Hacktivate Your Mind ! v9.0

Ratón de biblioteca

Eran tres chicos y dos chicas. Un grupo de esos en los que hay dos estúpidos, con ojos vacíos y piel aceitosa, que no pueden meter mano a una chica mientras el macho alfa de la manada tiene dos para él. Líder que, por cierto, lucía orgulloso su cara de cerdo con un peinado de cenicero como corona. Fue el primer corte de pelo idiotizante que recuerdo. Ellas parecían hermanas, con sus cinturones sosteniendo unos pantalones que intentaban marcar un culo inexistente.

Siempre me han gustado las bibliotecas. Sitios tranquilos con casi todos los libros que uno pueda querer en un ambiente sereno. Pero además, esa tenía unos pufs de tela con algunas viñetas memorables de Asterix, Mortadelo y Filemón, Tintín y Zipi y Zape sobre un césped de moqueta verde. Era un sitio cojonudo para empujar a leer lo que fuera, si no tenías demasiados años, y me encantaba pasar las tardes entre sus paredes blancas con estanterías larguísimas.

Pero allí estaban ellos hablando en voz alta, interfiriendo con sus risitas de subnormal preadolescente cualquier intento de leer, estudiar, trabajar o lo que fuera que hicieran las otras personas que permanecían, calladas y grises.

Mi bibliotecaria era una mujer que rezumaba orden por todos sus poros. Canosa y con manos de bruja –buena, pero bruja al fin y al cabo–, tenía la costumbre de mirarte por encima de sus gafas de pasta para decirte cuándo tenías que devolver lo que cogías o que llevabas veinte minutos de retraso. Sólo la vi sonreír una vez en todos los años que estuve visitándola.

Siseó en un par de ocasiones, apoyada por algunas réplicas entre los presentes. Luego se levantó, caminó hasta la mesa de los energúmenos y les llamó la atención en voz baja, como hacen las mejores en su profesión. Erguida en sus casi dos metros, suspiró agria cuando los niñatos la mandaron callar. La vi volver a su puesto con toda la dignidad de la que fue capaz con un hematoma humillante en su aura.

Esos tíos estaban jodiendo mi biblioteca y a mi bibliotecaria. Mi santuario.
Subió una contracción desde el estómago para apilarse en mi garganta, con la adrenalina haciendo que temblara entero. Aparté El Ponche de los Deseos y metí mis manos en los bolsillos para que no se me viera el tembleque. Caminé hacia la mesa del sacrilegio.

Eh, vosotros ¿queréis callar, por favor?
El cabeza de cenicero gruñó. Uuuh... ¿y por qué?

Cuando tienes ocho años, ciertas preguntas te apabullan. Cuando tienes la verdad contigo, no importa tu edad.

Porque esto es una Biblioteca.
¿Y por qué no te callas tú?
Porque eres un gallito.

Contesté con todo el aplomo posible, consciente de estar ganándome el mayor revés de la historia del cine. Me sudaban las manos y escuché el estrépito de miles de ladrillos cayendo por mi torso al cruzar miradas con las personas de las mesas cercanas.

Vale, dijo. ¿Y si no me callo?
Tendrás que irte, concluí.

Una chica que iba a pasar entre nosotros paró antes de ser desintegrada por la tensión.

¿Porque lo digan las normas?
No, porque eres molesto y no te queremos aquí.

Volví al puf, intentando que mis pies pisaran donde decía que lo hicieran.

Un par de minutos después, en su camino a la salida, se pararon ante mí. El cerdo me miró con la nariz arrugada. Le devolví una mirada neutra con el pulso pegándome todavía en la papada. Pateó mi puf y se marchó. En cuanto se cerró la puerta con el sonido metálico de la cerradura, el aire circuló por la sala. La observé como si, de repente, fuera otra. Olor a libros recién llegados y viejos, a tinta y páginas. Los colores vivos de cientos de lomos y portadas. Sonidos tímidos remitiendo a sus frecuencias.

El silencio, nuevo y único.
Como la sonrisa de mi bruja buena.
may 11, 17:12 bajo ,
¡Activa la conversación! [5]

Tabletas

Una dosis de algo nuevo y mi ropa. No necesito nada más.

La última vez que estuve en este motel mi vida iba viento en popa. Salvo una mierda de relación, todo era lo suficientemente prometedor como para experimentar libremente sin temor a demonios internos.

Cómo cambia la vida en cuestión de un año. Ahora no me queda casi nada salvo un par de amigos que, con su vida bien encarrilada, no quisieron venir.

Me siento en el borde de la cama y jugueteo con la tableta. Una moneda venida a menos.

Suspiro. Llevo varios días sin dormir, corriendo una contrarreloj personal para llegar a esto. Dejo caer mi cuerpo sobre la cama e intento hacerme con la habitación antes de que todo comience. Coloco la dosis bajo mi lengua.

Cortinas de hilo blanco. Cascadas tejidas por arañas como las que encontrarías en casa de tu abuela. Recuerdo preparándome algún momento profesional importante. Era ingeniero, hasta que alguno de los que sabían chuparla decidió que era prescindible. Dos categorías distintas de cretino dentro de la cadena alimenticia laboral.

Muevo la cabeza y observo las paredes de papel a rayas en tonos vainilla. Lo odio en cuanto recuerdo las cuatro del lugar en que intentaron robar mi pensamiento. No sigas por ahí. Agacha la cabeza. Pon el culo para parecer un señor. Rajar y velar mi dignidad en un bucle vertical de color amarillo pálido de olor dulzón.

Cruza por la mente el psicoanalista llorando en su consulta, agarrado a una lámpara como las que hay a cada lado del cabezal de la cama. Al obligar a alguien a contar sus miserias deberías prepararte por si empieza a hurgar por tus preguntas, arrancándote el sabor a mierda de tu propia vida. Sin pararse. Atravesando tus plumas, refuerzos acolchados, armadura, o lo sea que uses para interpretar las defensas de los demás, cabrón.

El mueble de madera de color miel frente a mí. El mismo color que golpeaba la pared entre sudor y gemidos cuando no miraba tu cuerpo. Crujir de juntas y madera marcándose en la pared como dedos arañándote mientras te lleno. Nuestro sexo era del color donde descansaba nuestro orgasmo, reposando hasta escapar si Él llegaba.

Moqueta roja. Como el terciopelo de las butacas colocadas en la mesa que hay cerca de la cama. El mismo rojo sangre, oscuro y con reflejos claros de farola sobre asfalto a través de un charco. Hemoglobina desbocada queriendo salir, colarse por cada una de las rendijas de muerte urbana.

Y lucha de luces, de emergencia y de baños, pasando rápidas. Aguantaban el tipo contra la luz selénica en el silencio roto de mi huida. Oliendo a desinfectante clínico. Vómitos. Comida pasándose otra noche como conciencias en el psiquiátrico. Ahora es resplandor ambiente contra el de mi baño. Calma que refugia el miedo a ser perseguido.

