Hacktivate Your Mind ! v9.0

Situándose

Bueno, lo prometido es deuda. Aunque no tengo muy claro que sea el mejor momento, me he cansado de postergarlo.

Llevo meses escribiendo, aquí y allá, ocultando los escritos largos y colaborando con textos espontáneos o elaborados donde me recibieron. También han sido meses difíciles en los que no he tenido una conexión estable, algo que no debería ser tan problemático ahora, aunque las cosas no hayan cambiado demasiado.

Algunos de vosotros me hicistéis llegar al correo que no me preocupara, que fuera a mi rollo, que para qué pedía perdón por callarme. Me gustó leer eso, pero no me tranquilizaba en absoluto.
Me gusta escribir, comunicar, y no voy a dejar de hacerlo hasta que algo serio me lo impida. Afortunadamente, no creo que la situación que se avecina lo sea.

Así que pasado lo más complicado, ahora sí para largo, vengo a daros el coñazo después del temporal, mientras termina de dar coletazos.

¡Y con comentarios sin moderar!

Castañas con zumo

Sentada en la hierba, le dió un último sorbo al zumo. Jugueteaba con el envase, apartando las cáscaras de las castañas.
No queda nada, cariño. Frunció el ceño y exclamó en un grito, cerrando los ojos: Nada, nada, nada.
Enarcó las cejas y giró su cara, sorprendida.
¿Es la primera vez que te llamo así o es que se me olvidó la primera?

Él sonrió y se encogió de hombros, estirado en la hierba.

¿Sabes? ¡Buf!
Hizo un gesto como ese que solemos hacer cuando tenemos muchas cosas que explicar.
¿De verdad no te lo he contado? Conocí a un tipo, así a lo tonto. Es de por allí.

Arrancó una brizna y la miró, torciendo los labios en una mueca cínica.
Seguro que es un gilipollas.

Hum. Sólo a veces.

¡Encima es uno de ellos!
Enrolló el trozo vegetal entre sus dedos.

Pero vivo con eso.

Ese tío no te conviene. Te lo digo yo.
Esgrimió su pasatiempo tocando de color verde sus palabras.

Ella le restó importancia al asunto con un movimiento de hombros.
Nadie puede ser perfecto. Pero bueno, también lo acepto.

¿Encima? Seguro que es igual de pequeño que su alma. Tan cretino, estúpido, estulto e irracionalmente anormal como el resto.

El caso es que... Yo creo que tiene el alma tan grande que llega al otro lado.
Se quedó absorta por un momento y mirando al infinito concluyó que debía ser así.
Genialidad. Sí, eso es.
Extendió el brazo y tomó una medida con su propio cuerpo hasta un punto muy lejano que sólo ella conocía.
¡Y si fuera tan grande como su genio, llegaría hasta aquí!
Sonrió.
Entonces llegaría con sus manos e importaría muy, muy poco que estuviera tan lejos.
Trató de sorber un poco más de zumo, por si en los últimos minutos una máquina expendedora hubiera pasado a cambiarlo por uno nuevo.
Al principio me hacía gracia y me ponía un montón. Y buah, bueno, hay bastante gente que me pone un montón, tampoco es nada especialmente especial pero... ¿sabes? Tenía una lista de cuentas pendientes y tenía ganas de acabarla. Pero entonces, una noche estaba hablando con él y me dí cuenta de que no me ponía nadie más.
Se calló un instante.
Ni lista ni pollas.

¡Cuida esa lengua, pequeña!

Además resulta que tenía el cerebro más raro y maravilloso que he lamido jamás ¡Buah! Salían chispicas como... Hum... Los Peta-Zetas ¿Sabes lo que son?

¿Chisporroteantes?

Sonríe.
¡Sí!

Así era su cerebro al lamerlo y lo mejor es que hacía chisporrotear al mío, y es una mierda porque me enamoré de él perdidamente, con todas las letras, por primera vez en mi vida.

¿Incluída la uve doble?

Asintió con la cabeza.
Fue tan inesperado y genial, tan lógico, que no podía ser de otra manera.
Enmudeció mirándole, seria.
Joder, es la cosa más importante que tengo ahora en todo el mundo.
Sonrió otra vez.
Hace unos chistes muy malos. Pero que muy malos. Pero el simple hecho de que su mente logre crearlos me parece asombroso. Impresionante. Nunca se lo he dicho porque es que los chistes son muy, muy malos, añade. Pero es lo que hay.

Un rayo de luz rompió el cielo encapotado y aterrizó cerca de las cáscaras.

