Las bacterias, los virus, los microbios y otras formaciones orgánicas son un invento de la ciencia para justificar a los cerdos, maricas, putas y apestados sociales.
La tierra está ahí para que la explotemos y la usemos sin preocuparnos por quemar, desertizar, contaminar y desintegrar.
Los animales no tienen ningún tipo de conciencia. No merecen ser más que objetos animados molestando tus costumbres sedentarias, a tu bolsillo, a tu higiene, y son útiles para apalearlos cuando no tengas nada más cerca.
Un español siempre será alguien zafio, bastardo, truhán, conservador, vago, aprovechado.
Los negros apestan. Los judíos, los hindúes, los blancos, los gitanos, los moros, los chinos y toda la mierda que no corresponda a tu raza, también.
Esparcir los sesos de una persona con ideas diferentes es demostrar tener la razón.
Los ricos tienen el poder porque lo merecen. No existe nadie sin un duro que merezca la oportunidad de vivir.
Ser mujer es pertenecer al eslabón perdido entre la inteligencia y el salvajismo. Sus sentimientos son una debilidad que permite la necesidad universal de ser el saco de grumo contra el que arremeter por cualquier motivo.
Ahora, dime ¿cuánto de todo esto crees cierto?
Si dices todo, tienes un problema de retraso mental.
Si dices nada, también.
No analizar qué lees podría volverse en tu contra.
Hablo con una amiga sobre Watchmen cuando, entre las reflexiones violentas de Rorschach y la descarnada visión de la realidad del Comediante, empieza a contarme algo.
Le compré el cómic cuando estaba en el hospital. Me lo leí de una sentada, a su lado.
Rebusco en su expresión para intentar saber de quién me habla. Su ex, supongo.
Le pegaron una paliza, dice.
Caminaba por la calle y cinco tíos le machacaron por tener unos pantalones anchos, aunque podría haber sido por cualquier cosa.
Ni siquiera les pudo ver llegar. Se abalanzaron por detrás y le partieron.
En el hospital le intervinieron para que no se quedara en el sitio y tardó meses en volver a trabajar.
Hubo dos agresiones más del estilo esa noche. Por los mismos desgraciados.
Su defensa siempre recurría las sentencias alegando vulneración de la presunción de inocencia, parcialidad por parte de la jueza e indefensión.
Cinco salvajes golpeándote a traición en la cabeza, el pecho, la espalda y las piernas hasta partírtelas sufren de una indefensión total.
Parcialidad de la magistrada que, por supuesto, debe ser un poco zorra al ponerse de parte del tío que se abalanzó contra otros para golpearles con la boca, la columna, las costillas y las piernas.
Y miles, millones de dudas acerca de la inocencia de unos rabiosos que se zafaron, como pudieron, de un tipo al que le sacaban dos cabezas cada uno.
Está cantado que no estamos tan bien iluminados como ese par de abogados defensores.
Atento a la historia, por si no te enteras: eran cinco animalitos de fábula que nunca pudieron hacer nada contra el evidente hijo bastardo de Rompetechos y Hulk.
El caso, me dice la chica, es que tuvimos suerte.
Entre estar ingresado, las rehabilitaciones, los psicólogos, abogados y juicio, tardamos años en pasar eso. Mis padres conocían a alguien que pudo demostrar que lo que alegaban, lo que para ti y para mí está claro como el agua, era un insulto.
Pero esa noche, los cabrones le pegaron una paliza a otros dos chicos que se les fue todo el dinero que tenían en pagar los hospitales.
Tres palizas en tres sitios distintos, defendidas con los mismos argumentos, con una sola sentencia que hiciera honor a la palabra justicia.
Nuestra suerte, recalca, fue estar en un buen momento económico y poder pagar lo que se nos vino encima.
La conversación sigue mientras bebemos un café cada vez más frío.
Mi conciencia, herida, concluye que Watchmen es la mejor referencia directa para una mierda de este calibre.
Al principio es como si lo hubieras olvidado todo.
Titubeas y notas los latidos en la garganta.
No es volver a casa. Tampoco reencontrarte con amigos. Ni siquiera pagar una penitencia.
Esto es parecido a quedarte a medio camino entre la nada y el todo, sin ser ninguna de las dos cosas, dándote cuenta de lo cerca que has estado de estrellarte.
Suspiras y te arrancas.
Escribes una palabra lentamente, recordando a todas aquellas personas -y las que se te olvidarán-, sintiendo una mezcla de vergüenza y alivio.
