Entonces lo comprendió.
Violet se sentía ahogar de tanto aire que cogía por la boca. Apoyó su cabeza sobre el respaldo del sofá y trató de mirar el techo a través del mar de estrellas rojas y blancas que inundaban su vista. Sentía la sangre correr por sus sienes mientras trataba de aferrarse a la realidad de la tela con sus manos huesudas.
Era todo tan sencillo que abrumaba.
Se había quedado blanco. Blue no sabía a donde mirar, así que fijó su vista al vacío mientras las lágrimas corrían por su cara. Estaba sentado con las manos flácidas entre sus piernas. El que no entendía qué pasaba ahora era él.
Pero estaba todo claro.
Durante más de dos años ella había estado buscando respuestas a la pregunta equivocada. Había recorrido su pasado buscando qué había hecho mal antes de verlo en la sala de parto. Pensaba que era imperfecta o que estaba tarada. Que sólo servía para dar vida a monstruos.
Era todo un puto espejismo.
No había nada tarado ni imperfecto salvo su prisma.
Había descargado todos sus fantasmas sobre el hijo que, a pesar de lo equivocado de su punto de vista, amaba. Sólo porque, para el resto del mundo, una criatura diferente por fuera era defectuosa de fábrica por dentro.
Que le jodan al mundo, dijo en susurro.
Porque ya no hay nada que pueda remediar el haber llamado a su hijo subnormal.
- - -
Otra vuelta de tuerca a la historia a la historia de la Bella y la Bestia.
Son las cinco y media de la mañana.
En un pueblecito hecho con casitas de madera al pie del Himalaya, un perro emite un gemidito. Levanta su cabeza al despertarse de una pesadilla. El cielo oscuro comienza a perder consistencia. Una brisa helada recorre la avenida central del pueblo. Una puerta bate.
Son las seis menos veinticinco de la mañana.
Un gruñido desciende por la montaña. Con él, se recorta el perfil blanquecino contra la nieve de un ser alto con aspecto humanoide. Está recubierto de pelo, es feo, tiene una mirada primate, unas manos capaces de partir el cuello de un adulto con un chasqueo de dedos y unos pies torpes que caminan con la pesadez de los barriles.
Son las seis menos veinte de la mañana.
El pueblo está en silencio, tenso.
Todo el mundo lo sabe.
Ocurrió en el salón, anoche, mientras las botellas bailaban el cancán y el corbatín tocaba, impasible, su piano. El trapo dejó de limpiar los vasos. Los reyes, reinas e infantes dejaron las cartas de vaqueros sobre la mesa. Despacio.
Absolutamente todos miraron al centro de la sala, donde el abominable y el cilindro se miraban, impertérritos.
Todo el mundo lo sabe.
Porque fue entonces cuando se citaron en un breve intercambio de palabras, a oídas de todos. Ante la casa de la Estrella Del Sheriff.
Al amanecer.
A muerte.
Son las seis menos diez de la mañana.
Quedan doce minutos.
Unas botas humean. Nunca le gusta ir descalzo porque sostiene que sus pies son demasiado calientes y que la tierra le molesta. Su cara tostada, salpicada por marcas de viruela, se refleja en un espejo cochambroso mientras observa su torso pálido. Cicatrices de muchos otros duelos surcan su pecho e incluso un recuerdo en forma de tira vertical le recorre desde el cuello hasta las piernas. La vida nunca es sencilla cuando tienes un corazón de hierbajo. Aunque sea capaz de arderte en deseos por otro ser.
Se asoma a la ventana. Mira al cielo. Esquina una sonrisa y se yergue.
—Es la hora.
Y baja las escaleras de la pensión.
Son las seis en punto de la mañana.
Quedan dos minutos.
La figura blanca pelosa llega a la avenida principal del pueblo. Si girase su rostro para ver a su alrededor, se percataría de que en la oscuridad decenas de ojos brillan, expectantes. Demasiadas arañas. Pero mantiene la mirada recta, al frente, hasta encontrar la de su rival.
El Cilíndrico, como le llamaban, ya espera sereno a un lado de la casa de la Ley. Sale de sus pensamientos y mira al duelista. Un resplandor anaranjado parece iluminarle cuando se centra en la vía. Escupe al suelo y una bola de hierba reseca explica, pasando en un susurro por al lado, que aún hay brisa matinal.
Queda un minuto y quince segundos.
—Buenos dias, monstruo.
—Soy un mito, Cilíndrico. No podrás acabar conmigo.
—Eso ya lo veremos.
Quedan cincuenta y cinco segundos.
Cilíndrico levanta ligeramente la cabeza, observa el cielo y su inicio de clareo. Sus ojos se clavan en la figura que tiene frente a sí y dispara una sentencia:
—Uno de los dos sobra en esta cultura, forastero.
Quedan cuarenta segundos.
La bola de hierba seca se acerca al humanoide.
Treinta segundos.
Todo es tan tenso que un gato acaba de perder dos vidas.
Diez segundos.
Las botas humean mientras el portador suspira.
Cinco segundos.
Algo flota en el aire.
Dos segundos.
El humanoide tuerce la cabeza. Respira profundamente. Entonces abre bien los ojos rojos que acaban de descubrir el truco. Lleva sus manos al cuello, comienza a boquear queriendo capturar el aire que ya no respira. Ese maldito cilindro ha sido mucho más hábil. Le flaquean las piernas, la visión se le nubla por las lágrimas.
—Jue...go...ssscio...
Y alarga una mano de dorso albino en dirección a su contrincante, quien sonríe plácidamente mientras espira, abrazado por su humo dorado por el primer fulgor de la alborada.
Nueve segundos más tarde del romper del día, el cuerpo inerte de un abominable hombre de las nieves yace tirado en la tierra de un pueblecito a los pies de la sierra del Himalaya.
Ha muerto otra leyenda por la toxicidad del tabaco.
