Hacktivate Your Mind ! v9.0

Resumiendo

Últimamente, por asuntos que no vienen al caso, Tom Spanbauer está de retorno por mi vida.

A veces cumplo un pequeño ritual. Cuando no tengo muy claro qué expresar respecto a algo que, por norma, sólo me atañe a mí, cojo un libro de mi biblioteca y lo abro, comenzando a leer a partir de una página al azar. Imagino que en mil casos realmente lo que termino por leer y el significado que le atribuyo viene a ser casi anecdótico.
Pero me sirve.

Ahora voy a pegar el fragmento que salió cuando hoy busqué, tras encallarme pensando en mi -quizá no tan- pasado. Pertenece a Ahora es el momento y es parte de un momento importante de ese libro. Bueno, en cierto modo. Supongo que se puede vivir leyendo esto, pero mejor lo adelanto, para que nadie que no quiera ver el argumento chafado, se lleve el disgusto.
Cuando llegó el fin de semana, no pedí a mis padres la camioneta.
Justo lo que me pedía el cuerpo. Conducir por el Snatch Out. Dejarme ver por la ciudad.
El domingo estaba para que me atasen, fuera de mí. No podía soportarlo más, yo solo en la granja de mis pensamientos.
Llamé a Billie.
Contestó ella al teléfono.
Billie, dije, estoy hecho un lío. ¿Podemos hablar?
Silencio al otro lado de la línea.
Por un momento todo era una estúpida equivocación. Sólo teníamos que hablar y todo se aclararía.
Luego: Seamos sensatos, dijo Billie. Yo estoy embarazada y tú no eres el padre. ¿De qué vamos a hablar?¿De que soy una puta y tú imbécil?
Me iba a estallar el pecho. En el estómago, muchas flatulencias.
Billie, dije, ¿y qué hay de nuestra promesa?
¿Promesa?, dijo ella.
Que seríamos amigos, pasara lo que pasase, dije.
Otro silencio. Un silencio embarazado.
Lo siento, Rig, dijo.
Y colgó.

(...)

Fue entonces cuando caí en la cuenta. En ese instante de ser lo mismo comprendí algo que tenía mucho sentido.
Billie y yo no éramos lo mismo.
Sobre todo, ella no era "mía".
Aún mejor, yo no era de ella.
No tenía que volverme difrente para ser su amigo.
En ese momento me sentí muy solo, muy asustado, y al mismo tiempo libre.

El sentido de la vida en WoW

Haggle, el gnomo que pasea en el andén del lado Ironforge (Forjaz) en el tranvía que lleva a Stormwind (Ventormenta), no deja de preguntarse:
Cuarenta y dos... cuarenta y dos... ¿Cuarenta y dos qué? ¡Podría ser cualquier cosa! Cuarenta y dos... mmm....
Lo que se pregunta es por qué es el 42 el sentido de la vida, el universo y todo lo demás.

Es una referencia a la respuesta que da Deep Thought, el segundo mejor ordenador de todos los tiempos, en La Guía del Autoestopista Galáctico de Douglas Adams.

Concurso de relatos con banda sonora

Escuela de escritores, junto con FNAC está montando un concurso llamado Relatos con banda sonora, que tiene, como única exigencia -al margen de las bases de límite de tiempo y palabras-, que una canción tenga protagonismo en el relato a presentar.

Si me presento, que va a ser que por intentarlo, pues sí, partiría de alguno de los temas de Dream Theater, como Peruvian Skies, Take the time, Learning to live o alguno que otro que ahora mismo no me viene a la mente.

Por cierto, rebuscando para montar los enlaces de esta entrada, he descubierto que la foto de Jordan Rudess en su entrada en la Wikipedia, es del concierto de Milán al que asistí con DheX.

Razón de más.

Demonios

Los demonios y su infierno son muy distintos de las Dimensiones Mazmorra, esos yermos paaralelos e infinitos situados fuera del tiempo y del espacio. Las Cosas tristas y locas de las Dimensiones Mazmorra no tienen conciencia del mundo, sino únicamente un ansia de luz y de forma, y tratan de calentarse con los fuegos de la realidad agolpándose entorno a ella. El resultado es más o menos el mismo -cuando consiguen pasar al otro lado- que si un océano intentara calentarse con la llama de una vela. Por su parte, los demonios pertenecen al mismo comosellame espacio-temporal que los humanos, más o menos, y tienen un interés perdurable y profundo en los asuntos cotidianos de la humanidad.