Cuando estoy con él, continuó, hay un hilo tan largo como su alma que une nuestros cerebros y es genial.
Tiene la mejor sonrisa que he visto en mi vida y logra que no me quite la mía ni cinco minutos al día.
Reparó en algo y miró a su compañero. Una rima.
Y joder. Joder, joder...
Se encoge y hunde su cara entre sus rodillas.

Él la abrazó sin que ella se pareciera percatarse.

He llorado por muchas razones. Por tristeza, dolor, de risa. Por mil cosas. Pero es la primera vez en mi vida que estoy a punto de llorar de felicidad.

Él la meció.

Y es que las castañas con zumo, a veces tienen esta clase de reacciones.

Alucinógenas.

Alucinantes.

Tres cosas

Me sacan de quicio sólo estas tres cosas:
El desorden que no es mi desorden.
La presión que no es mi presión.
La falta de los por qué.

Y sólo una de estas tres puede lograr hacerme enfadar de verdad, por muy cercano que seas.

¿Adivináis?

¡Tiempo!
sep 29, 16:04 bajo ,
¡Activa la conversación! [5]

Dreamers

Me acuerdo de tí, estirada entre los dos, dándome la espalda. Tenias un pelo rojo precioso cuando dejabas que te lo tiñeran bien. Alcé la cabeza ligeramente y vi la luna a través de tu ventana, oculta tras una nube, jugando a platear sus contornos. La cortina se movió.

Y supe que todo había terminado, semanas antes de que dijeras nada.

No puedo decir por qué ni cómo. Supongo que es lo típico de las diferencias de edad, que yo estaba haciéndolo mal y que tú eras una mala puta ligera de cascos. Siempre me gustaron los por qués. Lo sabias. Habrian hecho todo tan fácil, que me hubieran ahorrado el odiarte tanto tiempo.

Uno crece y aprende -o quizá el tiempo le obliga- a tragar este tipo de cosas.

Lo siguiente que recuerdo era cómo sonreías con el pelo corto tras un vaso lleno de cerveza, varios meses después. Me decías que era un soñador completo, que estaba logrando lo que quería. Sonreí con sorna porque no tenías ni la más remota idea de cuales eran mis sueños. Claro, no figurabas en ellos y tampoco te los iba a contar. Estúpida.
Luego, me dijiste que no había cambiado, que eso era bueno. De nuevo meabas fuera de tiesto. Debe ser por eso de tener que ponerte de cuclillas, tal y como se la comías a él. Recuerdo que pensé eso.

Ahora me encuentro lejos de casa, con la fiebre de un mal resfriado, mirando una ventana como la de esa habitación. Pienso en tí. En que, a fin de cuentas, quizá sí intente hacer realidad mis sueños.

Sin tí.

Por nadie.

Como tiene que ser.
sep 24, 21:06 bajo ,
¡Activa la conversación! [4]

-e-

No le gusta la mayúscula. No recuerdo muy bien por qué. Pero forma parte de su carácter reservado, como de chiquilla que jugando con sus cosas, de repente te mira con esos ojos negros y grandes, casi asustada.

No la trato bien, me temo. Como a todos los que me rodean. Soy un tío de silencios y a veces eso se lleva por delante a quien no tiene culpa alguna. Quizá no es que los hiera, pero bueno, dicen que el olvido parte de ahí, del silencio. Entonces resulta que no es olvido realmente, porque siempre me acuerdo de todos y cada uno, un poco al día como muy poco.

Quizá...
...sonría ante un escudo gnómico de la Alianza.
...me quede viendo un café, con un vaso de agua cerca.
...sostenga entre mis manos una pluma de escribir, de las antiguas.
...vea un enano gruñón.
...tararee que daría mi reino por un corazón.
...observe la camisa tejana que casi nunca me he puesto, pero que siempre tengo cerca, en mi silla.
...pierda un par de minutos releyendo mi taza extragrande de un Starbucks de NY.
...esboce un dragón partiendo de una O.
...me diga "ahora o nunca".
...deje deslizar entre mis dedos centenares de estrellitas de colores.
...juguetee con mis anillos y las historias que encierran.
...vea una brujita.

Pero nunca lo digo. Nunca lo expreso. Puede que por vergüenza, recelo o porque son mis recuerdos.

Ahora que me voy a Valencia a vivir en breves, todos los días me asaltan situaciones como las expresadas arriba. Y me descubro sonriendo un instante y chasqueando la lengua al siguiente, porque no he recordado que a veces, hace falta más que el recuerdo para que todo se mantenga ahí.