No me queda mucho.

El frío me invade. Me pulsan las sienes desde el cuello. La respiración acelera. El aire apelmazándose en la cámara estanca de la habitación.

Abro los brazos, los ojos y la boca.

La mente se resquebraja con cada ondulación que percibo. Una doblez, un fragmento. Los recuerdos duelen partiéndose en el cerebro. Los huesos se encogen y estiran con el chirriar de lo sentido en el alma. Razonamientos débiles que estallan en millones de pedazos blancos cuando una cortina se mueve.

Inspiro aire. Ladeo la cabeza.
Voy a vomitar mi psique en colores vivos de otoños ancestrales.



Fiebre. Una película de calor a mi alrededor. Las líneas de las paredes contorsionan trayendo los caminos en los que hacía autostop. Paladeo la noche de entonces. Me asustan los ojos iluminados acercándose. Corro sintiendo mi peso cargando las piernas. Las rodillas se doblan. Falla el equilibrio. Caigo como un muñeco de trapo. El mundo queda quieto. La boca metálica pasa a mi lado. Pezuñas de caucho negro coronadas. Roncar de la bestia que sabe de qué soy fugitivo. Su piel de fuego y vísceras suda rabia.

Clava una mirada de ira envolviéndome con el color de habitación de burdel. Noto el pelo húmedo, la garganta seca. Bebo de mí en roja penumbra. Sábanas raspantes purifican mi cuerpo con cada movimiento. Lucho por liberarme de una seda ácida. La escucho en el techo de migrañas y tumores. Mamá araña con un bikini hecho de cabezas de niños aullantes. Colmillos brillantes entre sombras. Lanzas en su lomo gotean rocío vaginal.

Descuelga lentamente del semen de miles de hombres infértiles. Gira con el chirriar de un vinilo y muestra su abdomen abierto de obscenidad. Alarga una pata necrosada. Raja hasta mi ingle desde mi cuello. Corta el abrase con frío. Penetra en mi torrente, mezclándose con los leucocitos. Hombres de bien, dispuestos a morir en combate mortal contra una infección imaginaria. Si no estuvieran en huelga.

Árido, podría sorber sudor, sangre, glóbulos translúcidos. Lo que quisiera. Emanan de mí a un mundo frágil de papel de fumar. Me mezclo entre ellos buscando lo propio. Genes. Memes. Retazos de vida que quieren no estar conmigo. Tropiezo. Caigo por mi cuerpo. La noche me aplasta con su luz negra y todo se vuelve púrpura. Alzo una mano y agarro otra en mi epidermis.

Mi hermano siamés me habla con pulso firme. Dice que esto es lo que he creado. Que soy Dios. Que todo debe continuar incluso si no estoy. Resbalo de sus dedos a medida que intenta convencerme de qué soy. Que me esperan. Que soy un mal aprendiz. Ríos plateados de candente adrenalina en venas tubos. No basta. No hay. Soltarse en inexistencia.

Caigo en un sitio mullido y frío como ser abandonado. Todo es pantano. Sintetizo el oxígeno a través de la piel. Lamo la vida. Pensamientos sabores. Apareces en óxido a través de mis amígdalas. El psiquiátrico es bilis corroyendo el diafragma. La gente es el sabor vainilla obsceno de un glande llenándome la boca en una violación.

Arcadas de odio en el contraste. Trozos de experiencia flotando en el aroma a jugos gástricos. Un huevo perfecto encima del surtidor de una fuente. Mi interior abre al universo de par en par. Una puerta estrecha llegando al cielo busca el infinito. Luz de sentidos. Bisagras de explosión blanca ordenada. La caja de Pandora de la que todo sale a borbotones. La eyaculación del Principio del Todo.

Me sumerjo en Pura Vida. Un recuerdo de estupidez sensata dibujada.

No hay imágenes ni sonidos. Sólo variaciones de colores torciéndose convulsamente en tactos evocativos. Estoy en medio de un álbum de fotografías movidas, como una masa amorfa indefinida hasta que entienda cada instantánea. Pasado: restos para afrontar el futuro.

Avanzo por reflejos translúcidos de vivencias coloreadas. Salto de una isla a otra. Movimiento dilatado en meses. Pasos piano en el tiempo de volver a vivir. En cada oasis soy espectador de mi vida.

Me paro.
Fotograma azul.

Allá vamos.


Ando desnudo por campos de verdes pestañas. Planicie en la que el horizonte se parte en córnea, reposando en la curvatura de allí hasta donde alcanza la vista. Una cobertura de ojo de iris oceánico. El sol es una pupila de acceso al universo subconsciente traído al final del camino.

Llego al centro del mundo. El aire me lame todo mientras voy parándome en quietud. Disfrutamos de un trabajo bien hecho. Caigo lento abriendo brazos y piernas. Entran todos los iones en mis pulmones llenándose de electricidad estática.

Zumban haciendo vibrar todas y cada una de las paredes de mi interior. La sangre engorda, palpitando, digiriendo y distribuyendo el pasado hasta mi piel. La absorbo expeliendo lo que resta por la epidermis.

Separo mis labios. La electricidad detona. Grito.

Segundos, horas, semanas, siglos después, explota el silencio.
Estalla. Millones de pedazos de pseudoconciencia tiemblan antes de separarse hasta el último átomo. Desintegración en brillos sin color. Un Big Bang eufórico construido encima de la realidad que tú y yo conocemos. Multiversos, vacíos o llenos, desplazándose pesadamente por la teoría de capas y relatividad.

Y lenta y rápidamente a la vez, un cohete de Ser atraviesa la atmósfera mental. Veintiséis horas después de haber empezado el viaje adentro.

Abro los ojos.

No he vomitado como creí tener intención de hacer, aunque el aliento podría matar a alguien. Al margen de las sábanas bajo mi cuerpo, ni siquiera hay desorden a mi alrededor. Me incorporo con cuidado, por si las moscas. Las lámparas, la moqueta y todo lo demás sólo son pequeñas partes de algo más grande, sin pretensiones. Sacudo la cabeza. Noto el cuerpo pesado al levantarme, preguntándome cuántas horas habré dormido de camino al baño.

Delante del espejo miro de pasada la cara de dormido. Abro el grifo. Paso una mano por mi cabeza rapada.

Entonces, el agua es sólo agua. Más fresca que nunca, puedo percibir sus gotas por separado y cada uno de los pelos de mi cabeza raspa individualmente. Concentrándome, parece que estén marcando el ritmo de alguna especie de música progresiva. Parpadeo. Me mojo la cara y miles de agujas congeladas como cumbres hacen que sonría. Me parece increíble.
Observo mi doble en el espejo.

Supongo que es entonces cuando me doy cuenta.
Abro la boca y levanto la lengua.