- - -
En este caso, las correcciones fueron básicamente un par de estilos sueltos, quité la referencia anacrónica de la cámara y pulí ligeramente el ritmo, para que la cadencia fuera ganando fuerza. También retoqué ligeramente el final para hacer que el guiño al tabaco fuera extensible a más mitos y leyendas.
El original
Son las cinco y media de la mañana.
En un pueblecito hecho con casitas de madera al pie de alguna de las muchas montañas del Himalaya, un perro emite un gemidito. Levanta su cabeza al despertarse de una pesadilla. El cielo oscuro comienza a perder consistencia. Una brisa helada recorre la avenida central del pueblo. Una puerta bate.
Son las seis menos veinticinco de la mañana.
Un gruñido desciende por la montaña. Con él, se recorta el perfil blanquecino contra la nieve de un ser alto con aspecto humanoide. Si la cámara se acerca, podremos ver como está recubierto de pelo, es feo, tiene una mirada primate, unas manos capaces de partir el cuello de un adulto con un chasqueo de dedos y unos pies torpes que caminan con la pesadez de la cordillera.
Son las seis menos veinte de la mañana.
El pueblo está en silencio, tenso.
Todo el mundo lo sabe.
Ocurrió en el salón, anoche, mientras las botellas bailaban el cancán y el corbatín tocaba, impasible, su piano. El trapo dejó de limpiar los vasos. Los reyes, reinas e infantes dejaron las cartas de vaqueros sobre la mesa, despacio. Y absolutamente todos miraron al centro de la sala, donde el abominable y el cilindro se miraban, impertérritos.
Todo el mundo lo sabe.
Porque entonces se citaron en un breve intercambio de palabras audible para todos. Ante la casa de la estrella. Al amanecer.
A muerte.
Son las seis menos diez de la mañana.
Quedan doce minutos.
Unas botas humean. Nunca le gusta ir descalzo, porque sostiene que sus pies son demasiado calientes y que la tierra le molesta. Su cara, tostada, salpicada por marcas de viruela, se refleja en un espejo cochambroso mientras observa su torso pálido. Cicatrices de muchos otros duelos surcan su pecho e incluso un recuerdo en forma de tira vertical le recorre desde el cuello hasta las piernas. La vida nunca es sencilla cuando tienes un corazón de hierbajo. Aunque sea capaz de arderte en deseos por otro ser.
Se asoma a la ventana. Mira al cielo. Esquina una sonrisa y se yergue.
—Es la hora.
Y baja las escaleras de la pensión.
Son las seis en punto de la mañana.
Quedan dos minutos.
La figura blanca pelosa llega a la avenida principal del pueblo. Si girase su rostro para ver a su alrededor, probablemente se percataría de que en la oscuridad decenas de ojos brillan, expectantes. Demasiadas arañas. Pero no, mantiene la mirada recta, al frente, hasta que encuentra a su rival.
El Cilíndrico, como le llamaban, ya espera sereno a un lado de la casa de la estrella. Sale de sus pensamientos y mira al duelista. Un resplandor anaranjado parece iluminarle cuando se centra en la vía. Escupe al suelo y una bola de hierba reseca explica, pasando en un susurro por al lado, que aún hay brisa matinal.
Queda un minuto y quince segundos.
—Buenos dias, monstruo.
—Soy un mito, Cilíndrico. No podrás acabar conmigo.
—Eso ya lo veremos.
Quedan cincuenta y cinco segundos.
Cilíndrico levanta ligeramente la cabeza, observa el cielo y su inicio de clareo. Entonces baja la mirada y dispara una sentencia:
—Uno de los dos sobra en esta cultura, forastero.
Quedan cuarenta segundos.
La bola de hierba seca se acerca al humanoide.
Treinta segundos.
Todo es tan tenso que un gato acaba de perder dos de sus vidas.
El ser peludo sonríe mostrando una dentadura impresionante.
Diez segundos.
Las botas humean mientras el portador suspira.
Cinco segundos.
Algo flota en el aire.
Dos segundos.
El humanoide tuerce la cabeza y respira profundamente. Entonces abre los ojos que acaban de descubrir el truco, se lleva las manos al cuello y comienza a boquear. Ese maldito Cilíndrico ha sido mucho más hábil. Le flaquean las piernas y los ojos se le nublan por las lágrimas.
—Ju...go...sss...cio...
Alarga una mano de dorso blanco y peloso en dirección a su contrincante, quien sonríe plácidamente mientras espira y es abrazado por el humo dorado al primer fulgor de la alborada.
Nueve segundos más tarde del romper del día, el cuerpo inerte de un abominable hombre de las nieves yace tirado en la tierra de un pueblecito a los pies de la sierra del Himalaya.
Muerta una leyenda por la toxicidad del tabaco.
Miró las paredes de piedra y suspiró.
—¡Miguel, ven!
El nieto se llegó al lado del abuelo tras una de esas carreras que sólo los niños saben hacer. Puso sus manos sobre la madera rústica y observó al viejo con sus ojos claros.
—Siéntate, hijo.
—¿Me vas a contar una historia, abuelo?
—Hoy no. O igual sí. Pero primero, siéntate —dijo, moviendo un taburete.— ¡Que yo más que tu madre quiero que meriendes un poco!
—¿Entonces sí me vas a contar una?
El chiquillo se sentó mientras su abuelo parecía rebuscar las palabras en las estanterías sabias de su mente.
—Bueno, todo exilio tiene una historia.
—¿Exilio, abuelo?
—Sí ¿Sabes lo que es?
—Claro, abuelo ¡ya voy a sexto! Es cuando a una persona se la obliga a marcharse de su país ¿no?
El viejo asintió sonriendo.
—Pero no sólo eso. No sólo eso.
Alargó una mano y partió un trozo de pan. Despacio, lo levantó mientras buscaba con sus ojos esos otros, los de una generación nueva.
—También es el sitio donde alguien exiliado va a parar.
—¡Es verdad!
—El caso, hijo, es que un exilio comprende siempre una separación de un lugar. Quizá por ver la vida diferente a cómo la ven los que llevan un país o sólo porque uno necesita estar solo.
