hablar, pero no es necesario darle a la sin hueso para poder hacerlo.
Es lo bueno de comunicar.



(Gracias mil a Tony Jazz por el cable para recuperar esto que andaba perdido por el baúl de los Pendientes)

Abrirse

Le pedí al taxista que nos llevar al parc Montsouris, entré y cerré la portezuela con fuerza. Brett se había acomodado en el otro rincón del asiento con los ojos cerrados. Me senté a su lado. El automóvil se puso en marcha con un violento tirón.
—¡Oh, cariño, soy tan desgraciada...! —me dijo Brett.
Fiesta, de Ernest Hemingway
Soy incapaz de soltar algo así de tranquilamente. Muy torcido debo ver el mundo como para que salga de mi boca, o de mis dedos una expresión similar.

Y sin embargo, muchos son los que dicen que, dentro de todo lo que escribo, eso está enterrado entre las letras.

Joder, me digo, qué bien parece que me expreso. Sonrío.

Bien sabéis que no, no he atravesado la mejor época de mi vida. Pero tampoco ha sido tan malo. Sí, ha habido ciertas cosas de mucho peso. Pero en general, al final, no creo que deba decirse que ha ido todo mal.

¿Saturado? Sí, esa es la palabra. Estaba saturado.

Irene me dijo una vez que me pasaba lo que me pasaba porque no me abría. Y le doy la razón. En parte.
Porque sí que me abro, pero me cuesta cierto tiempo. Y luego del tiempo, entran varios factores: las interrupciones, los cambios de tema que dejan el original aparcado, que la otra persona en medio de la conversación comience a hacer otras cosas, los dame un momento que se convierten en medias horas por una estupidez, los para qué cuestionarse nada si al final no sirve, los no sé, los nada, los silencios que de tener cara, tendrían una de esas en las que aparecen dos puntos, un interrogante y una expresión de confusión asociable a un bloque de granito.
Esa clase de cosas que convierten lo que ya de per se puede ser complicado en una carrera de obstáculos.

Cuando uno se encuentra con eso, lo señala y sigue produciéndose contínuamente, pierde el interés por abrirse. Por esa relación, sea de la clase que sea.

El caso es que, desgraciadamente, creo que no es algo inhabitual. Me da que es una especie de cáncer que se ha incrustado subrepticiamente en esta sociedad. No diré que es culpa de la televisión, de un cine de mierda, de unas publicaciones cada vez más amarillistas -o rosistas- y partidistas. Pero es culpa de que se ha perdido la noción y la importancia del comunicarse de tú a tú.

Así que estas alturas prefiero hacerme las preguntas solo, seguir leyendo y, de vez en cuando, escribir acerca de sólo una pequeña parte de todo lo que cruza por mi mente. Abrirse en lo mínimo e indispensable para crear algo y no quedarse atascado. Si al final resulta que eso es -o no-, una porción de mi vida, probablemente sea más una cuestión de suerte que algo relacionado con la categoría en la que guardemos el escrito.

Por hoy, me parece sensato.

Dignidad

Se apoyó en la escoba con gesto cansado tras dejar la espuerta a sus pies. Con las maneras de quien está haciendo su trabajo perfectamente, pasando totalmente de lo que le dijeron en ese curso o ponía en esa cuartilla. Sino con lo aprendido en la calle después de miles de noches oliendo otra cosa no fuera basura.

La piel grasienta habla de varias horas trabajadas. Las manos, ajadas y encallecidas, de otros trabajos poco gratos. Los ojos, de sueños rotos.

Esos ojos se quedaron velados por un momento entre pensamientos. Al cabo, un ligero movimiento con la cabeza, espantando débilmente a saber qué fantasmas. Las manos se escondieron en los bolsillos, dejando que la escoba se apoyara en su pecho. Miró a un lado y al otro, sacó un mechero, un canuto y la mirada de fastidio de quien sabe que eso se ha convertido en una de las pocas cosas que ayudan a superar esta clase de menesteres.

Me miró. Con una sonrisa cansada, casi irónica, encendió la chusta, entornando los ojos por el humo. ¿Quieres? No, gracias, repliqué con una sonrisa. Giró levemente.
— Haces bien, zagal.—Me miró, dando una calada, baremándome mientras se erguía.— Haces bien.