Salgo a la habitación. Llego de un salto al otro lado de la cama y compruebo que, cerca de la mesita, en la moqueta de color rojo sangre, está la tableta.

Y río, renovado.

Al final, sólo somos nosotros, nuestro interior con sus miedos, y la decisión de ponerlos a hablar.
abr 17, 01:25 bajo ,
¡Activa la conversación! [4]

Ring

Acabo de darme cuenta de la mortalidad de los que más quiero. Otra vez.

Ha sonado el teléfono y he temblado, sin razón. Una llamada fría, oscura, con silencios cortantes que arañaban.
Tanto que me cuesta pensar.
Un niño esperando el peor castigo del mundo.

El corazón encogido, parado.

Se han cruzado por mi cabeza las idas de los que no me importaban, en otra piel.

Estaba allí, de pie, con el auricular pegado a la oreja y los ojos perdidos en la pared del recibidor. Pupilas dilatándose. Mareo. Escuchando a alguien desgarrarse al otro lado, mientras abría la boca, intentando componer la realidad entre sus labios, zumbándole la cabeza y haciéndomelo llegar a través de los baudios.

Me he visto cogiendo un bus de un mundo en quietud, sintiéndome sólo como nunca, la respiración en la garganta incapaz de descender por mí.
Viajando, mirando la carretera entre fotogramas de quebrada trascendencia.

Sin contar minutos que no importan, repasando recuerdos que ahora se rompen en blanco.

Me he imaginado subiendo unas escaleras que eran una garganta de dragón.

Ante caras desencajadas, miradas hundidas y cuerpos encogidos adaptándose a la falta del aire, de la esperanza, de la costumbre; acoplándose a lo que queda.

Los por qué.

El silencio.

Boquear, yendo a por todo el aire del mundo, porque el cuerpo lo pide a gritos días después.
Acostumbrarse a vivir como si empezara todo desde cero.

Terror. Como hacía años que no lo tenía, gritando hasta vomitar sangre, en silencio compacto y sólido de roca a través de mis venas.

Por nada.

Por la nada.

Castañas con zumo

Sentada en la hierba, le dió un último sorbo al zumo. Jugueteaba con el envase, apartando las cáscaras de las castañas.
No queda nada, cariño. Frunció el ceño y exclamó en un grito, cerrando los ojos: Nada, nada, nada.
Enarcó las cejas y giró su cara, sorprendida.
¿Es la primera vez que te llamo así o es que se me olvidó la primera?

Él sonrió y se encogió de hombros, estirado en la hierba.

¿Sabes? ¡Buf!
Hizo un gesto como ese que solemos hacer cuando tenemos muchas cosas que explicar.
¿De verdad no te lo he contado? Conocí a un tipo, así a lo tonto. Es de por allí.

Arrancó una brizna y la miró, torciendo los labios en una mueca cínica.
Seguro que es un gilipollas.

Hum. Sólo a veces.

¡Encima es uno de ellos!
Enrolló el trozo vegetal entre sus dedos.

Pero vivo con eso.

Ese tío no te conviene. Te lo digo yo.
Esgrimió su pasatiempo tocando de color verde sus palabras.

Ella le restó importancia al asunto con un movimiento de hombros.
Nadie puede ser perfecto. Pero bueno, también lo acepto.

¿Encima? Seguro que es igual de pequeño que su alma. Tan cretino, estúpido, estulto e irracionalmente anormal como el resto.

El caso es que... Yo creo que tiene el alma tan grande que llega al otro lado.
Se quedó absorta por un momento y mirando al infinito concluyó que debía ser así.
Genialidad. Sí, eso es.
Extendió el brazo y tomó una medida con su propio cuerpo hasta un punto muy lejano que sólo ella conocía.
¡Y si fuera tan grande como su genio, llegaría hasta aquí!
Sonrió.
Entonces llegaría con sus manos e importaría muy, muy poco que estuviera tan lejos.
Trató de sorber un poco más de zumo, por si en los últimos minutos una máquina expendedora hubiera pasado a cambiarlo por uno nuevo.
Al principio me hacía gracia y me ponía un montón. Y buah, bueno, hay bastante gente que me pone un montón, tampoco es nada especialmente especial pero... ¿sabes? Tenía una lista de cuentas pendientes y tenía ganas de acabarla. Pero entonces, una noche estaba hablando con él y me dí cuenta de que no me ponía nadie más.
Se calló un instante.
Ni lista ni pollas.

¡Cuida esa lengua, pequeña!

Además resulta que tenía el cerebro más raro y maravilloso que he lamido jamás ¡Buah! Salían chispicas como... Hum... Los Peta-Zetas ¿Sabes lo que son?

¿Chisporroteantes?

Sonríe.
¡Sí!

Así era su cerebro al lamerlo y lo mejor es que hacía chisporrotear al mío, y es una mierda porque me enamoré de él perdidamente, con todas las letras, por primera vez en mi vida.

¿Incluída la uve doble?

Asintió con la cabeza.
Fue tan inesperado y genial, tan lógico, que no podía ser de otra manera.
Enmudeció mirándole, seria.
Joder, es la cosa más importante que tengo ahora en todo el mundo.
Sonrió otra vez.
Hace unos chistes muy malos. Pero que muy malos. Pero el simple hecho de que su mente logre crearlos me parece asombroso. Impresionante. Nunca se lo he dicho porque es que los chistes son muy, muy malos, añade. Pero es lo que hay.

Un rayo de luz rompió el cielo encapotado y aterrizó cerca de las cáscaras.

Cuando estoy con él, continuó, hay un hilo tan largo como su alma que une nuestros cerebros y es genial.
Tiene la mejor sonrisa que he visto en mi vida y logra que no me quite la mía ni cinco minutos al día.
Reparó en algo y miró a su compañero. Una rima.
Y joder. Joder, joder...
Se encoge y hunde su cara entre sus rodillas.

Él la abrazó sin que ella se pareciera percatarse.

He llorado por muchas razones. Por tristeza, dolor, de risa. Por mil cosas. Pero es la primera vez en mi vida que estoy a punto de llorar de felicidad.

Él la meció.

Y es que las castañas con zumo, a veces tienen esta clase de reacciones.

Alucinógenas.

Alucinantes.

Violet y Blue

Entonces lo comprendió.

Violet se sentía ahogar de tanto aire que cogía por la boca. Apoyó su cabeza sobre el respaldo del sofá y trató de mirar el techo a través del mar de estrellas rojas y blancas que inundaban su vista. Sentía la sangre correr por sus sienes mientras trataba de aferrarse a la realidad de la tela con sus manos huesudas.

Era todo tan sencillo que abrumaba.

Se había quedado blanco. Blue no sabía a donde mirar, así que fijó su vista al vacío mientras las lágrimas corrían por su cara. Estaba sentado con las manos flácidas entre sus piernas. El que no entendía qué pasaba ahora era él.
Pero estaba todo claro.