Resulta interesante que los dioses del Disco nunca se han molestado mucho en juzgar las almas de los muertos, de forma que la gente solamente va a parar al infierno si es ahí donde creen en el fondo de su alma que merecen ir. Cosa que no harán si no saben de su existencia. Esto explica por qué es importante disparar a los misioneros en cuanto se les ve.
Terry Pratchett en Eric

Estreno de Capitán Alatriste

Me voy al estreno del Capitán Alatriste, en Madrid, como debe ser.

Así que para conmemorar un poquito el evento -acerca del que, como podéis observar, me reservo para el después-, os dejo una serie de enlaces:

Entropía

Entropía.

¿Alguien a bote pronto, menor de veinticinco años, que no haya estudiado nada que tenga que ver con las letras, es capaz de decirme qué significa?

Buscando en el diccionario nos encontramos con tres acepciones:
  1. f. Fís. Magnitud termodinámica que mide la parte no utilizable de la energía contenida en un sistema.

  2. f. Fís. Medida del desorden de un sistema. Una masa de una sustancia con sus moléculas regularmente ordenadas, formando un cristal, tiene entropía mucho menor que la misma sustancia en forma de gas con sus moléculas libres y en pleno desorden.

  3. f. Inform. Medida de la incertidumbre existente ante un conjunto de mensajes, de los cuales se va a recibir uno solo.
¿No os parece una palabra bonita? Una que figuradamente trata de englobar todo lo que se escapa de la norma. La que le da sentido a la frase, ya manida en éste weblog, pero que me encanta, de Fox Mulder:
¿Qué pasa con la intuición? ¿Con el elemento sorpresa? ¿Con los actos impredecibles? Si no nos anticipamos a los imprevistos, si no esperamos lo inesperado en un universo de infinitas posibilidades, estamos a merced de cualquiera y cualquier cosa que no pueda ser etiquetada, programada o clasificada.
Entropía es una palabra que además, prueba a encerrar la clave de un pensamiento. El de los elementos discordantes de un conjunto en el que sueles (sobre)vivir. Es la palabra de toda la gente que desentona. Que se escapa de las reglas estrictas de la sociedad.

La entropía es un intento de una simplificación de la diferenciación. No como una simple marginación, una distinción. Sino como un dato concreto, complejo y a la par absurdamente abstracto. Es una relación más allá de los porcentajes. Algo que no puede ser considerado tampoco lo negativo de nada, pero tampoco lo positivo; aunque comparta el hecho de que si no existiese la dualidad, no tendría sentido.

Realmente lo bonito del vocablo entropía es que parece que pretenda -igual por cómo suena ese baile de la té y la erre bien pegaditas-, hacerse la dueña de lo que siempre se escapa.

¿Véis entonces lo que sucede? Como todo lo escrito, está sujeto a unas normas.

Entonces la entropía sufre una crisis entre lo que le gustaría llegar a ser y lo que al final no podrá ser jamás: un contenedor de un de los conceptos más abstractos de la realidad. Entra en una paradoja ineludible y cae por su propio peso.

Sin embargo, es un caer digno. El descender lento y orgulloso de una de las palabras que pocas veces escucharás en un discurso político de verdad. Porque a fin de cuentas, ninguna forma política, por cotidiana y rudimentaria que sea, la permite.
Claro que por eso mismo se conforma con casarse con la otra palabra que en éste mundo tanto maltratamos.

Utopía.

Alejandro Jodorowsky en Carta Blanca

Carta Blanca es un programa de La 2 en el que cada semana, un personaje de la cultura, del arte y/o el espectáculo, presenta su programa, con los invitados que seleccionaría y lo dirige como le place.

Normalmente, el presentador ocasional entabla conversación con su invitado y de ahí nace el programa, dirigido con el ritmo del diálogo.

La propuesta me parece interesante, aunque no he podido echarle un ojo con calma, puesto que para empezar, no veo la tele. Ni siquiera La 2, aunque de vez en cuando me beba los Lonely Planet: Pilot Guides, Redes y La Noche Temática (qué horror de página esta última, por cierto).

Pero volviendo a Carta Blanca, la otra noche, cenando, me enteré de que existía, con un presentador de excepción: Alejandro Jodorowsky. Así que me puse a buscar en la mula y encontré el capítulo correspondiente.