—¿Y quién querría estar solo, abuelo? No lo entiendo.
El chico contemplaba el trozo de pan más pequeño, pensativo, con un mohín de duda en la cara.
—¡Mucha gente, Miguel! A veces es la única forma de encontrarse. Es la gran aventura de enfrentarse al mundo con las manos vacias. A medida que alguien que emprende esa aventura va viviendo cosas, aprende cómo es al superarlas. Y al final, ya no es como cuando salió, sino alguien totalmente distinto.
El viejo se levantó un momento de la mesa, sonriendo, para recoger una forma de queso y cortar una porción. Giró sobre sí y miró a su nieto con el queso montado encima del pan abierto en dos.
—¿Dices como un poco de pan cuando le pones queso?
—Eso es, hijo. Tú lo has dicho.
La risa se apoderó del anciano y cerrando el tentempié, lo dejó frente al niño. El niño recogió el bocadillo. Tras darle un tiento sonrió entre satisfecho y aprobador.
—¡Qué personas más raras! ¿No crees, abuelo?
—Quizá, Miguel, quizá.
Un zumbido retronó en la cocina rompiendo la magia de un momento con sus silencios.
—Anda, hijo, ve a jugar.
—¡Vale!
Y antes de que hubiera terminado de decirlo, había desparecido por el umbral de la puerta. El abuelo, apoyado en la mesa, se quedó pensativo mirando el vacío. Pasaron unos instantes donde su mirada se apagó un poco y finalmente, musitó:
—Sólo nos llevamos lo que recordamos. Que no se te olvide.
- - -
El relato tiene dos correciones: la primera para darle un poco más de aire al niño y abuelo de lo que son: un niño y un abuelo; la segunda, es una reestructuración de algunas partes del relato que leídas en voz alta rompían el ritmo.
El original:
Miró las paredes de piedra y suspiró.
—¡Miguel, ven!
El nieto se llegó al lado del abuelo tras una de esas carreras que sólo los niños saben hacer. Puso sus manos sobre la madera rústica y observó al viejo con sus ojos claros.
—Siéntate, hijo.
—¿Me vas a contar una historia, abuelo?
—Hoy no. O igual sí. Pero primero, siéntate —dijo, moviendo un taburete.—¡Que yo más que tu madre quiero que meriendes un poco!
—¿Entonces sí me vas a contar una?
El chiquillo se sentó mientras su abuelo parecía rebuscar las palabras en las estanterías sabias de su mente.
—Bueno, todo exilio tiene una historia.
—¿Exilio, abuelo?
—Sí ¿Sabes lo que es?
—Claro, abuelo ¡ya voy a sexto! Es cuando a una persona se la obliga a marcharse de su país ¿no?
El viejo asintió sonriendo.
—Pero no sólo eso. No sólo eso.
Alargó una mano y partió un trozo de pan. Despacio, lo levantó mientras buscaba con sus ojos esos otros, los de una generación nueva.
—También es el sitio donde alguien exiliado va a parar.
—Oh. Claro.
—El caso, hijo, es que un exilio comprende siempre una separación de un sitio. Quizá por ver la vida diferente a cómo la ven los que llevan un país o sólo porque uno necesita estar solo y decide irse.
—¿Y quién querría estar solo, abuelo? —El chico contemplaba el trozo de pan más pequeño.—No lo entiendo.
—¡Ah, mucha gente! En ocasiones, es la única forma de encontrarse. Uno lo deja todo atrás para enfrentarse al mundo como si no tuviera nada. Y a medida que va viviendo cosas, va aprendiendo de sí mismo.
El viejo se levantó un momento de la mesa, sonriendo, para recoger una forma de queso y cortar una porción. Giró sobre sí y miró a su nieto con el queso montado encima del pan abierto en dos.
—¿Como un poco de pan cuando le pones queso y deja de ser solo un poco de pan?
La risa se apoderó del anciano y cerrando el tentempié, lo dejó frente al niño.
—Eso es.
—¡Qué personas más raras! ¿No crees, abuelo? Seguro que siempre olerán a rancio.
El niño recogió el bocadillo. Tras darle un tiento sonrió entre satisfecho y aprobador.
—Nunca se sabe, Miguel.
—¡Es verdad! El queso está bueno.
Un zumbido retronó en la cocina.
—Anda, hijo, ve a jugar.
—¡Vale!
Y antes de que hubiera terminado de decirlo, había desparecido por el umbral de la puerta. El abuelo, apoyado en la mesa, se quedó pensativo mirando el vacío. Su mirada se apagó por unos instantes. Al fin, musitó.
—Sólo nos llevamos lo que recordamos. Que no se te olvide.
Asi que ya ves. Todo lo que puede explicar que tú y yo estemos hablando es tan complicado como sencillo.
¿Seguro?
Claro, tío.
Un balón rueda hasta el pie del chico. Lo empuja de vuelta a los chiquillos que juegan a lo lejos, en ese terreno de cemento del parque.
No hay mucha complicación. Yo expreso, tú contestas. Me cuentas, te creo. Dubitas, explico. Quizá no quiera hablar o tú no quieras escuchar, que también puede ser. El caso es que normalmente necesitamos hacerlo y nos dejamos llevar de cara, paralelamente, en sentidos opuestos... No importa hacia donde, sino que lo hagamos.
Me parece discutible.
¡Ya me entiendes! Te he dicho que por ahora sólo me refiero a hablar.
Se acercan a los niños y se sientan en un viejo banco de madera. Antes de seguir hablando, uno enciende un cigarrillo, ofreciendo otro a su compañero, que rechaza con un gesto de la mano.
Aunque tienes razón: el juego es mayor. Máxime cuando hay más gente de por medio. Hasta ahora como mucho podríamos amarnos, ignorarnos o enfadarnos con lo que nos dijéramos. Pero a veces hay público.
Señala el partido de fútbol improvisado. Un balón lento y bombeado cae en las manos de uno de los porteros. Sus compañeros, amigos y rivales, le miran.