Durante más de dos años ella había estado buscando respuestas a la pregunta equivocada. Había recorrido su pasado buscando qué había hecho mal antes de verlo en la sala de parto. Pensaba que era imperfecta o que estaba tarada. Que sólo servía para dar vida a monstruos.
Era todo un puto espejismo.
No había nada tarado ni imperfecto salvo su prisma.

Había descargado todos sus fantasmas sobre el hijo que, a pesar de lo equivocado de su punto de vista, amaba. Sólo porque, para el resto del mundo, una criatura diferente por fuera era defectuosa de fábrica por dentro.

Que le jodan al mundo, dijo en susurro.

Porque ya no hay nada que pueda remediar el haber llamado a su hijo subnormal.


- - -
Otra vuelta de tuerca a la historia a la historia de la Bella y la Bestia.

Nicotina Western

Son las cinco y media de la mañana.

En un pueblecito hecho con casitas de madera al pie del Himalaya, un perro emite un gemidito. Levanta su cabeza al despertarse de una pesadilla. El cielo oscuro comienza a perder consistencia. Una brisa helada recorre la avenida central del pueblo. Una puerta bate.

Son las seis menos veinticinco de la mañana.

Un gruñido desciende por la montaña. Con él, se recorta el perfil blanquecino contra la nieve de un ser alto con aspecto humanoide. Está recubierto de pelo, es feo, tiene una mirada primate, unas manos capaces de partir el cuello de un adulto con un chasqueo de dedos y unos pies torpes que caminan con la pesadez de los barriles.

Son las seis menos veinte de la mañana.

El pueblo está en silencio, tenso.
Todo el mundo lo sabe.
Ocurrió en el salón, anoche, mientras las botellas bailaban el cancán y el corbatín tocaba, impasible, su piano. El trapo dejó de limpiar los vasos. Los reyes, reinas e infantes dejaron las cartas de vaqueros sobre la mesa. Despacio.
Absolutamente todos miraron al centro de la sala, donde el abominable y el cilindro se miraban, impertérritos.
Todo el mundo lo sabe.
Porque fue entonces cuando se citaron en un breve intercambio de palabras, a oídas de todos. Ante la casa de la Estrella Del Sheriff.
Al amanecer.
A muerte.

Son las seis menos diez de la mañana.
Quedan doce minutos.

Unas botas humean. Nunca le gusta ir descalzo porque sostiene que sus pies son demasiado calientes y que la tierra le molesta. Su cara tostada, salpicada por marcas de viruela, se refleja en un espejo cochambroso mientras observa su torso pálido. Cicatrices de muchos otros duelos surcan su pecho e incluso un recuerdo en forma de tira vertical le recorre desde el cuello hasta las piernas. La vida nunca es sencilla cuando tienes un corazón de hierbajo. Aunque sea capaz de arderte en deseos por otro ser.
Se asoma a la ventana. Mira al cielo. Esquina una sonrisa y se yergue.
—Es la hora.
Y baja las escaleras de la pensión.

Son las seis en punto de la mañana.
Quedan dos minutos.

La figura blanca pelosa llega a la avenida principal del pueblo. Si girase su rostro para ver a su alrededor, se percataría de que en la oscuridad decenas de ojos brillan, expectantes. Demasiadas arañas. Pero mantiene la mirada recta, al frente, hasta encontrar la de su rival.
El Cilíndrico, como le llamaban, ya espera sereno a un lado de la casa de la Ley. Sale de sus pensamientos y mira al duelista. Un resplandor anaranjado parece iluminarle cuando se centra en la vía. Escupe al suelo y una bola de hierba reseca explica, pasando en un susurro por al lado, que aún hay brisa matinal.

Queda un minuto y quince segundos.

—Buenos dias, monstruo.
—Soy un mito, Cilíndrico. No podrás acabar conmigo.
—Eso ya lo veremos.

Quedan cincuenta y cinco segundos.

Cilíndrico levanta ligeramente la cabeza, observa el cielo y su inicio de clareo. Sus ojos se clavan en la figura que tiene frente a sí y dispara una sentencia:
—Uno de los dos sobra en esta cultura, forastero.

Quedan cuarenta segundos.

La bola de hierba seca se acerca al humanoide.

Treinta segundos.

Todo es tan tenso que un gato acaba de perder dos vidas.

Diez segundos.

Las botas humean mientras el portador suspira.

Cinco segundos.

Algo flota en el aire.

Dos segundos.

El humanoide tuerce la cabeza. Respira profundamente. Entonces abre bien los ojos rojos que acaban de descubrir el truco. Lleva sus manos al cuello, comienza a boquear queriendo capturar el aire que ya no respira. Ese maldito cilindro ha sido mucho más hábil. Le flaquean las piernas, la visión se le nubla por las lágrimas.
—Jue...go...ssscio...
Y alarga una mano de dorso albino en dirección a su contrincante, quien sonríe plácidamente mientras espira, abrazado por su humo dorado por el primer fulgor de la alborada.

Nueve segundos más tarde del romper del día, el cuerpo inerte de un abominable hombre de las nieves yace tirado en la tierra de un pueblecito a los pies de la sierra del Himalaya.
Ha muerto otra leyenda por la toxicidad del tabaco.


- - -

En este caso, las correcciones fueron básicamente un par de estilos sueltos, quité la referencia anacrónica de la cámara y pulí ligeramente el ritmo, para que la cadencia fuera ganando fuerza. También retoqué ligeramente el final para hacer que el guiño al tabaco fuera extensible a más mitos y leyendas.

El original
Son las cinco y media de la mañana.

En un pueblecito hecho con casitas de madera al pie de alguna de las muchas montañas del Himalaya, un perro emite un gemidito. Levanta su cabeza al despertarse de una pesadilla. El cielo oscuro comienza a perder consistencia. Una brisa helada recorre la avenida central del pueblo. Una puerta bate.

Son las seis menos veinticinco de la mañana.

Un gruñido desciende por la montaña. Con él, se recorta el perfil blanquecino contra la nieve de un ser alto con aspecto humanoide. Si la cámara se acerca, podremos ver como está recubierto de pelo, es feo, tiene una mirada primate, unas manos capaces de partir el cuello de un adulto con un chasqueo de dedos y unos pies torpes que caminan con la pesadez de la cordillera.

Son las seis menos veinte de la mañana.

El pueblo está en silencio, tenso.
Todo el mundo lo sabe.
Ocurrió en el salón, anoche, mientras las botellas bailaban el cancán y el corbatín tocaba, impasible, su piano. El trapo dejó de limpiar los vasos. Los reyes, reinas e infantes dejaron las cartas de vaqueros sobre la mesa, despacio. Y absolutamente todos miraron al centro de la sala, donde el abominable y el cilindro se miraban, impertérritos.
Todo el mundo lo sabe.
Porque entonces se citaron en un breve intercambio de palabras audible para todos. Ante la casa de la estrella. Al amanecer.
A muerte.