Con un ligero movimiento de cabeza se despidió de mí y del resto del mundo para volver a sus menesteres, dejando caer la escoba de su pecho para recogerla con la mano que sujetaba el porro. Una especie de soldado que ya ha terminado de desentumecerse los músculos y que vuelve a cargar con su equipo.

Y me alejé pensando que hay gente que conserva su dignidad incluso en la peor de las guisas.
Que eso, se lleva dentro.

Información fragmentada

Si tienes algo que decir y es importante o urgente, o quizá no pero expresa algo concreto, dímelo enteramente.

Puedes contar la mitad, un cuarto o una diezmilésima parte. Si eres capaz de contar lo que falta.

No te calles en la comunicación, ni des cosas por supuestas, por muy de cajón que te parezcan. Jamás seremos tú, así que de no entender esto, tienes un problema.

Si no transmites lo que debes, no recibes lo que quieres.

Pero estamos tan acostumbrados a comunicarnos así de mal, que luego, claro está, es fácil caer en las manipulaciones de los demás.

Los dobles sentidos son informaciones completas con un juego en su interior que pueden solventarse con un matiz. Son válidos para la comunicación siempre que, por si las moscas, estés dispuesto a definirlos.

Modula, si fuera necesario, para dar pequeñas unidades completas antes que un gran rompecabezas al que, por supuesto, sólo vas a saber jugar tú y no vas a dejar entrar a nadie o vas a divertirte cortándole las piernas en el camino.
La ocultación de información conlleva las preguntas. La incapacidad de darles respuesta, refugiándose en un bastión de suspicacia y fingida desconfianza, sólo es un juego en el que la comodidad es un punto de vista estúpido.
Cruel.

La comunicación es bidireccional. Y no tender un puente tanto como no estar receptivo -o estarlo a medias, que no con condiciones- es destrozarla.

Resultando al final que si uno escarba, investiga o espera, si quiere dejar claro incluso que hay que cortar el hilo comunicacional, es como una especie de retrasado.

Pues que os jodan.

A tí, y a todos los que no sabéis hablar.
Porque tampoco sabéis escuchar.

Mafalda

Cuando era pequeño, la hermana menor de mi madre tenía estanterías llenas de cómics. De ahí salieron mis primeras horas de lecturas nocturnas entre Don Miki, Don Pato, Snoopy, Lupo Alberto y algún número de Mortadelo y Filemón.

Pero hubo un tomo que siempre se me resistió a medias. Uno blanco y con una niña cabezona, coronada por un lacito, con un vestido rojo y un acentazo argentino que a veces me perdía. Tenía mil referencias políticas que se me escapaban y hablaba de un modo que me era familiar, pero con unos matices que por aquel entonces diluían toda la gracia. Así que me dije que ya lo leería con calma.
De momento, buscaría las tiras que me parecieran divertidas.

Años después, releí esa misma recopilación de Mafalda. Esta vez, de cabo a rabo.
Y disfruté mucho más, claro está. Aunque, casi despertando, comenzaba a darme cuenta de que tras esas escenas de niños se encontraba una realidad bastante más amarga. En parte, se puede decir que fue una de las cosas por las que me dí cuenta que empezaba a crecer.

Hace poco me compré lo último editado, el Todo Mafalda. Por supuesto, se encuentran las tiras de ese encuadernado blanco más todo lo que Quino fue dibujando entre 1964 y 1973. Nueve años de historia encerrados en la vida cotidiana de unos niños, sus padres y su entorno, que relatan los miedos de la gente a caballo entre lo cotidiano y la Guerra Fría.

El problema estriba en que releyéndolo ahora como mínimo diez años después, tira tras tira uno no deja de caer en que la historia de Mafalda podría seguir haciéndose. Que de hecho, sigue en cientos de historietas de diversos autores, aunque se parase en su día con su propia identidad para la posteridad y me parezca una de las obras más tiernas y contundentes que ha parido el siglo XX.