Alguien habla y muchos escuchan, aunque sólo sea el título del mensaje.
Devuelve el balón al terreno de juego, cerca de la línea que dicta dónde termina el campo de un equipo y dónde empieza el del otro.
¿Viste? Como el balón que acaba de lanzar ese chaval. Lo siguiente es una cascada de ideas que puede que no se vea o no se sienta retumbar en la conciencia del emisor. Pero ahí está. Se genera una marea con diferentes corrientes.
Los aprendices de futbolista van como un enjambre a por el esférico.
Esas corrientes pueden ir en direcciones contrarias entre sí o incluso derivar en algunas nuevas que terminen cortando o mezclándose con esas otras básicas. Algunas serán sordas y otras muy sonadas. La cosa es que interactúan entre ellas al margen de lo que se pretenda al empezar.
El juego sigue. Los pequeños se desplazan de un lado al otro de la cancha. Un chico cae al suelo, dando paso a un griterío confuso entre los crios. Algunos gritan que ha sido falta. Otros, que ha sido penal. Unos pocos exclaman que ni una cosa, ni la otra y que todo siga como si no hubiera pasado nada.
Aunque seamos muchos, terminamos por confluir o disentir, pero en grupos. Y al final, terminan creándose reglas vivas que generan sus propios desafíos, sus propias identidades.
Un jugador trata de hacer de mediador. Le dan la razón y otros le regañan tildándole de hacer favoritismo, casi a partes iguales. Al cabo de un rato se encoge de hombros y recoge el balón. Es suyo y no le van las broncas.
Ya veo. ¿Crees que una sola voz entre los grupos podría cambiar o generar una nueva idea, sin generar una nueva corriente y, por lo tanto, sin posibilidad de volver a confluir o disentir con el resto?
El dueño del balón sale del suelo de cemento. No ha dado ninguna explicación, pero su ceño fruncido parece muy elocuente.
No, creo que no. Porque imagínate que a esa voz la ignoraran. No generaría nada nuevo en ese momento, claro. Quizá sería la única ocasión -y siempre y cuando no fuera lo suficientemente fuerte como para sostenerse por sí sola- en la que no habría un cambio significativo. Pero se queda latente y tarde o temprano, después de madurar, surge otra vez. Diferente. La semilla queda gestándose y seguro que en el futuro alguien estará interesado en escuchar esa voz que a día de hoy, quizá sea tan silenciosa que pase desapercibida.
Pero ahora imagina que no, que se le hace caso ¡Puede ser una rotura de esquemas total! Y ya solo por eso, quieras que no y quizá nunca inmediatamente, alguien se sentirá atraído.
Uno de los chicos sale corriendo tras el dueño, pone su mano en el hombro y le acompaña.
Y escuchará.
Pues qué mierda. Todo porque recibas o des una explicación ¡De hecho, sólo por existir y manifestarte!
Niega con la cabeza.
No. Puedes existir pero no manifestarte y al respecto tengo mis reservas. Pero no puedes manifestarte sin existir, y lo que opera los cambios es eso, la manifestación.
¿Es complicado, eh?
Mucho. Porque hablamos de hablar, pero no es necesario darle a la sin hueso para poder hacerlo.
Es lo bueno de comunicar.
(Gracias mil a Tony Jazz por el cable para recuperar esto que andaba perdido por el baúl de los Pendientes)
En mi periplo por tierras valencianas, alguna que otra vez he podido conectar el portátil. Uno a veces lee cosas interesantes que no querría leer aunque supiera que, al final, eran inevitables.
Me he tomado la molestia de corregir la historia de despedida de Limbek, el enano paladín que hizo que el rol, para mí, tomara un nuevo giro en el servidor de
World of Warcraft Los Errantes. No es que necesitara grandes correcciones (Aquí tenéis el original, para que veáis que no miento:
El último gran adiós de Limbek Longbeard.)
Pero tiene cierta importancia personal como para que me permita el lujo de meterle mano y tratar de arreglarlo un poquito para que, si algún día recupero el relato fuera de los
foros de WoW-Europe, tenga la mejor presentación.
Era tarde, ya habia caído la noche pero en esa oscura caverna daba igual. En las profundidades, la única luz que iluminaba la fría y húmeda piedra era la pequeña lámpara de aceite que llevaba Limbek. Hacía más de diez horas que se internó en la cueva en busca de la terrible criatura que había asesinado a algunos aldeanos. Limbek recordó la conversación con claridad: «Lleva semanas atacándonos. Ya ha acabado con varios aldeanos y algunos niños han desaparecido. No sabemos nada de ellos y nos tememos lo peor. Sabemos donde se oculta, pero no nos atrevemos a hacer nada. ¡Por favor, ayudenos!» le había dicho el joven alcalde del pequeño pueblo con el que el enano había topado casi por casualidad.
«¿Por qué siempre tengo que decir que sí? Ahora podría estar en casa bebiendo una deliciosa cerveza cebatruenos, y mírame ahora, en una caverna oscura y profunda, perdido, y sin más bebida que una cantimplora de agua... ¡Agua! ¿Quién diablos puede beber ésto?» pensaba amargamente mientras avanzaba por los oscuros pasillos naturales. Había perdido completamente la orientación, ni siquiera sabía si llevaba horas caminando en círculos, cuando de repente le llegó el eco de un tremendo rugido seguido de un grito de dolor. Limbek, alarmado y confuso, salió corriendo en la dirección del grito, con la mala fortuna de que la lámpara de aceite golpeara una estalagmita, rompiéndose. «¡Maldición!» pensó. Llevaba una antorcha en la mochila, pero el tiempo que requería sacarla a oscuras y encenderla con yesca y pedernal era algo que no se podía permitir en aquel momento. Avanzó a tientas todo lo rápido que pudo por el suelo de la caverna hasta que comenzó a mostrar cierto desnivel hacia abajo y vio que, a unos veinte metros, había algún tipo de fuente de luz.