Son las seis menos diez de la mañana.
Quedan doce minutos.

Unas botas humean. Nunca le gusta ir descalzo, porque sostiene que sus pies son demasiado calientes y que la tierra le molesta. Su cara, tostada, salpicada por marcas de viruela, se refleja en un espejo cochambroso mientras observa su torso pálido. Cicatrices de muchos otros duelos surcan su pecho e incluso un recuerdo en forma de tira vertical le recorre desde el cuello hasta las piernas. La vida nunca es sencilla cuando tienes un corazón de hierbajo. Aunque sea capaz de arderte en deseos por otro ser.
Se asoma a la ventana. Mira al cielo. Esquina una sonrisa y se yergue.
—Es la hora.
Y baja las escaleras de la pensión.

Son las seis en punto de la mañana.
Quedan dos minutos.

La figura blanca pelosa llega a la avenida principal del pueblo. Si girase su rostro para ver a su alrededor, probablemente se percataría de que en la oscuridad decenas de ojos brillan, expectantes. Demasiadas arañas. Pero no, mantiene la mirada recta, al frente, hasta que encuentra a su rival.
El Cilíndrico, como le llamaban, ya espera sereno a un lado de la casa de la estrella. Sale de sus pensamientos y mira al duelista. Un resplandor anaranjado parece iluminarle cuando se centra en la vía. Escupe al suelo y una bola de hierba reseca explica, pasando en un susurro por al lado, que aún hay brisa matinal.

Queda un minuto y quince segundos.

—Buenos dias, monstruo.
—Soy un mito, Cilíndrico. No podrás acabar conmigo.
—Eso ya lo veremos.

Quedan cincuenta y cinco segundos.

Cilíndrico levanta ligeramente la cabeza, observa el cielo y su inicio de clareo. Entonces baja la mirada y dispara una sentencia:
—Uno de los dos sobra en esta cultura, forastero.

Quedan cuarenta segundos.

La bola de hierba seca se acerca al humanoide.

Treinta segundos.

Todo es tan tenso que un gato acaba de perder dos de sus vidas.
El ser peludo sonríe mostrando una dentadura impresionante.

Diez segundos.

Las botas humean mientras el portador suspira.

Cinco segundos.

Algo flota en el aire.

Dos segundos.

El humanoide tuerce la cabeza y respira profundamente. Entonces abre los ojos que acaban de descubrir el truco, se lleva las manos al cuello y comienza a boquear. Ese maldito Cilíndrico ha sido mucho más hábil. Le flaquean las piernas y los ojos se le nublan por las lágrimas.
—Ju...go...sss...cio...
Alarga una mano de dorso blanco y peloso en dirección a su contrincante, quien sonríe plácidamente mientras espira y es abrazado por el humo dorado al primer fulgor de la alborada.

Nueve segundos más tarde del romper del día, el cuerpo inerte de un abominable hombre de las nieves yace tirado en la tierra de un pueblecito a los pies de la sierra del Himalaya.
Muerta una leyenda por la toxicidad del tabaco.

Pan y queso

Miró las paredes de piedra y suspiró.
—¡Miguel, ven!
El nieto se llegó al lado del abuelo tras una de esas carreras que sólo los niños saben hacer. Puso sus manos sobre la madera rústica y observó al viejo con sus ojos claros.
—Siéntate, hijo.
—¿Me vas a contar una historia, abuelo?
—Hoy no. O igual sí. Pero primero, siéntate —dijo, moviendo un taburete.— ¡Que yo más que tu madre quiero que meriendes un poco!
—¿Entonces sí me vas a contar una?
El chiquillo se sentó mientras su abuelo parecía rebuscar las palabras en las estanterías sabias de su mente.
—Bueno, todo exilio tiene una historia.
—¿Exilio, abuelo?
—Sí ¿Sabes lo que es?
—Claro, abuelo ¡ya voy a sexto! Es cuando a una persona se la obliga a marcharse de su país ¿no?
El viejo asintió sonriendo.
—Pero no sólo eso. No sólo eso.
Alargó una mano y partió un trozo de pan. Despacio, lo levantó mientras buscaba con sus ojos esos otros, los de una generación nueva.
—También es el sitio donde alguien exiliado va a parar.
—¡Es verdad!
—El caso, hijo, es que un exilio comprende siempre una separación de un lugar. Quizá por ver la vida diferente a cómo la ven los que llevan un país o sólo porque uno necesita estar solo.
—¿Y quién querría estar solo, abuelo? No lo entiendo.
El chico contemplaba el trozo de pan más pequeño, pensativo, con un mohín de duda en la cara.
—¡Mucha gente, Miguel! A veces es la única forma de encontrarse. Es la gran aventura de enfrentarse al mundo con las manos vacias. A medida que alguien que emprende esa aventura va viviendo cosas, aprende cómo es al superarlas. Y al final, ya no es como cuando salió, sino alguien totalmente distinto.

El viejo se levantó un momento de la mesa, sonriendo, para recoger una forma de queso y cortar una porción. Giró sobre sí y miró a su nieto con el queso montado encima del pan abierto en dos.
—¿Dices como un poco de pan cuando le pones queso?
—Eso es, hijo. Tú lo has dicho.
La risa se apoderó del anciano y cerrando el tentempié, lo dejó frente al niño. El niño recogió el bocadillo. Tras darle un tiento sonrió entre satisfecho y aprobador.
—¡Qué personas más raras! ¿No crees, abuelo?
—Quizá, Miguel, quizá.
Un zumbido retronó en la cocina rompiendo la magia de un momento con sus silencios.
—Anda, hijo, ve a jugar.
—¡Vale!

Y antes de que hubiera terminado de decirlo, había desparecido por el umbral de la puerta. El abuelo, apoyado en la mesa, se quedó pensativo mirando el vacío. Pasaron unos instantes donde su mirada se apagó un poco y finalmente, musitó:
—Sólo nos llevamos lo que recordamos. Que no se te olvide.



- - -


El relato tiene dos correciones: la primera para darle un poco más de aire al niño y abuelo de lo que son: un niño y un abuelo; la segunda, es una reestructuración de algunas partes del relato que leídas en voz alta rompían el ritmo.