He estado en otros sitios, que no inactivo.
¿Dentro de mí? ¿Ahí afuera? No sé deciros, ni decirme.
Pero no era donde debía estar.
Han sido muchos meses de silencio. Y posiblemente sigan otros pocos, de un día indeterminado a otro, después de publicar esto. ¿Por qué? Pues cosas de la vida, sin importancia ni relevancia real, no os penséis. Chorradas de dinero que se solucionan con el tiempo.
Así que supongo que antes de alargarlo más, aunque fuera un tiempecito, tenía que decirlo.
Perdón.
"Viaja todo lo que puedas y tan lejos como te sea posible. Viajar te permitirá ver que la vida tiene muchos ángulos y que existen cientos de enfoques para observar las mismas cosas. Si hay algo a lo que uno debería consagrar la vida es a viajar. Hubo un tiempo en que pensaba que viajar era una pérdida de tiempo: a la vuelta del viaje vuelves a estar en el mismo sitio y además tienes menos dinero. Estaba completamente equivocado: cuando regresas te encuentras en un lugar completamente diferente."
Extraído del
par de consejos sin pretensiones. La mejor forma de definir el viajar.
Hoy he paseado por esos almacenes.
Vi la mesa donde estuvieron, como testigos privilegiados, los azucarillos y el cuarto café de ese día.
No sabias mirarme a la cara sin sonreír.
Jugueteabas con tus manos, acariciándote la pulsera, repasando tus nudillos.
Te mordias los labios ligeramente.
Sabiéndonos ganadores, me acerqué.
¿Te acuerdas?
He cerrado los párpados capturando de nuevo mis segundos de entonces. Habría hecho lo mismo con los tuyos, pero no tengo derecho a agenciarme los de nadie. Sólo ocurre que estuvimos juntos en un trocito de Destino, diferente para cada uno.
Sonreí de repente, por ese buen momento.
La vida no es un total de épocas, sino un compendio de ratos, nuestros y de nadie más, en el que a veces en sus páginas abundan más los buenos que los malos, y viceversa.
Es de esas pequeñeces de las que surge nuestro guión que con el tiempo, se va complicando tanto que vamos arrancándole páginas enteras. Guardando fragmentos que nos engañan a veces empujándonos a lo que no queremos.
Como hoy, sonreír.
No le gusta la mayúscula. No recuerdo muy bien por qué. Pero forma parte de su carácter reservado, como de chiquilla que jugando con sus cosas, de repente te mira con esos ojos negros y grandes, casi asustada.
No la trato bien, me temo. Como a todos los que me rodean. Soy un tío de silencios y a veces eso se lleva por delante a quien no tiene culpa alguna. Quizá no es que los hiera, pero bueno, dicen que el olvido parte de ahí, del silencio. Entonces resulta que no es olvido realmente, porque siempre me acuerdo de todos y cada uno, un poco al día como muy poco.
Quizá...
...sonría ante un escudo gnómico de la Alianza.
...me quede viendo un café, con un vaso de agua cerca.
...sostenga entre mis manos una pluma de escribir, de las antiguas.
...vea un enano gruñón.
...tararee que daría mi reino por un corazón.
...observe la camisa tejana que casi nunca me he puesto, pero que siempre tengo cerca, en mi silla.
...pierda un par de minutos releyendo mi taza extragrande de un Starbucks de NY.
...esboce un dragón partiendo de una O.
...me diga "ahora o nunca".
...deje deslizar entre mis dedos centenares de estrellitas de colores.
...juguetee con mis anillos y las historias que encierran.
...vea una brujita.
Pero nunca lo digo. Nunca lo expreso. Puede que por vergüenza, recelo o porque son mis recuerdos.
Ahora que me voy a Valencia a vivir en breves, todos los días me asaltan situaciones como las expresadas arriba. Y me descubro sonriendo un instante y chasqueando la lengua al siguiente, porque no he recordado que a veces, hace falta más que el recuerdo para que todo se mantenga ahí.
Quebradiza.
Invasora.
Punzante.
Aceitosa.
Asfixiante.
Pesada.
Agresiva.
Edulcorada.
Rasgante.
Abrumadora.
Estridente.
Pasiva.
Así es la realidad cuando estás sufriendo una vigilia de varios días.
Como el cuadro de un esquizo.
Está bien. Lo admito. La intuición no tiene la solución para todas las cosas.