Por si avanzar a oscuras y en un terreno desigual no fuese suficiente, el frío de las montañas de Alterac dificultaba aun más su avance. Comenzando el descenso con cuidado, una de las pequeñas y antes fuertes piernas de Limbek cedió (algo que desgraciadamente comenzaba a pasarle con alarmante frecuencia) y sin tiempo para agarrarse a algún saliente, cayó al suelo y comenzó a rodar cuesta abajo, golpeándose con numerosas piedras y rocas hasta el fondo de la caverna. Una vacilante luz de una gran hoguera lo iluminó.
Aturdido y magullado, intentó incorporarse pero su pierna izquierda le producía un agudo dolor que se lo impedía. Aun con la vista borrosa se miró la pierna y vio un feo reguero de sangre desde un profundo corte cerca del tobillo. Maldiciendo su vejez y su incapacidad, miró alrededor para averiguar la situación en la que acababa de meterse. Un enorme yeti estaba devorando lo que parecía ser los restos de un ser humano pequeño.
«Uno de los niños» pensó, y sufrió unas fuertes arcadas que casi le hicieron soltar lo poco que había desayunado. Eran irreconocibles. Al escuchar unos sollozos vio a otro niño, éste aun vivo, encerrado en una pequeña jaula de burda construcción en uno de los lados de la caverna. Ni el niño ni el Yeti parecian haberlo advertido, uno demasiado atemorizado para mirar, y el otro demasiado ocupado saciando su hambre. De repente, el Yeti decidió que lo que quedaba del cuerpo (poco más que huesos) ya no era lo suficientemente sabroso y tiró los restos a una esquina, donde el viejo, con dificultad, vió que había ya pedazos de distintos cuerpos en diferente estado de descomposición.
El yeti se dirigió hacia el otro niño, que al oir los pesados pasos de la enorme criatura comenzó a llorar con intensidad. Limbek maldijo su pierna y su vejez, pero sobre todo maldijo al Yeti. Incorporándose con toda su fuerza de voluntad e intentando ignorar el intenso dolor que le producía el corte de la pierna, desenfundó su espada y preparó el escudo mientras pegaba un potente grito con su voz de barítono: «¡Eh, tu, peluche! ¡Ven aquí si te atreves con alguien de tu tamaño!». Si la situación no hubiese sido tan horrible, la escena hubiese resultado cómica: El enano era incluso más bajo que el niño humano.
El yeti, al escuchar el grito se giró y vio a Limbek de pie, en posición de batalla y con la espada desenfundada. Aunque la criatura sabía que los enanos no son enemigos fáciles de batir, vio que este en cuestión estaba visiblemente herido y aturdido. Si los yetis rien, esa horrible y espantosa mueca que hizo el colosal monstruo fue una risa. Ante la aturdida mirada de Limbek el yeti se acercó a la jaula, y sin que el enano tuviese ocasión de moverse, cogió con su manaza al niño y lo lanzó como si fuera un palo hacia la posición del enano. Éste, en un intento de saltar para coger al pequeño (que después de ser agarrado con fuerza por la criatura podía estar inconsciente o incluso muerto) se intentó lanzar con todas sus fuerzas en la dirección hacia donde se dirigía el pequeño humano. El Yeti era fuerte y grande, pero no tenia puntería.
Cuando el anciano pensaba que lo conseguiría e iba a impulsarse, una de sus piernas volvió a fallarle y el que había calculado sería un tremendo salto, se quedó con un pequeño bote que lo lanzo de costillas al suelo a un metro de distancia. El niño pasó a más de dos metros a toda velocidad y acabó estampándose contra la pared con un sonoro croc de huesos rotos. Limbek, maldiciendo todo y a todos, intentó invocar el poder de la luz para sanar a la criatura, pero era demasiado tarde.
El niño habia muerto.
Con una furia como la que nunca antes hubo sentido se incorporó, recogió la espada del suelo, y se lanzó contra el yeti. La criatura, divertida pensando en cómo iba a jugar con él, se sorprendió al ver que el enano avanzaba mas rápido de lo que pensaba. En un instante, Limbek clavó la espada en el vientre del Yeti, y éste emitió un rugido de dolor. Con un pequeño salto hacia atrás, el enano invocó con la poca fuerza que le quedaba un último recurso, que nunca antes había usado... La Colera Sagrada.
Dos enormes pares de alas aparecieron a su espalda e iluminaron la habitación como si un pequeño sol hubiese hecho acto de presencia en la caverna. Limbek, temporalmente fortalecido por la energía de la luz, avanzó a toda velocidad hacia el yeti, que quedó asombrado ante la escena mientras se aguantaba el estómago con las manos. De un certero corte, el anciano rebanó la cabeza a la criatura y las partes del cuerpo cayeron al suelo, inertes.
Las alas de luz explotaron en un millar de plumas que se desvanecieron al tomar contacto con el suelo. La debilidad de las magulladuras y la vejez volvieron a Limbek. De nuevo, maldijo su edad.
Se acercó al cadaver del niño. Había sufrido un tremendo golpe en el abdómen contra la roca que le produjo la muerte, y envolviéndolo en una manta y cuidado, lo llevó junto al resto de cuerpos en descomposición. Después de verter la pequeña botella de aceite que tenía para la lámpara, prendió fuego a los cadáveres mientras rezaba una plegaria.
Hacía tiempo que habia perdido la fé, pero era lo mínimo que podía hacer. Al fin y al cabo, esos crios habian muerto por su incompetencia.
Dándose la vuelta, Limbek se encaminó en dirección a la salida de la caverna -o la dirección que él creía que era la correcta-, intentando imaginar como les comunicaría a los padres tan triste noticia.
También había tomado una dura decisión: Había llegado el momento de decir adiós a las aventuras.
—Hay otra, le dijo.
—¿Otra?
El universo parpadeó en la ventana, reflejándose en los ojos de ambos. Tenía horizonte.
—¿Quién es?
—Simplemente otra.
—¿Es mejor que yo?