El original:
Miró las paredes de piedra y suspiró.
—¡Miguel, ven!
El nieto se llegó al lado del abuelo tras una de esas carreras que sólo los niños saben hacer. Puso sus manos sobre la madera rústica y observó al viejo con sus ojos claros.
—Siéntate, hijo.
—¿Me vas a contar una historia, abuelo?
—Hoy no. O igual sí. Pero primero, siéntate —dijo, moviendo un taburete.—¡Que yo más que tu madre quiero que meriendes un poco!
—¿Entonces sí me vas a contar una?
El chiquillo se sentó mientras su abuelo parecía rebuscar las palabras en las estanterías sabias de su mente.
—Bueno, todo exilio tiene una historia.
—¿Exilio, abuelo?
—Sí ¿Sabes lo que es?
—Claro, abuelo ¡ya voy a sexto! Es cuando a una persona se la obliga a marcharse de su país ¿no?
El viejo asintió sonriendo.
—Pero no sólo eso. No sólo eso.
Alargó una mano y partió un trozo de pan. Despacio, lo levantó mientras buscaba con sus ojos esos otros, los de una generación nueva.
—También es el sitio donde alguien exiliado va a parar.
—Oh. Claro.
—El caso, hijo, es que un exilio comprende siempre una separación de un sitio. Quizá por ver la vida diferente a cómo la ven los que llevan un país o sólo porque uno necesita estar solo y decide irse.
—¿Y quién querría estar solo, abuelo? —El chico contemplaba el trozo de pan más pequeño.—No lo entiendo.
—¡Ah, mucha gente! En ocasiones, es la única forma de encontrarse. Uno lo deja todo atrás para enfrentarse al mundo como si no tuviera nada. Y a medida que va viviendo cosas, va aprendiendo de sí mismo.

El viejo se levantó un momento de la mesa, sonriendo, para recoger una forma de queso y cortar una porción. Giró sobre sí y miró a su nieto con el queso montado encima del pan abierto en dos.
—¿Como un poco de pan cuando le pones queso y deja de ser solo un poco de pan?
La risa se apoderó del anciano y cerrando el tentempié, lo dejó frente al niño.
—Eso es.
—¡Qué personas más raras! ¿No crees, abuelo? Seguro que siempre olerán a rancio.
El niño recogió el bocadillo. Tras darle un tiento sonrió entre satisfecho y aprobador.
—Nunca se sabe, Miguel.
—¡Es verdad! El queso está bueno.
Un zumbido retronó en la cocina.
—Anda, hijo, ve a jugar.
—¡Vale!

Y antes de que hubiera terminado de decirlo, había desparecido por el umbral de la puerta. El abuelo, apoyado en la mesa, se quedó pensativo mirando el vacío. Su mirada se apagó por unos instantes. Al fin, musitó.
—Sólo nos llevamos lo que recordamos. Que no se te olvide.

Comunicación

Asi que ya ves. Todo lo que puede explicar que tú y yo estemos hablando es tan complicado como sencillo.
¿Seguro?
Claro, tío.

Un balón rueda hasta el pie del chico. Lo empuja de vuelta a los chiquillos que juegan a lo lejos, en ese terreno de cemento del parque.

No hay mucha complicación. Yo expreso, tú contestas. Me cuentas, te creo. Dubitas, explico. Quizá no quiera hablar o tú no quieras escuchar, que también puede ser. El caso es que normalmente necesitamos hacerlo y nos dejamos llevar de cara, paralelamente, en sentidos opuestos... No importa hacia donde, sino que lo hagamos.
Me parece discutible.
¡Ya me entiendes! Te he dicho que por ahora sólo me refiero a hablar.

Se acercan a los niños y se sientan en un viejo banco de madera. Antes de seguir hablando, uno enciende un cigarrillo, ofreciendo otro a su compañero, que rechaza con un gesto de la mano.

Aunque tienes razón: el juego es mayor. Máxime cuando hay más gente de por medio. Hasta ahora como mucho podríamos amarnos, ignorarnos o enfadarnos con lo que nos dijéramos. Pero a veces hay público.

Señala el partido de fútbol improvisado. Un balón lento y bombeado cae en las manos de uno de los porteros. Sus compañeros, amigos y rivales, le miran.

Alguien habla y muchos escuchan, aunque sólo sea el título del mensaje.

Devuelve el balón al terreno de juego, cerca de la línea que dicta dónde termina el campo de un equipo y dónde empieza el del otro.

¿Viste? Como el balón que acaba de lanzar ese chaval. Lo siguiente es una cascada de ideas que puede que no se vea o no se sienta retumbar en la conciencia del emisor. Pero ahí está. Se genera una marea con diferentes corrientes.

Los aprendices de futbolista van como un enjambre a por el esférico.

Esas corrientes pueden ir en direcciones contrarias entre sí o incluso derivar en algunas nuevas que terminen cortando o mezclándose con esas otras básicas. Algunas serán sordas y otras muy sonadas. La cosa es que interactúan entre ellas al margen de lo que se pretenda al empezar.

El juego sigue. Los pequeños se desplazan de un lado al otro de la cancha. Un chico cae al suelo, dando paso a un griterío confuso entre los crios. Algunos gritan que ha sido falta. Otros, que ha sido penal. Unos pocos exclaman que ni una cosa, ni la otra y que todo siga como si no hubiera pasado nada.

Aunque seamos muchos, terminamos por confluir o disentir, pero en grupos. Y al final, terminan creándose reglas vivas que generan sus propios desafíos, sus propias identidades.

Un jugador trata de hacer de mediador. Le dan la razón y otros le regañan tildándole de hacer favoritismo, casi a partes iguales. Al cabo de un rato se encoge de hombros y recoge el balón. Es suyo y no le van las broncas.

Ya veo. ¿Crees que una sola voz entre los grupos podría cambiar o generar una nueva idea, sin generar una nueva corriente y, por lo tanto, sin posibilidad de volver a confluir o disentir con el resto?

El dueño del balón sale del suelo de cemento. No ha dado ninguna explicación, pero su ceño fruncido parece muy elocuente.

No, creo que no. Porque imagínate que a esa voz la ignoraran. No generaría nada nuevo en ese momento, claro. Quizá sería la única ocasión -y siempre y cuando no fuera lo suficientemente fuerte como para sostenerse por sí sola- en la que no habría un cambio significativo. Pero se queda latente y tarde o temprano, después de madurar, surge otra vez. Diferente. La semilla queda gestándose y seguro que en el futuro alguien estará interesado en escuchar esa voz que a día de hoy, quizá sea tan silenciosa que pase desapercibida.
Pero ahora imagina que no, que se le hace caso ¡Puede ser una rotura de esquemas total! Y ya solo por eso, quieras que no y quizá nunca inmediatamente, alguien se sentirá atraído.

Uno de los chicos sale corriendo tras el dueño, pone su mano en el hombro y le acompaña.

Y escuchará.
Pues qué mierda. Todo porque recibas o des una explicación ¡De hecho, sólo por existir y manifestarte!
Niega con la cabeza.
No. Puedes existir pero no manifestarte y al respecto tengo mis reservas. Pero no puedes manifestarte sin existir, y lo que opera los cambios es eso, la manifestación.
¿Es complicado, eh?
Mucho. Porque hablamos de hablar, pero no es necesario darle a la sin hueso para poder hacerlo.
Es lo bueno de comunicar.