Y como me encanta éste hombre y quizá muchos de vosotros tengáis curiosidad sólo por el programa, aquí os dejo los enlaces para la mula, para que hagáis cata:
Alejandro Jodorowsky - Carta Blanca - Tv2 1-6-06 - 1 de 3.avi
Alejandro Jodorowsky - Carta Blanca - Tv2 1-6-06 - 2 de 3.avi
Alejandro Jodorowsky - Carta Blanca - Tv2 1-6-06 - 3 de 3.avi

El Joven Lovecraft

Vía Eleniel (¡Aunque para mí seguirá siendo Seineth siempre!) encuentro las tiras del Joven Lovecraft.

La verdad es que Lovecraft no termina de convencerme. No me refiero a las tiras, sino a que lo poco que he leído de ese autor me ha parecido tremendamente cargante. Y sí, vale, leo a Terry Pratchett como quien bebe agua. Pero H.P. Lovecraft me sigue pareciendo pastoso.

Sin embargo, a nadie se le escapa que su influencia ha terminado arrastrándose hasta nuestros días hasta saludarnos de frente en interminables referencias, desde el cómic hasta la moda de ir por casa. Es lo que tiene que termines siendo un tío famoso con una biografía digna de ser escrita con tachuelas entre espinos y trajes de época, y encima escribas cosas que no se quedan muy cortas, con monstruos y parajes irreales. Con todos los respetos, por supuesto, que lo cortés no quita lo valiente y si es un referente, por algo será.

Así que la cosa está en que le echéis un ojo a las tiras -más aún si os gusta el autor-, que seguro que aunque yo ya las disfruto, ¡les encontraréis mucha más chicha que yo!

Los calamares del niño

Casi en adición al comentario del otro día, sobre el sistema educativo actual, dejo la reflexión de esta semana de Arturo Pérez-Reverte.

Podríamos decir, que los tiros de la parte que no expliqué en profundidad vienen aquí reflejados. Que aproveche:
Hay criaturas por las que no lloraré cuando suenen las trompetas del Juicio. Niños que anuncian desde muy temprano lo que serán de mayores. A veces uno está paseando, o sentado en una terraza, y los ve pasar apuntando en agraz maneras inequívocas. Adivinados en ellos la inevitable maruja de sobremesa televisiva –ayer vi reconciliarse a dos hermanas en directo y eché literalmente la pota– o la viril mala bestia correspondiente. Dirán ustedes que ellos no tienen la culpa, etcétera. Que los padres, la sociedad y todo eso los malean, y tal. Pero qué quieren que diga. En cuestiones de culpa, denle tiempo a un niño y también él tendrá su cuota propia, como la tenemos todos. Sólo es cuestión de plazos. De que se cumplan los pasos y rituales que se tienen que cumplir.

El zagal que veo en el restaurante tiene nueve o diez años, que ya va siendo edad, y se parece al padre, sentado a su vera: moreno, grandote y vulgar de modos y maneras. La madre pertenece al mismo registro. Todos visten ropa cara, por cierto. Colorida y vistosa. Sobre todo la madre, una especie de Raquel Mosquera vestida de Paulina Rubio y con toquecitos de Belén Esteban en el maquillaje y en la parla. La familia ocupa una mesa contigua a la mía, junto al gran ventanal de un restaurante popular de Calpe, situado junto al puerto. Y al niño acaban de traerle calamares a la romana. De no ser porque su cháchara maleducada, chillona e interminable, a la que asisto impotente desde hace veinte minutos, ya me tiene sobre aviso, la manera en que ahora maneja el tenedor me dejaría boquiabierto. El pequeño cabrón –nueve o diez años, insisto– agarra el cubierto al revés, con toda la mano cerrada, y clava los calamares a golpes sonoros sobre el plato, como si los apuñalara. Observo discretamente al padre: mastica impasible, bovino, observando satisfecho el buen apetito de su hijo. Luego observo a la madre: tiene la nariz hundida en el plato, perdida en sus pensamientos. Tampoco sería difícil, me digo, con la edad que tiene ya su puto vástago, enseñarle a manejar cuchara, cuchillo y tenedor. Pero, tras un vistazo detenido al careto del progenitor, comprendo que, para hacer que un hijo maneje correctamente los cubiertos, primero es necesario creer en la necesidad de manejar correctamente los cubiertos. Y por la expresión cenutria del fulano, por su manera de estar, de mirar alrededor y de dirigirse a su mujer cuando le habla, tal afán no debe de hallarse entre las prioridades urgentes de su vida. En cuanto a la madre, cómo maneje el crío los cubiertos, o cómo los manejen el padre o el vecino de la mesa de al lado, parece importarle literalmente un huevo.