Él se apoyó en la ventana y tomó aire del infinito. El universo tenía horizonte, y era esférico, pensó. Como si la luz, al ser incapaz de abandonarlo, se rindiera ante la evidencia, recogiendo sus bordes.
—No lo sé. Nadie lo sabe.
—¿Cómo puede ser otra, entonces?
—Porque existís.
—¿Sólo eso eres capaz de responder, insolente?
Se giró dejando el Todo que bien pudiera ser Nada a sus espaldas, como si usara el cosmos y sus dimensiones paralelas para impulsar sus palabras.
—¿No lo entiendes, verdad? Eres tan grande que has perdido el Norte.
—No me hables con tus conceptos dimensionales, limitados y temporales.
Se quedó pensativo.
—Puede.
—No, puede no.
—Bueno, pues puede que no.
Los ojos pálidos de ella lo escrutaron. El silencio relampagueaba.
—Maldito seas. Me diste sentido y ahora deseas irte con otra. Quieres dejarme atrás, sola en este castillo de piedra, madera, agua, fuego...
Él se llevo un dedo a los labios y sonrió. Negó con la cabeza.
—Ahora hablas tú con términos de mis dimensiones. De todos modos, no creo haber dicho en ningún momento nada de eso.
—¡Pero piensas en ella!
—Tú también piensas en otros, jinetera.
—¡Es distinto, no tengo elección!
—¿Ah, sí? Estás en boca y alma de todos. ¡Los tienes a tu merced! Lo he visto. Te aman, se aferran a tí, parecen hacerlo todo solo por y para tí, por tus caprichos y seguir teniéndote.
—Es mi deber, no puedes reprocharme eso.
—Dime: ¿Realmente no te parece injusto?
—No tengo otra elección. Puede que otros me observen y que veas parte de mí en todos ellos. Pero también recuerdo que me has compartido con los que más aprecias durante noches y días enteros, y me he arrodillado a tus pies y los suyos para que así pudiera ser. ¿No era acaso tan puta entonces? ¿O sólo soy una de esas si sirvo a alguien más que los que tú conozcas, sin tu permiso? Y sin embargo, mírame. Soy toda y únicamente tuya, por muchos que beban de mi sabiduría, sangren de mis azotes o se deshagan de placer en mis entrañas. Sólo tú puedes verme tal como soy. Sólo tú me has probado, enfrentado y conocido.
—¿Sólo yo conozco tu cara?
—Eso es.
—¿O sólo conozco una de tus caras?
Los tirabuzones rubios de ella pendularon. Centelleaban sus ojos, sus labios y sus palabras.
—¡Estúpido!¡Claro que solo conoces una de mis caras, porque para tí no puedo tener más!— Dio un paso al frente.—¡Si pudieras verme por completo te volverías loco!
—Entonces comprende que si tú misma admites ser incapaz de confiar en mí, no pueda hacerlo yo en tí.
—Sólo si confiaras lo suficiente en tí, podríamos confiar el uno en el otro.— Ella se sentó y lo observó, distante. Y bien ¿Quién es?
Él sostuvo la mirada clara y sintió su ser reflejado.
—Ella.
—Ya veo...
Silencio.
El romperse de un cristal.
El craqueo de su resquebrajarse.
El sonido del vacío.
—¿Me vas a dejar por ella?
—No lo sé. Cuando te canses de mí, supongo.
—Te cansarás antes tú de mí.— Sonrió, triste.
—No lo creo.
—Hay otra. Puede ser ella o cualquiera, nada cambiaría las cosas. Es una sentencia.
—No, eso sí que no. No puedo irme con cualquiera. Tú no eres una cualquiera.
—¿Ahora me halagas?
—Ahora y siempre.
—Embustero.
Un tintineo en el aire. Sueños, quizá.
—Mira cariño, dijo ella. Es una cuestión de tiempo. Empezarás a completar proyectos, a pensar tanto que te cansará todo lo que pueda ofrecerte porque tú estarás con el cuerpo agotado tras haberte dedicado todo el día a aprender a no ahogarte. Y de repente, llegará el momento en el que empieces a pensar que necesitas un cambio. No te pareceré tan atractiva, tendré achaques y seré fea y molesta a tus ojos y sentimientos.
Suspiró.
—Seré tu mayor estorbo.— Se levantó y posó una mano en la cara de él.—Será entonces cuando verás algo más que sí merezca la pena. Irás a por ella con todo y cerrarás la puerta de atrás con un leve chasquido.
Una lágrima corrió por su mejilla.
—Es lo más doloroso de ser Eterna.
En ese mismo momento, en el otro extremo del Infinito, mucho más allá del punto de rendición de la luz.
—Hay otra, le dijo.
La Muerte sonrió.
—Entonces, es hora de reencarnarse.
Amsterdam.
28/07/2007 02:08am
¿Despierta?
Abrió los ojos, aturdida.
¿Qué coño quieres?
¿Estás desperezándote?
¿No puedes responder sin otra pregunta?
¿Habla de putas la Tacones?
¿Que te jodan?
Frotó sus ojos soñolientos y se incorporó apoyando los pies en el suelo, de puntillas.
¿Qué tal estás?
¿Esperas que esté otra cosa que no sea dormida?
¿No podrías activarte o al menos mejorar el humor de perros que tienes con esa energía tan positiva que guardas?
¿Si te digo que no tengo ninguna intención de activarme, me vas a dejar en paz?
Se calzó las playeras y se arrastró hasta la puerta.
¿Enfadada?
¿Vas a preguntarme todo el día?
Puso los ojos en blanco y cerró la puerta. Luego un chasquido de apertura, detrás suyo.
¿No estás haciéndolo tú?
¿Crees que no tengo suficiente con preguntarme a mí misma?
¿Y tú? ¿Crees que es suficiente preguntarse y responderse?
¿Y si te digo que no lo sé, que estoy incrustada en un callejón del que no sé muy bien cómo salir?
¡Pop! dijo la tarrina de café. Siempre hacen ¡Pop!.
¿Dudas que te recordaré que cualquier callejón, por angosto u oscuro que sea, siempre tiene una salida?
