"Viaja todo lo que puedas y tan lejos como te sea posible. Viajar te permitirá ver que la vida tiene muchos ángulos y que existen cientos de enfoques para observar las mismas cosas. Si hay algo a lo que uno debería consagrar la vida es a viajar. Hubo un tiempo en que pensaba que viajar era una pérdida de tiempo: a la vuelta del viaje vuelves a estar en el mismo sitio y además tienes menos dinero. Estaba completamente equivocado: cuando regresas te encuentras en un lugar completamente diferente."
Extraído del
par de consejos sin pretensiones. La mejor forma de definir el viajar.
Hoy he paseado por esos almacenes.
Vi la mesa donde estuvieron, como testigos privilegiados, los azucarillos y el cuarto café de ese día.
No sabias mirarme a la cara sin sonreír.
Jugueteabas con tus manos, acariciándote la pulsera, repasando tus nudillos.
Te mordias los labios ligeramente.
Sabiéndonos ganadores, me acerqué.
¿Te acuerdas?
He cerrado los párpados capturando de nuevo mis segundos de entonces. Habría hecho lo mismo con los tuyos, pero no tengo derecho a agenciarme los de nadie. Sólo ocurre que estuvimos juntos en un trocito de Destino, diferente para cada uno.
Sonreí de repente, por ese buen momento.
La vida no es un total de épocas, sino un compendio de ratos, nuestros y de nadie más, en el que a veces en sus páginas abundan más los buenos que los malos, y viceversa.
Es de esas pequeñeces de las que surge nuestro guión que con el tiempo, se va complicando tanto que vamos arrancándole páginas enteras. Guardando fragmentos que nos engañan a veces empujándonos a lo que no queremos.
Como hoy, sonreír.
No le gusta la mayúscula. No recuerdo muy bien por qué. Pero forma parte de su carácter reservado, como de chiquilla que jugando con sus cosas, de repente te mira con esos ojos negros y grandes, casi asustada.
No la trato bien, me temo. Como a todos los que me rodean. Soy un tío de silencios y a veces eso se lleva por delante a quien no tiene culpa alguna. Quizá no es que los hiera, pero bueno, dicen que el olvido parte de ahí, del silencio. Entonces resulta que no es olvido realmente, porque siempre me acuerdo de todos y cada uno, un poco al día como muy poco.
Quizá...
...sonría ante un escudo gnómico de la Alianza.
...me quede viendo un café, con un vaso de agua cerca.
...sostenga entre mis manos una pluma de escribir, de las antiguas.
...vea un enano gruñón.
...tararee que daría mi reino por un corazón.
...observe la camisa tejana que casi nunca me he puesto, pero que siempre tengo cerca, en mi silla.
...pierda un par de minutos releyendo mi taza extragrande de un Starbucks de NY.
...esboce un dragón partiendo de una O.
...me diga "ahora o nunca".
...deje deslizar entre mis dedos centenares de estrellitas de colores.
...juguetee con mis anillos y las historias que encierran.
...vea una brujita.
Pero nunca lo digo. Nunca lo expreso. Puede que por vergüenza, recelo o porque son mis recuerdos.
Ahora que me voy a Valencia a vivir en breves, todos los días me asaltan situaciones como las expresadas arriba. Y me descubro sonriendo un instante y chasqueando la lengua al siguiente, porque no he recordado que a veces, hace falta más que el recuerdo para que todo se mantenga ahí.
Quebradiza.
Invasora.
Punzante.
Aceitosa.
Asfixiante.
Pesada.
Agresiva.
Edulcorada.
Rasgante.
Abrumadora.
Estridente.
Pasiva.
Así es la realidad cuando estás sufriendo una vigilia de varios días.
Como el cuadro de un esquizo.
Está bien. Lo admito. La intuición no tiene la solución para todas las cosas.