Tras un eructo infantil jaleado con suma hilaridad por el conjunto familiar –después de reír, eso sí, el papi parece amonestarlo en voz baja, a lo que la criatura responde sacando la lengua y poniendo ojos bizcos– llega la paella. Y, tras deleitar al respetable con el uso del tenedor, el indeseable enano exhibe ahora su virtuosismo en el manejo de la cuchara agarrada con toda la mano exactamente junto a la cazoleta, alternando la cosa con tragos sonoros del vaso de cocacola sujeto con ambas manos y vuelto a dejar sobre la mesa con los correspondientes granos de arroz adheridos al vidrio. Tan maleducado, tan grosero como el padre y la madre que lo parieron. Y así continúa el dulce infante, a lo suyo, camino de los postres, en esa deliciosa escena española de fin de semana, una familia más, media, entrañable, con su hipoteca, y su tele, y su coche aparcado en la puerta, como todo el mundo. Y yo, que gracias a Dios he terminado, pido mi cuenta, la pago y me levanto mientras pienso que ojalá caiga un rayo y los parta a los tres, y les socarre la paella. Y ustedes dirán: vaya con el gruñón del Reverte, a ver qué le importará a él que el niño se coma los calamares así o asá, peazo malaje. A él qué le va ni le viene. Pero es que no estoy pensando en la paella, ni en el restaurante, ni en los golpes del tenedor sobre los calamares. Aunque también. Lo que pienso, lo que me temo, es que dentro de unos años ese pequeño hijo de puta será funcionario de Ayuntamiento, o guardia civil de Tráfico, o general del Ejército, o empleado de El Corte Inglés, o juez, o fontanero, o político, o ministro de Cultura, o redactor del estatuto de la nación murciana; y con las mismas maneras con las que ahora se comporta en la mesa, cuando yo caiga en sus manos me va a joder vivo. Por eso hoy me cisco en sus muertos más frescos. ¿Comprenden? En defensa propia.

La película del mes: El Código Da Vinci

Hace dos años y medio me leí el libro de marras. Y me gustó. No lo escondo -y de hacerlo, quedaría feo, puesto que hice entrada al respecto-. Pero uno lee más cosas, y con el paso del tiempo coge distancia y cuando relee ése libro se pregunta que cómo fue capaz de asegurar que le gustó. Así que poco tiempo después de la reseña cutre ya estaba uno renegando de eso. Cosas de aprender, supongo.

Pero bueno, donde dije digo, digo diego, y la cosa es que entre las investigaciones realizadas acerca del libro, mucha polémica y todo lo que le siguió, me fui dando cuenta de que en esencia, El Código da Vinci es un libro creado con la concepción que ha llevado a crear una película: Es un guión de cine de 300 páginas, con algo de acción y todo muy ornamentado.

Sí es cierto que lo poco que lo embellece es un ritmo rápido de lectura y un planteamiento interesante del asunto. Fresco, ligero, con toques de investigación seria. Como una de esas revistas de quiosco.
Adolece, sin embargo, de un esqueleto argumental un poco endeble, aunque los personajes cuidados, en general salvan el papelón.
Pero no es de lejos, el mejor libro del mundo. No sé qué mosca me picó entonces, si soy sincero.

La cosa es que según parece, todo eso se ha traducido a la película. Es por eso que en general, El Código Da Vinci ha sido considerada un tostón. Porque no le falta una estructura que no sea puramente documental. Ya no entraremos en si es objetivamente válida o no. Pero lo que está claro es que el asunto pasa por considerarlo como el título del artículo de Blogdecine: El Código da Vinci no es una película de acción.

Respecto a la película, la veré, para contrastar y ponerla a parir (o no). Pero en mi casa, y tranquilito. De momento, lo que sí recomiendo sin tapujos, y con distancia tomada, es El Congrio Va Dinci.
« Anterior ÷