¿Sencilla?
Se abre el armario de la cocina, blanco, esperando que alguien saque de dentro de él un vaso.
¿Bromeas?
¿Por qué debería?
Cierra el armario, aterriza el vaso sobre el mármol.
¿Porque estás olvidando que nada es sencillo, que siempre dejas a gente atrás, que siempre cuesta empezar, que nunca se sabe dónde terminará la fiesta?
¿Y cuando todo se trata de esperar?
El correr seguido del entrechocar de la cubertería en su cajón.
¿Cuándo ha sido eso una forma de movimiento?
¿No eras tú el que dominaba todo eso del zen y todo eso? ¿Por qué no me lo cuentas?
Se desliza una cuchara, descubriendo su mango rojo, que queda oculto después de un malabar.
¿Realmente me pides que te cuente algo así antes de las ocho de la mañana?
¿Dudas que lo haría antes de las seis si viviésemos como los europeos o americanos?
El rojo llega al blanco.
¿No te has parado a pensar que todo esto no es más que una forma de miedo?
¿Crees que si no lo hubiera hecho estarías tratando de darme una charla de autoayuda que, seguramente, habrás visto en algún libro de quiosco?
El blanco se mezcla con el marrón.
¿Me vas a escuchar o vas a seguir tratando de ser incisiva?
¿Vas a empezar o esperas al croquis del ingeniero de puentes y caminos?
La nevera naranja con mango metálico se abre para sacar el cartón de leche azul.
De lo que se trata es de tener claro el fin. Los medios, hagas lo que hagas, siempre van a terminar en un sitio distinto al que pensaste. Si quieres hacer algo y necesitas prescindir de lo que tienes ahora, te va a tocar hacerlo. No eres Dios. No puedes hacerlo todo a la vez. Mira, quien mucho abarca, poco aprieta. Y si aprietas poco, no llegas a nada.Coge esto como una guía barata de librito o como una verdad de amigo, pero cógelo, que va siendo hora.
¿Te has parado a pensar que es la primera vez, desde que me he despertado y recorrido media casa, que me hablas sin un tono interrogativo?
La leche, mezclándose con el azúcar y el café, remolinea en el fondo del vaso al principio, calmándose cerca del borde, al final.
¿Y tú? ¿Te has dicho ya que va siendo hora de dejarse de preguntas?
Un rayo de luz entró por las rendijas de la habitación, directo a los ojos.
Abrió los ojos, aturdida.
Y se dijo que estaba despierta.
Cada cual, en su papel.
La vió venir con sus gafas de sol caladas, sonriente. Ladeó la cabeza y dio un sorbo a su cerveza.
—¡Hola papi!
Dos besos. El rascar de la silla de enfrente, continuado con el tintineo de dejar el bolso.
—¿Te parece que son estas horas de llegar?
—Rancio.
—Ya.— dijo él, encogiéndose de hombros.
El sol comenzaba a romper a través de los ventanales y, jugueteando a rebotar, los rayos terminaban iluminando la mesa de madera y el suelo de gres, negro.
—¿Qué quieres tomar?
—¡Una caña!
—¿Ya tienes edad para eso?
—¡Que te den!
—No le hables así a tu padre, que si no, me quedo con la sorpresa.
—¡Pues mejor un café con leche!¡Chínchate!
Las sonrisas son algo enigmático. A menudo, esconden intenciones. Cuando hay algo oculto, y más en este tipo de juegos de gestos, las suposiciones quedan en el aire. Ya lo decía el escritor: da igual cuánto de bien conoces a alguien, porque siempre es diferente a conocer lo que pasa por su cabeza.
Sin embargo, entre un padre y su hijo, una sonrisa, de los mil significados que puede tener, siempre tendrá el correcto.
El camarero puso el café con leche en la mesa, el vaso de agua, y al lado, un platito blanco con la factura del aperitivo.
Hizo un gesto para apartar con cuidado el sobre.
Las adivinanzas eran el juego preferido de ella. Casi siempre tras un buen rato, la recta final del pulso se lidiaba con un mohín de fastidio, un "jo, papi, no seas malo", un ladeo de cabeza con sus ojos suplicantes parpadeando y, ante la impasibilidad de su padre, uno de esos enfados simulados que tras dos palabras adecuadas, perdía toda la seriedad.
Entonces él sonreía y desvelaba la sorpresa como quien retira la sábana de encima de un montón de regalos.
Sonrisas y desvelos con sabor a café y un poco de agua.
Conversaciones, nervios, un destino desconocido por delante.
—Anda, ¡prepárate,que llegaremos tarde!
El sonido de las moneditas chocando contra el plato del recibo.
Pasos a través del aeropuerto.
La figura de ambos, él y ella hacia las puertas de embarque.
A su modo, el único que cuenta, padre e hija.
El bar estaba casi vacío. El ruido de la cafetera dejando salir el último café de la noche rompía el hilo musical, ya bajo, como quien se está despidiendo de sus compañeros de trabajo tras una dura jornada.
¿Y bien? ¿Te has pensado lo de venirte? dijo ella, dando un tiento a su agua con gas.
Él afirmó con la cabeza. Ajá. Tengo que confirmar unas cosas. Un par de proyectos en el extranjero. Hizo una pausa, de las que se hacen para confirmar que no queda nada por objetar antes de rubricar. Pero sí, éste mastuerzo os irá a ver a tí y a tu novio.
Abriendo los brazos, ella exclamó. Al fin, después de tanto tiempo, ¡Te has decidido!
La verdad es que lo tenía decidido desde que te marchaste.
¿Entonces?
Entonces, y ahora, sucede que creo que te aburres demasiado como para pensar en eso.
El cruce de miradas, casi desafiante, chisporroteaba los ánimos de ambos.
¿Sabes que eres muy atractivo cuando te pones así?
Déjate de eso. Atractivo será, y debe ser, tu novio. Miró al techo, buscando las luces. Lo mío es sólo cosa de la iluminación y todo eso.