(Gracias mil a Tony Jazz por el cable para recuperar esto que andaba perdido por el baúl de los Pendientes)

El último adiós de Limbek

En mi periplo por tierras valencianas, alguna que otra vez he podido conectar el portátil. Uno a veces lee cosas interesantes que no querría leer aunque supiera que, al final, eran inevitables.

Me he tomado la molestia de corregir la historia de despedida de Limbek, el enano paladín que hizo que el rol, para mí, tomara un nuevo giro en el servidor de World of Warcraft Los Errantes. No es que necesitara grandes correcciones (Aquí tenéis el original, para que veáis que no miento: El último gran adiós de Limbek Longbeard.)

Pero tiene cierta importancia personal como para que me permita el lujo de meterle mano y tratar de arreglarlo un poquito para que, si algún día recupero el relato fuera de los foros de WoW-Europe, tenga la mejor presentación.
Era tarde, ya habia caído la noche pero en esa oscura caverna daba igual. En las profundidades, la única luz que iluminaba la fría y húmeda piedra era la pequeña lámpara de aceite que llevaba Limbek. Hacía más de diez horas que se internó en la cueva en busca de la terrible criatura que había asesinado a algunos aldeanos. Limbek recordó la conversación con claridad: «Lleva semanas atacándonos. Ya ha acabado con varios aldeanos y algunos niños han desaparecido. No sabemos nada de ellos y nos tememos lo peor. Sabemos donde se oculta, pero no nos atrevemos a hacer nada. ¡Por favor, ayudenos!» le había dicho el joven alcalde del pequeño pueblo con el que el enano había topado casi por casualidad.

«¿Por qué siempre tengo que decir que sí? Ahora podría estar en casa bebiendo una deliciosa cerveza cebatruenos, y mírame ahora, en una caverna oscura y profunda, perdido, y sin más bebida que una cantimplora de agua... ¡Agua! ¿Quién diablos puede beber ésto?» pensaba amargamente mientras avanzaba por los oscuros pasillos naturales. Había perdido completamente la orientación, ni siquiera sabía si llevaba horas caminando en círculos, cuando de repente le llegó el eco de un tremendo rugido seguido de un grito de dolor. Limbek, alarmado y confuso, salió corriendo en la dirección del grito, con la mala fortuna de que la lámpara de aceite golpeara una estalagmita, rompiéndose. «¡Maldición!» pensó. Llevaba una antorcha en la mochila, pero el tiempo que requería sacarla a oscuras y encenderla con yesca y pedernal era algo que no se podía permitir en aquel momento. Avanzó a tientas todo lo rápido que pudo por el suelo de la caverna hasta que comenzó a mostrar cierto desnivel hacia abajo y vio que, a unos veinte metros, había algún tipo de fuente de luz.
Por si avanzar a oscuras y en un terreno desigual no fuese suficiente, el frío de las montañas de Alterac dificultaba aun más su avance. Comenzando el descenso con cuidado, una de las pequeñas y antes fuertes piernas de Limbek cedió (algo que desgraciadamente comenzaba a pasarle con alarmante frecuencia) y sin tiempo para agarrarse a algún saliente, cayó al suelo y comenzó a rodar cuesta abajo, golpeándose con numerosas piedras y rocas hasta el fondo de la caverna. Una vacilante luz de una gran hoguera lo iluminó.

Aturdido y magullado, intentó incorporarse pero su pierna izquierda le producía un agudo dolor que se lo impedía. Aun con la vista borrosa se miró la pierna y vio un feo reguero de sangre desde un profundo corte cerca del tobillo. Maldiciendo su vejez y su incapacidad, miró alrededor para averiguar la situación en la que acababa de meterse. Un enorme yeti estaba devorando lo que parecía ser los restos de un ser humano pequeño.
«Uno de los niños» pensó, y sufrió unas fuertes arcadas que casi le hicieron soltar lo poco que había desayunado. Eran irreconocibles. Al escuchar unos sollozos vio a otro niño, éste aun vivo, encerrado en una pequeña jaula de burda construcción en uno de los lados de la caverna. Ni el niño ni el Yeti parecian haberlo advertido, uno demasiado atemorizado para mirar, y el otro demasiado ocupado saciando su hambre. De repente, el Yeti decidió que lo que quedaba del cuerpo (poco más que huesos) ya no era lo suficientemente sabroso y tiró los restos a una esquina, donde el viejo, con dificultad, vió que había ya pedazos de distintos cuerpos en diferente estado de descomposición.

El yeti se dirigió hacia el otro niño, que al oir los pesados pasos de la enorme criatura comenzó a llorar con intensidad. Limbek maldijo su pierna y su vejez, pero sobre todo maldijo al Yeti. Incorporándose con toda su fuerza de voluntad e intentando ignorar el intenso dolor que le producía el corte de la pierna, desenfundó su espada y preparó el escudo mientras pegaba un potente grito con su voz de barítono: «¡Eh, tu, peluche! ¡Ven aquí si te atreves con alguien de tu tamaño!». Si la situación no hubiese sido tan horrible, la escena hubiese resultado cómica: El enano era incluso más bajo que el niño humano.
El yeti, al escuchar el grito se giró y vio a Limbek de pie, en posición de batalla y con la espada desenfundada. Aunque la criatura sabía que los enanos no son enemigos fáciles de batir, vio que este en cuestión estaba visiblemente herido y aturdido. Si los yetis rien, esa horrible y espantosa mueca que hizo el colosal monstruo fue una risa. Ante la aturdida mirada de Limbek el yeti se acercó a la jaula, y sin que el enano tuviese ocasión de moverse, cogió con su manaza al niño y lo lanzó como si fuera un palo hacia la posición del enano. Éste, en un intento de saltar para coger al pequeño (que después de ser agarrado con fuerza por la criatura podía estar inconsciente o incluso muerto) se intentó lanzar con todas sus fuerzas en la dirección hacia donde se dirigía el pequeño humano. El Yeti era fuerte y grande, pero no tenia puntería.
Cuando el anciano pensaba que lo conseguiría e iba a impulsarse, una de sus piernas volvió a fallarle y el que había calculado sería un tremendo salto, se quedó con un pequeño bote que lo lanzo de costillas al suelo a un metro de distancia. El niño pasó a más de dos metros a toda velocidad y acabó estampándose contra la pared con un sonoro croc de huesos rotos. Limbek, maldiciendo todo y a todos, intentó invocar el poder de la luz para sanar a la criatura, pero era demasiado tarde.
El niño habia muerto.