Es una de las cosas que aprendí cuando, hace unos años, me moví a Madrid y frente a un estanque, con el Palacio de Cristal a mis espaldas, me obligaba a aprenderlo viendo una pulsera dar vueltas, nerviosa, sin saber cuándo parar y hacia donde hacerlo.
A veces, cuando el mundo parece girar muy rápido, es la solución más clara y más útil. Tiramos de intuición, dejando que esa vocecilla que parece salir de algún lugar entre las meninges y la campanilla o de un sitio de detrás del corazón nos guíe y entonces, sale bien.
Sin embargo, hay ocasiones en las que el mundo no sólo gira rápido, sino además en demasiadas direcciones a la vez, haciendo de tu garganta un nudo y de tu pecho un tambor. Son situaciones en las que la intuición, por muy fina que siempre vaya, apenas podemos escucharla. Y no siempre tenemos a alguien al lado para que nos eche una mano, con un consejo adecuado.
Es en esa clase de momentos cuando uno se sienta en la mesa de una cafetería, al lado de la ventana que da a la calle, con un café irlandés entre las manos (o uno con leche, un suizo, lo que se quiera) y a golpe de blues, jazz o lo que tenga a bien poner el reproductor, ir haciendo balance de las cosas. Esas listas en las que sólo entran las cosas por un orden tan sencillo como lo que mejor le sienta a uno, de mayor a menor. Incluso poniendo varias de esas cosas, buenas o malas, al mismo nivel que otras, si fuera necesario.
Y luego, proceder.
Salvando lo bueno, reparando lo reparable y mandando al cuerno lo perdido.
— Vamos a salir a escena ¡Prepárate!
— Está bien, está bien. No me meta usted prisa, señorita, que sé cuándo salir.—murmura mientras ella cierra la puerta del despacho que hace las veces de camerino.
Le da vueltas a su sombrero de copa, pensativo. Al cabo de un instante, mete la mano en el interior y, después de un ligero brillo, extrae una fotografía. Casi sin mirarla, vuelve a dejarla dentro. Hoy no, dice.
Se apoya en el respaldo de la silla, cansado, y sus ojos se pasean por el techo.
Magia.
Existe, y de muy diversas clases.
Está la de las pequeñas cosas cotidianas como las sonrisas, los detalles, un regalo, un gesto. Dicen que no es muy poderosa, pero si te fijas, divagas. Comienzas a imaginar escenarios, desarrollos, causas, alternativas. Te hace pensar.
Luego hay esa otra, la de los grandes acontecimientos. Esta es traicionera, porque disfraza lo que tú no quieres ver tanto como embellece lo que sí quieres ver. Viene a resultar la herramienta de perfilar del programa de diseño gráfico de la vida. Cuando actúa, nada parece tener más importancia que un pequeño porcentaje de la escena.
Es la de las personas radiantes, la de los encandilamientos. La de los caprichos.
Coge el bastón y lo observa. Brilla reflejando las luces de la habitación.
Por supuesto, la magia tiene su lado malo, como todas las cosas. Por ejemplo, el miedo es una de sus variantes. Hace que todo parezca imposible. Provoca que te den ganas de quedarte encerrado en tu casa, una actividad, tu mente. En tí.
Otro ejemplo; la máscara traviesa e hija de puta de la magia es la que hace que de repente todo el mundo parezca un mundo más sencillo en el que vivir a costa de ver cómo otro lo pasa fatal. Algunos dicen que es una cuestión de supervivencia, lo que nos llevaría a pensar que la Magia es un acto genético, de selección natural.
Podría ser, ¿no?
Se levanta, gira sobre sus talones y observa su reflejo en un espejo desmontable. Chasquea la lengua, se coloca el sombrero y se atusa bien el traje.
Porque hay que tener claro que la Magia nunca se descubre. Se desnuda, en todo caso. Muy pagada de sí misma, jugueteará con tus sentidos y tendrás la sensación de haberte tragado una estupenda pastilla o el veneno más duro. Y luego, al cabo, dirás que fue algo como mágico, para bien o para mal. Cuando ya haya pasado, ¿comprendes?