Pero aterra pensar que lo contenido en ese tomo blanco siga significando algo tan negro, más de treinta años después.
feb 13, 04:25 bajo ,
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Premios salomónicos

Andreu Buenafuente, respecto a los premios Micrófono de Oro de la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión:
"Ante la libertad de premiar, está la libertad de rechazar el premio, y este Micrófono de Oro lo rechazo porque no quiero estar en el mismo palmarés que un personaje cuya concepción de la radio es por completo ajena a la mía. Yo respeto mucho esta profesión, y la forma que tiene esta persona de llevarla a cabo me ofende. No es la radio que a mí me gustaría para este país. Se puede optar por la discrepancia en silencio, pero yo he optado por decir en voz alta que no soporto estos premios salomónicos que tratan de honrar colores imposibles. Así tratan de decir que todo vale, y poco a poco se va pudriendo el periodismo. Y quería dejar clara mi discrepancia. En voz alta".
Encontré estas declaraciones gracias a la entrada en Escolar.net, Buenafuente opina sobre Losantos.
Le premiaron junto a Jiménez Losantos en dichos premios y ha dicho que no, con tanta claridad y contundencia que, digan lo que digan respecto a su humor, me parece que su forma de actuar deja claro qué clase de tipo es.

Que sí, que todos sabemos que la vida da muchas vueltas; que quizá el día de mañana sea una persona despreciable o que puede que esto sea un montaje.
Pero entonces qué vuelta más buena y qué pantomima más agradable. Aunque sea sólo por hoy.

Razones para el exilio

Veo circular una de esas cadenas que por norma general me sacan de quicio por la blogosfera estos días. Y como no me parece tan poco productiva como otras, la voy a recoger con más o menos buen grado. El juego está ahora servido al mencionar tres razones por las que uno se exiliaría del país.

En primer lugar, la falta de un gobierno que yo sienta como real. Claro que, si nos paramos a pensar, en general los gobiernos tienen de real lo que un cuento de hadas escrito por alguien que va puesto hasta las cejas de salfumán. Pero en nuestro caso, además del teatrillo de animales que tratan de regir a la masa bajo la apariencia de tíos legales que quieren ayudar, se podría decir que está adobado con una dejadez espantosa. Vaya por delante que todo esto es puramente subjetivo, pero tengo la sensación de que aquí, en España, ser dirigente de un partido, mandatario, persona política, es casi como el castigo que suponía en su día ser el Delegado de clase.

Seguidamente imagino que apuntaría a los que, visto que los primeros se encargan de pringar, les siguen el juego como borregos. Se cruzan de brazos, de manos, de entendederas y simplemente acatan o saltan en pro de un doble juego que no terminan de dominar. Los jovenes viven pasando de valores. Los adultos de veintitantos en adelante parecen haber olvidado que no todo se resume en seguir manteniendo la costumbre de salir de fiesta mientras tratas de convencer a tu suegra -o tu madre- de que se quede con los niños hasta que sean capaces de salir ellos también hasta ponerse hasta el culo de farlopa. Y los viejos, agarrados en su moralina incrustada por decenas de años de maltrato mental, son incapaces de salir de un cascarón tan grueso como muro de hormigón.

Así, cada uno por su lado, defienden lo que dicen que son posiciones, en una confrontación individual y estúpida que, al final, se resume en que es lo que queda de los reflejos de los gobiernos que han habido: Pre-dictadura, in y post-dictadura y el libertinaje democrático con tintes reaccionarios del después. Que, dementemente, no se diferencian en gran cosa visto lo visto hoy en día, en una sociedad en la que los gritos del pueblo parecen dirigir la justicia sólo en las ocasiones en las que pinte que se juega bien. Oh, y por supuesto, bien si no entramos en la valoración de beneficios económicos.
Que, a fin de cuentas, cierra la tercera razón mentando a la madre que los parió, que para decir que qué buenos somos para montar sistemas de defensa alterables por la opinión popular mientras no nos toquen el bolsillo, somos únicos. Porque nos creemos que los que nos roban están entre rejas -sea un morito recién llegados como un gran empresario que saldrá en dos días de la penitenciaría-, y que nos roben los que están al otro lado de las rejas de las fronteras no nos importa tanto.
Vamos, que unos roban con descaro, otros con recato, pero no pasa nada mientras le afecte al vecino o nos afecte a todos, repartiendo bien la mierda. Tal como decía Rubianes, que se metan la unidad de españa donde les quepa, porque no hay.