Es una de las cosas que aprendí cuando, hace unos años, me moví a Madrid y frente a un estanque, con el Palacio de Cristal a mis espaldas, me obligaba a aprenderlo viendo una pulsera dar vueltas, nerviosa, sin saber cuándo parar y hacia donde hacerlo.
A veces, cuando el mundo parece girar muy rápido, es la solución más clara y más útil. Tiramos de intuición, dejando que esa vocecilla que parece salir de algún lugar entre las meninges y la campanilla o de un sitio de detrás del corazón nos guíe y entonces, sale bien.
Sin embargo, hay ocasiones en las que el mundo no sólo gira rápido, sino además en demasiadas direcciones a la vez, haciendo de tu garganta un nudo y de tu pecho un tambor. Son situaciones en las que la intuición, por muy fina que siempre vaya, apenas podemos escucharla. Y no siempre tenemos a alguien al lado para que nos eche una mano, con un consejo adecuado.
Es en esa clase de momentos cuando uno se sienta en la mesa de una cafetería, al lado de la ventana que da a la calle, con un café irlandés entre las manos (o uno con leche, un suizo, lo que se quiera) y a golpe de blues, jazz o lo que tenga a bien poner el reproductor, ir haciendo balance de las cosas. Esas listas en las que sólo entran las cosas por un orden tan sencillo como lo que mejor le sienta a uno, de mayor a menor. Incluso poniendo varias de esas cosas, buenas o malas, al mismo nivel que otras, si fuera necesario.
Y luego, proceder.
Salvando lo bueno, reparando lo reparable y mandando al cuerno lo perdido.
— Vamos a salir a escena ¡Prepárate!
— Está bien, está bien. No me meta usted prisa, señorita, que sé cuándo salir.—murmura mientras ella cierra la puerta del despacho que hace las veces de camerino.
Le da vueltas a su sombrero de copa, pensativo. Al cabo de un instante, mete la mano en el interior y, después de un ligero brillo, extrae una fotografía. Casi sin mirarla, vuelve a dejarla dentro. Hoy no, dice.
Se apoya en el respaldo de la silla, cansado, y sus ojos se pasean por el techo.
Magia.
Existe, y de muy diversas clases.
Está la de las pequeñas cosas cotidianas como las sonrisas, los detalles, un regalo, un gesto. Dicen que no es muy poderosa, pero si te fijas, divagas. Comienzas a imaginar escenarios, desarrollos, causas, alternativas. Te hace pensar.
Luego hay esa otra, la de los grandes acontecimientos. Esta es traicionera, porque disfraza lo que tú no quieres ver tanto como embellece lo que sí quieres ver. Viene a resultar la herramienta de perfilar del programa de diseño gráfico de la vida. Cuando actúa, nada parece tener más importancia que un pequeño porcentaje de la escena.
Es la de las personas radiantes, la de los encandilamientos. La de los caprichos.
Coge el bastón y lo observa. Brilla reflejando las luces de la habitación.
Por supuesto, la magia tiene su lado malo, como todas las cosas. Por ejemplo, el miedo es una de sus variantes. Hace que todo parezca imposible. Provoca que te den ganas de quedarte encerrado en tu casa, una actividad, tu mente. En tí.
Otro ejemplo; la máscara traviesa e hija de puta de la magia es la que hace que de repente todo el mundo parezca un mundo más sencillo en el que vivir a costa de ver cómo otro lo pasa fatal. Algunos dicen que es una cuestión de supervivencia, lo que nos llevaría a pensar que la Magia es un acto genético, de selección natural.
Podría ser, ¿no?
Se levanta, gira sobre sus talones y observa su reflejo en un espejo desmontable. Chasquea la lengua, se coloca el sombrero y se atusa bien el traje.
Porque hay que tener claro que la Magia nunca se descubre. Se desnuda, en todo caso. Muy pagada de sí misma, jugueteará con tus sentidos y tendrás la sensación de haberte tragado una estupenda pastilla o el veneno más duro. Y luego, al cabo, dirás que fue algo como mágico, para bien o para mal. Cuando ya haya pasado, ¿comprendes?
Pasea por el pasillo después de cerrar con cuidado y se encara a la puerta de un comedor disfrazado de improvisado escenario.
El problema de la Magia es que la gente no cree en ella. En ninguno de todos sus sentidos.
El telón corre.
Por eso se le llama Magia.
Porque, en el fondo, cualquier cosa puede serlo.