Abrirse

Le pedí al taxista que nos llevar al parc Montsouris, entré y cerré la portezuela con fuerza. Brett se había acomodado en el otro rincón del asiento con los ojos cerrados. Me senté a su lado. El automóvil se puso en marcha con un violento tirón.
—¡Oh, cariño, soy tan desgraciada...! —me dijo Brett.
Fiesta, de Ernest Hemingway
Soy incapaz de soltar algo así de tranquilamente. Muy torcido debo ver el mundo como para que salga de mi boca, o de mis dedos una expresión similar.

Y sin embargo, muchos son los que dicen que, dentro de todo lo que escribo, eso está enterrado entre las letras.

Joder, me digo, qué bien parece que me expreso. Sonrío.

Bien sabéis que no, no he atravesado la mejor época de mi vida. Pero tampoco ha sido tan malo. Sí, ha habido ciertas cosas de mucho peso. Pero en general, al final, no creo que deba decirse que ha ido todo mal.

¿Saturado? Sí, esa es la palabra. Estaba saturado.

Irene me dijo una vez que me pasaba lo que me pasaba porque no me abría. Y le doy la razón. En parte.
Porque sí que me abro, pero me cuesta cierto tiempo. Y luego del tiempo, entran varios factores: las interrupciones, los cambios de tema que dejan el original aparcado, que la otra persona en medio de la conversación comience a hacer otras cosas, los dame un momento que se convierten en medias horas por una estupidez, los para qué cuestionarse nada si al final no sirve, los no sé, los nada, los silencios que de tener cara, tendrían una de esas en las que aparecen dos puntos, un interrogante y una expresión de confusión asociable a un bloque de granito.
Esa clase de cosas que convierten lo que ya de per se puede ser complicado en una carrera de obstáculos.

Cuando uno se encuentra con eso, lo señala y sigue produciéndose contínuamente, pierde el interés por abrirse. Por esa relación, sea de la clase que sea.

El caso es que, desgraciadamente, creo que no es algo inhabitual. Me da que es una especie de cáncer que se ha incrustado subrepticiamente en esta sociedad. No diré que es culpa de la televisión, de un cine de mierda, de unas publicaciones cada vez más amarillistas -o rosistas- y partidistas. Pero es culpa de que se ha perdido la noción y la importancia del comunicarse de tú a tú.

Así que estas alturas prefiero hacerme las preguntas solo, seguir leyendo y, de vez en cuando, escribir acerca de sólo una pequeña parte de todo lo que cruza por mi mente. Abrirse en lo mínimo e indispensable para crear algo y no quedarse atascado. Si al final resulta que eso es -o no-, una porción de mi vida, probablemente sea más una cuestión de suerte que algo relacionado con la categoría en la que guardemos el escrito.

Por hoy, me parece sensato.

Odori

Hay un olor en casa de mis abuelos que me encanta. Creo que está hecho de retazos de otros olores. Como un olor más grande hecho de pequeñas porcentuales de otros más pequeñitos.
Es un olor que simplemente está. Acompaña.

Madera seca, apilada. Como la que se guarda cerca de la chimenea.

Ceniza. La poca que queda como poso en la bandeja que hay bajo un par de troncos que esperan ser quemados, ya a estas alturas, el próximo invierno.

Moqueta. Ese olor áspero y seco, pero reducido en agresividad como mil veces.

Polvo. El que trata de escapar de los tejidos y el que se esconde, entrechocándose las partículas como gente en el metro, para huir de la aspiradora.

Perros. No a uno solo, sino a varios, de los que están bien cuidados y no te empalaga su olor.

Bosque. Como el que tienen frente a la terraza, separándonos del resto de las urbanizaciones. Del pueblo. Del mundo.

Sol. El de primera hora de la mañana calentándote extrañamente por la nariz como sólo su luz -o una buena taza de café con leche-, puede hacer.

Piedra. La de algunas de las paredes o las del bosque. Es fresco, pero acoge, porque se puede calentar con el del sol.

Mar. Cabalgando con la brisa, escalando la montaña.

Papel. Vegetal, folio, de revista, de periódico, para bocetear en sucio, para imprimir en plotter.

Tinta. De bolígrafos, de rotuladores, de Pilot, de Edding, de Staedler, de Rottring.

Mina. De lápiz grueso, azul, de colores, portaminas.

Café. Cargado, fuerte, que se deja notar desde un piso más abajo.

Loción para después del afeitado, que extrañamente, se queda hasta poco antes de comer.

Pan. Recién comprado, del que venía en bolsitas de plástico agujereadas.