Pasea por el pasillo después de cerrar con cuidado y se encara a la puerta de un comedor disfrazado de improvisado escenario.
El problema de la Magia es que la gente no cree en ella. En ninguno de todos sus sentidos.
El telón corre.
Por eso se le llama Magia.
Porque, en el fondo, cualquier cosa puede serlo.
Si tienes algo que decir y es importante o urgente, o quizá no pero expresa algo concreto, dímelo enteramente.
Puedes contar la mitad, un cuarto o una diezmilésima parte. Si eres capaz de contar lo que falta.
No te calles en la comunicación, ni des cosas por supuestas, por muy de cajón que te parezcan. Jamás seremos tú, así que de no entender esto, tienes un problema.
Si no transmites lo que debes, no recibes lo que quieres.
Pero estamos tan acostumbrados a comunicarnos así de mal, que luego, claro está, es fácil caer en las manipulaciones de los demás.
Los dobles sentidos son informaciones completas con un juego en su interior que pueden solventarse con un matiz. Son válidos para la comunicación siempre que, por si las moscas, estés dispuesto a definirlos.
Modula, si fuera necesario, para dar pequeñas unidades completas antes que un gran rompecabezas al que, por supuesto, sólo vas a saber jugar tú y no vas a dejar entrar a nadie o vas a divertirte cortándole las piernas en el camino.
La ocultación de información conlleva las preguntas. La incapacidad de darles respuesta, refugiándose en un bastión de suspicacia y fingida desconfianza, sólo es un juego en el que la comodidad es un punto de vista estúpido.
Cruel.
La comunicación es bidireccional. Y no tender un puente tanto como no estar receptivo -o estarlo a medias, que no con condiciones- es destrozarla.
Resultando al final que si uno escarba, investiga o espera, si quiere dejar claro incluso que hay que cortar el hilo comunicacional, es como una especie de retrasado.
Pues que os jodan.
A tí, y a todos los que no sabéis hablar.
Porque tampoco sabéis escuchar.
Riva dijo al respecto:
Para los soñadores.
No puedo decir otra cosa. Dedico este video a las personas que intentan alcanzar sus sueños, por imposibles que puedan parecer.
Porque, a veces, los sueños se logran de formas inexplicables para todos... salvo para el que lo consigue.
¡Disfrutadlo!
Dicen que eres dueño de lo que callas y esclavo de lo que dijiste.
Y qué vertigo da eso cuando no queda más que caer ante la evidencia.
El pasado, el nuestro y el que compartimos con otros, se graba a fuego en el corazón. Y a veces, no sabes muy bien cómo, vagueando con el pensamiento, terminas llegando a los escritos de la memoria de los que se cruzaron contigo.
Es en ese momento cuando el pasado te abofetea y te recuerda que siempre queda alguna pregunta sin responder decentemente.
Una de ellas, recurrente, directa o no, es la de si queremos que alguien se esfume de nuestra vida.
Si ahora tú y yo estuviéramos tomando un café y me interrogaras al respecto, frunciría el ceño, me quedaría en silencio unos segundos y entonces te diría que no puedo querer algo que no voy a poder evitar.
No por no quererlo, sino porque eso sólo iba a dificultarme aceptar que si me estás haciendo esa pregunta es que no lo vas a poder hacer nunca, a menos que no hayamos compartido ni este café (en cuyo caso, seguramente, no me harás esta pregunta a menos que estés destinado o destinada a alguna película muy, muy romántica y nuestro guionista sea muy, muy malo).
No puedo querer sacrificar una parte de mí, porque yo mismo dejaría de tener sentido.
Es por eso que no puedo querer o no querer algo así como quien quiere dejar de sentir un dolor de estómago o una mala racha.
Y quizá éste no es el mejor modo, y seguramente termine volviendo a responder esto.
No a las mismas personas, pero sí a los mismos fantasmas.