Con una furia como la que nunca antes hubo sentido se incorporó, recogió la espada del suelo, y se lanzó contra el yeti. La criatura, divertida pensando en cómo iba a jugar con él, se sorprendió al ver que el enano avanzaba mas rápido de lo que pensaba. En un instante, Limbek clavó la espada en el vientre del Yeti, y éste emitió un rugido de dolor. Con un pequeño salto hacia atrás, el enano invocó con la poca fuerza que le quedaba un último recurso, que nunca antes había usado... La Colera Sagrada.
Dos enormes pares de alas aparecieron a su espalda e iluminaron la habitación como si un pequeño sol hubiese hecho acto de presencia en la caverna. Limbek, temporalmente fortalecido por la energía de la luz, avanzó a toda velocidad hacia el yeti, que quedó asombrado ante la escena mientras se aguantaba el estómago con las manos. De un certero corte, el anciano rebanó la cabeza a la criatura y las partes del cuerpo cayeron al suelo, inertes.

Las alas de luz explotaron en un millar de plumas que se desvanecieron al tomar contacto con el suelo. La debilidad de las magulladuras y la vejez volvieron a Limbek. De nuevo, maldijo su edad.
Se acercó al cadaver del niño. Había sufrido un tremendo golpe en el abdómen contra la roca que le produjo la muerte, y envolviéndolo en una manta y cuidado, lo llevó junto al resto de cuerpos en descomposición. Después de verter la pequeña botella de aceite que tenía para la lámpara, prendió fuego a los cadáveres mientras rezaba una plegaria.
Hacía tiempo que habia perdido la fé, pero era lo mínimo que podía hacer. Al fin y al cabo, esos crios habian muerto por su incompetencia.

Dándose la vuelta, Limbek se encaminó en dirección a la salida de la caverna -o la dirección que él creía que era la correcta-, intentando imaginar como les comunicaría a los padres tan triste noticia.

También había tomado una dura decisión: Había llegado el momento de decir adiós a las aventuras.

Extremos

—Hay otra, le dijo.
—¿Otra?
El universo parpadeó en la ventana, reflejándose en los ojos de ambos. Tenía horizonte.
—¿Quién es?
—Simplemente otra.
—¿Es mejor que yo?
Él se apoyó en la ventana y tomó aire del infinito. El universo tenía horizonte, y era esférico, pensó. Como si la luz, al ser incapaz de abandonarlo, se rindiera ante la evidencia, recogiendo sus bordes.
—No lo sé. Nadie lo sabe.
—¿Cómo puede ser otra, entonces?
—Porque existís.
—¿Sólo eso eres capaz de responder, insolente?
Se giró dejando el Todo que bien pudiera ser Nada a sus espaldas, como si usara el cosmos y sus dimensiones paralelas para impulsar sus palabras.
—¿No lo entiendes, verdad? Eres tan grande que has perdido el Norte.
—No me hables con tus conceptos dimensionales, limitados y temporales.
Se quedó pensativo.
—Puede.
—No, puede no.
—Bueno, pues puede que no.
Los ojos pálidos de ella lo escrutaron. El silencio relampagueaba.
—Maldito seas. Me diste sentido y ahora deseas irte con otra. Quieres dejarme atrás, sola en este castillo de piedra, madera, agua, fuego...
Él se llevo un dedo a los labios y sonrió. Negó con la cabeza.
—Ahora hablas tú con términos de mis dimensiones. De todos modos, no creo haber dicho en ningún momento nada de eso.
—¡Pero piensas en ella!
—Tú también piensas en otros, jinetera.
—¡Es distinto, no tengo elección!
—¿Ah, sí? Estás en boca y alma de todos. ¡Los tienes a tu merced! Lo he visto. Te aman, se aferran a tí, parecen hacerlo todo solo por y para tí, por tus caprichos y seguir teniéndote.
—Es mi deber, no puedes reprocharme eso.
—Dime: ¿Realmente no te parece injusto?
—No tengo otra elección. Puede que otros me observen y que veas parte de mí en todos ellos. Pero también recuerdo que me has compartido con los que más aprecias durante noches y días enteros, y me he arrodillado a tus pies y los suyos para que así pudiera ser. ¿No era acaso tan puta entonces? ¿O sólo soy una de esas si sirvo a alguien más que los que tú conozcas, sin tu permiso? Y sin embargo, mírame. Soy toda y únicamente tuya, por muchos que beban de mi sabiduría, sangren de mis azotes o se deshagan de placer en mis entrañas. Sólo tú puedes verme tal como soy. Sólo tú me has probado, enfrentado y conocido.
—¿Sólo yo conozco tu cara?
—Eso es.
—¿O sólo conozco una de tus caras?
Los tirabuzones rubios de ella pendularon. Centelleaban sus ojos, sus labios y sus palabras.
—¡Estúpido!¡Claro que solo conoces una de mis caras, porque para tí no puedo tener más!— Dio un paso al frente.—¡Si pudieras verme por completo te volverías loco!
—Entonces comprende que si tú misma admites ser incapaz de confiar en mí, no pueda hacerlo yo en tí.
—Sólo si confiaras lo suficiente en tí, podríamos confiar el uno en el otro.— Ella se sentó y lo observó, distante. Y bien ¿Quién es?
Él sostuvo la mirada clara y sintió su ser reflejado.
—Ella.
—Ya veo...

Silencio.

El romperse de un cristal.

El craqueo de su resquebrajarse.

El sonido del vacío.

—¿Me vas a dejar por ella?
—No lo sé. Cuando te canses de mí, supongo.
—Te cansarás antes tú de mí.— Sonrió, triste.
—No lo creo.
—Hay otra. Puede ser ella o cualquiera, nada cambiaría las cosas. Es una sentencia.
—No, eso sí que no. No puedo irme con cualquiera. Tú no eres una cualquiera.
—¿Ahora me halagas?
—Ahora y siempre.
—Embustero.
Un tintineo en el aire. Sueños, quizá.
—Mira cariño, dijo ella. Es una cuestión de tiempo. Empezarás a completar proyectos, a pensar tanto que te cansará todo lo que pueda ofrecerte porque tú estarás con el cuerpo agotado tras haberte dedicado todo el día a aprender a no ahogarte. Y de repente, llegará el momento en el que empieces a pensar que necesitas un cambio. No te pareceré tan atractiva, tendré achaques y seré fea y molesta a tus ojos y sentimientos.
Suspiró.
—Seré tu mayor estorbo.— Se levantó y posó una mano en la cara de él.—Será entonces cuando verás algo más que sí merezca la pena. Irás a por ella con todo y cerrarás la puerta de atrás con un leve chasquido.
Una lágrima corrió por su mejilla.
—Es lo más doloroso de ser Eterna.

En ese mismo momento, en el otro extremo del Infinito, mucho más allá del punto de rendición de la luz.
—Hay otra, le dijo.
La Muerte sonrió.
—Entonces, es hora de reencarnarse.

Amsterdam.
28/07/2007 02:08am
jul 30, 15:46 bajo ,
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