Perfume. Flotando a lo largo del día intermitentemente.

Pasta. Al dente, con, o sin salsas.

A todo y a nada. Porque son tan débiles cada uno por separado, que sólo cobran sentido cuando están todos.

O quizá sólo sea yo, mutilando la realidad para quedarme con las pequeñas cosas que se me quedaron grabadas más allá de la pituitaria de pequeño.

La Torre

Antes de leer nada, echadle un ojo a esto. Creo que tiene un tiempo, pero me importa más bien poco. En este momento puede ser más o menos el trasfondo de lo que, sin haberlo visto antes, pienso de todo un poco desde hace unos días.


Llevo unas semanas que rehuyo casi cualquier contacto. No respondo a llamadas o tengo el móvil apagado. El correo lo miro tan de tanto en tanto que, ahora mismo, me da pereza abrirlo por la cantidad de mensajes que debe haber.

Es como si, después del Clic de hace unos meses, todo hubiera comenzado a encajar hasta darme cuenta de que no quiero seguir con mil cosas. Solo que hasta ahora, no había terminado de darme cuenta.

El punto, imagino, es que ha llegado uno de esos momentos críticos en los que toca romper. Algo así como empezar a poner en práctica todo lo que se ha ido viendo.

Tirarlo todo abajo, mantener lo indispensable que comentaba hace poquito tiempo y a ver qué sale.

La torre en el mazo de tarot.

Entonces, justo cuando llevo unos dias viéndolo claro, me encuentro con esto por pura casualidad, en Makoworks. Será una chorrada para muchos, pero encontrarme con algo que toca todos los palos clave que he macerado, en el mismo momento en el que comienzo a ponerme manos a la obra apuntando a lo que tenía pensado, es una de esas cosas que a uno le llaman la atención.

Y he dicho casualidad, sí.
Porque hace unas semanas que tampoco reviso blogs.
abr 18, 04:48 bajo ,
¡Activa la conversación! [10]

Pool

Recuerdo que desde pequeñito he sentido una rara fascinación por el juego del tapete verde con sus seis troneras.

La primera vez que jugué, lo hice llevando arriba y abajo una caja de botellas de cerveza vacías, casi apoyándome en ese bastón tan especial que me sacaba dos -aunque posible y honestamente fueran cuatro- cabezas. Fruncía el ceño al notar que el maldito taco era demasiado grueso y que era total y absolutamente inmanejable.
Pero me daba igual.

Desde entonces suelo, como decía, jugar en cualquier sitio donde haya una mesa. Y cuando no se puede, sonrío con mirada anhelante mirando ese terreno de juego que tengo vedado por la razón que sea.

Además, siempre suelo jugar solo. La gente dice que me deja pintas de asocial, de marginado. Asiento, sonrío, y entonces invito a esa persona a jugar. Porque sí, es cierto, me gusta jugar solo y encadenar jugadas mientras dejo la mente vagabundear con el deslizarse de las bolas por el tapete. Pero a compartirlo, nunca me niego.

Colocar las bolas de marfil, respetando los colores, la alternancia entre bandadas y lisas, dejando la negra en el medio. Luego elegir el taco y probarlo. Aplicando la tiza azul en el cuero de la punta, asegurarse de tener las manos limpias, pero no recién lavadas para evitar demasiada fricción o pasando esa otra pieza, normalmente rosada o blanca, de la que nunca recuerdo el nombre.

Calibrar el tiro. Asegurarlo seco.

Y entonces, plac.

Adoro el sonido de la apertura de una partida de billar casi tanto como el ronroneo de los puntos rodando rampa abajo, al cajón.

¿Juegas?
abr 7, 19:20 bajo ,
¡Activa la conversación! [6]

Sacudida

Siempre he dicho que el pasado de uno debe seguir ahí, pase lo que pase.

Que el presente, sin los retazos importantes del anterior por ajenos que estos puedan serle, no es nada.

Que el futuro es tan incierto que en esto de hacer apuestas sólo merece la pena hacerlas para bien. Aunque el camino al Infierno termine empedrado con buenas intenciones.

Debe ser por eso que cuando todos coinciden, aunque sea por un estúpido segundo, las consecuencias tienden a mover toda tu vida lateralmente. Como una sacudida.

Ahora que entiendo el por qué de tantos cabos sueltos, sonrío ante la ironía. Y es que la perra de la Vida a veces muerde por donde uno menos se lo espera.

Claro que hay mordiscos y mordiscos.
mar 16, 19:49 bajo ,
¡Activa la conversación! [4]
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