¡Venga ya! Sonrió, divertida ¡Ambos sois bien guapos!
Negó con la cabeza y dió un sorbo a su café con leche.
Eres una diplomática, dijo al cabo.
Ofuscada, rebatió. ¡Eso no es verdad!¡Siempre lo he pensado!
Claro, incrédulo ante la confesión.
Ella apoyó sus brazos en la mesa, cruzándolos y entrecerró los ojos. Si yo te contara...
Hay expresiones que abren un mundo de posibilidades. Pero a veces, según el contexto, da pie a eso tan manido que por muy improbable que parezca la última opción, es por fuerza, la única posible.
¿Si me contaras qué? ¿Que te gustaba? ¡Eso no es secreto!
El gesto lívido y el fruncir de ceño posterior, no hicieron sino confirmar. ¿Quién ha dicho nada de eso?
No hacía falta que nadie lo dijera. La sonrisa, como la de un padre al desvelarle una travesura a un hijo, se dibujó en el rostro.
¿Y por qué estás tan convencido?
Porque en aquel baño donde yo me limpiaba la mancha de la copa de vino que me tiraste accidentalmente, podría haberte besado y haber puesto del revés tu mundo. Pero no habría sido justo, ni para tí, ni para tu chico. Ni para mí, ni para otras personas. No soy de la clase de cabrón que se dedica a joder a las terceras personas cuando sabe que existen. Ni de los que besa para prometer un sueño que no podría mantener o dar pie a una fantasía que no desea realizar.
Sabía que si te besaba, sería como pedirte que te quedaras. Y pedirte que sigas anclada en un pasado de mierda cuando se te acababa de abrir un futuro, habría sido lo más egoísta del mundo. Así que me limité a seguir echándome agua en la mancha, esperando que aclarase un poco antes de echar el traje a la lavadora.
El silencio, de esos que se asocian a la descarga emocional de haberse quitado un peso de encima, cayó durante unos instantes. Y fue roto por la confesión de la mujer por excelencia. Me acordé mucho de tí en Grecia. Me calaste y ahora sé que te tengo mucho cariño. Debe ser porque estás loco.
Un sorbo de café y un encogimiento de hombros por respuesta. No recuerdo muy bien qué me caló de tí, pero sé que tras el calar, la intuición me dijo que mejor no, que cuando te fueras, no volverías. Y puedo vivir sin alguien cerca, pero no me parece apropiado para mi salud mental hacerlo sabiendo que está con alguien en otro lado. Me desentendí del asunto antes de que nos escociera y nos ha ido bien a todos ¿No? Me extraña, de todos modos, que te haya sorprendido que te adivinara la confesión.
No sabía que lo sabias, pero...
Pero en el fondo sabías que lo sabía, porque era el mismo fondo que sabía que yo tenía razón al decirte que sabía de tí más cosas de las que querrías haberme mostrado.
¡No seas tan pedante, cabrón! ¡No lo sabes todo!
No. Ladeó la cabeza y sonrió. Pero eso es algo que se soluciona con el tiempo. Lo que sé, que quizá tampoco sea tanto, me basta. Y por supuesto, no me importaría ir, si no fuera porque en el fondo, el que comentaba que sabía qué sabía yo, sabe que hay brasas que mejor se deben quedar en eso.
¡En absoluto! ¿Ves como eres un creído? Levantó la voz, casi ofendida de verdad.¡Quiero que le conozcas y que pasemos unos días agradables los tres! Además, así te aireas de tus cosas.
¡Claro!¡Cómo no se me había ocurrido antes!¿Un trío, dices?
Estallaron las carcajadas, la de él sabiéndose en terreno seguro y la de ella dándose por aliviada, contrastando con el silencio de la música que hacía rato que había dejado de sonar.
Y también reía la noche, dueña y señora de los secretos, cuando les recordó que al final, todo es siempre una absurda cuestión de tiempo.
Le encantaban las parábolas. Por eso, lanzaba la bola, naranja, peluda y con un penacho, con tres ojitos dibujados y cuatro patitas a rayas rojas que se movían por la inercia, cada una en una dirección.
Seguía su trayectoria con los ojos atento, mientras a su lado, en el césped, como él, reposaban su sombrero de copa, el bastón, y una estrellita de piedra que reposaba acunada en un guante blanco.
La bolita subía, se quedaba suspendida un instante en el aire, y bajaba. Justo a su mano.
Pensaba en que ese pequeño ciclo, que realmente quedaba siempre interrumpido, era la forma incompleta perfecta. Podía resumir todo lo que sucede en la vida sin un inicio, ni un final, ni todo lo contrario.
La bolita subía.
Las cosas buenas, por ejemplo. A veces eran como justamente eso, un frenesí que parecía querer lanzarte vete a saber donde, pero siempre hacia arriba.
Y bajaba.
Como la sensación de frío al estómago que suelen dejar las malas.
Arriba. El sabor de uno o varios éxitos. Abajo. Las depresiones de los fracasos.
Up. Blanco. Down. Negro.
Alto.
Cogió la bolita un momento entre sus manos. Lo bueno de las parábolas es que poseen ese doble sentido tan divertido. De esa manera...
El color naranja ascendía.
A veces las cosas se hacen demasiado cuesta arriba.
Las patitas, descontroladas, seguían el resto del cuerpo en un descenso.
Otras, sin embargo, el vértigo de una caída libre parece darnos nuevas, efímeras y necesarias alas.
Arriba. Todo el camino hasta llegar a algo que deseas. Abajo. Donde quedan los que tratan de interponerse, con o sin necesidad de entrar en liza directa.
Su. Negro. Giù. Blanco.
La bolita aterrizó en su mano.
Se levantó, recogiendo las cosas y metiéndolas en su sombrero, donde, casi como por arte de magia, desaparecieron. Y de repente, al ponérselo, él también lo hizo.
Y quedó en el aire el silencio de los grises. Y los rojos. Y los verdes. Y los amarillos-púrpura.
Porque al final, lo que cuenta no solo son las parábolas, o los extremos.