Y de oca a oca, nos dejan los bajos como bebederos de patos mientras seguimos tragándonos lo que nos vende la prensa rosa y el telediario.

Prohibido bajar a las vías

Está terminantemente prohibido bajar a las vías.

Es una afirmación que, dentro de las instalaciones de las estaciones de metro o los ferrocarriles, adquiere un tinte irónico. Burlesco.

Más que una advertencia, eufemismo de llamada al sentido común, suena a chiste negro. De los que te ponen en el caso de una persona que se ha tirado para tratar de acabar con su vida y el señor conductor -o señorita, que también las hay, y muy guapas- del convoy, en una suerte de estornudo providencial, ha llegado a frenar lo justo, no como para no atropellarlo, sino como sólo para cercenarle una pierna. Una de esas estridentes bromas de mal gusto del azar, destino o el simple resón de nuestras cuerdas cósmicas. Que termina, por cierto, con otro señor, aplicado encargado de las instalaciones ferroviarias, bloc de multas en mano, rellenando lo que buenamente puede para entregárselo al desgraciado que aún le ha salido algo muy sencillo, realmente mal: La cantidad a pagar por escándalo público, daños y perjuicios para con la imagen de la empresa y todo eso.

Y sí, insisto, es sólo un cuadro, posible, en el esperpento social.

No puede acabar en algo mucho más diferente, pasado el susto del hecho de que alguien podría haber sido un nuevo fiambre. Cosas de las reglas y los códigos sociales que, a pesar de regir forzosamente una estructura puramente comercial y funcional, desprovista de moralidad tergiversable en maquiavélica pretensión, se quiebran en una falta ética demasiado cercana a la idea en la que una chapita y un uniforme están por encima de las personas.
Siempre y cuando éstas, embriagadas por el progreso, lo permiten.

Debe ser por eso mismo, por el hecho de que ahora todo el mundo fue, es y va a ser desconocido ante una multitud y la falsa estructura que la acoja; que si uno se suicida, sea en las vías del tren o con arsénico en medio de la Castellana, no va a dejar de ser el suicida del día.

Lo que inevitablemente, me lleva a recordar que entonces, el mundo seguramente pierda un gran creador (artista, científico o desquiciado con ganas de volar un país entero) por día, en incidentes de esta índole, por accidente o por querencia.
Gaudí, por ejemplo, terminó siendo atropellado en las calles de Barcelona, por un tranvía y todo su peso.

Quizá entonces, las empresas ya estaban tan desprovistas de sentido humano, que le hubiera venido al pelo un cartel que dijera que estaba terminantemente prohibido cruzar por las vías.
Para verlo y pensar que, inequívocamente, el mundo estaba perdiendo la razón.

Lo que no termina de aclararnos, en ese pequeño marco de probabilidades, si entonces hubiera preferido tirarse a seguir distraído.

Derecho de admisión en vuelos

Flipante esta noticia que leo en Alt1040: Señor, no puede entrar en el avión con esta camiseta.

La anotación nos remite a la página de Raed Jarrar, en la que cuenta que, por llevar una camiseta en la que ponía "no nos quedaremos callados", en árabe e inglés, le hicieron quitársela y lo trasladaron a la cola del avión.
El mundo está enfermo.

La psicosis sin control, no trae nada bueno. Ni como anécdota, ni como guerra.

La razón aducida por los guardias fue comparada, al parecer, como entrar a una tienda con una camiseta que diga que uno es un ladrón. Por esa regla de tres, si llevo una camiseta en blanco, no digo nada; si la llevo con motivos japoneses, practico el harakiri; si en la mía pone SWAT, podrás estar tranquilo -o tranquila- a mi lado.

En un país en la que este tipo de deformaciones sociales suceden, que la gente apoye -o mejor dicho, que todo se manipule para que lo parezca- la política que tienen, da que pensar.
ago 25, 14:19 bajo ,
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