El último adiós de Limbek
Me he tomado la molestia de corregir la historia de despedida de Limbek, el enano paladín que hizo que el rol, para mí, tomara un nuevo giro en el servidor de World of Warcraft Los Errantes. No es que necesitara grandes correcciones (Aquí tenéis el original, para que veáis que no miento: El último gran adiós de Limbek Longbeard.)
Pero tiene cierta importancia personal como para que me permita el lujo de meterle mano y tratar de arreglarlo un poquito para que, si algún día recupero el relato fuera de los foros de WoW-Europe, tenga la mejor presentación.
Era tarde, ya habia caído la noche pero en esa oscura caverna daba igual. En las profundidades, la única luz que iluminaba la fría y húmeda piedra era la pequeña lámpara de aceite que llevaba Limbek. Hacía más de diez horas que se internó en la cueva en busca de la terrible criatura que había asesinado a algunos aldeanos. Limbek recordó la conversación con claridad: «Lleva semanas atacándonos. Ya ha acabado con varios aldeanos y algunos niños han desaparecido. No sabemos nada de ellos y nos tememos lo peor. Sabemos donde se oculta, pero no nos atrevemos a hacer nada. ¡Por favor, ayudenos!» le había dicho el joven alcalde del pequeño pueblo con el que el enano había topado casi por casualidad.
«¿Por qué siempre tengo que decir que sí? Ahora podría estar en casa bebiendo una deliciosa cerveza cebatruenos, y mírame ahora, en una caverna oscura y profunda, perdido, y sin más bebida que una cantimplora de agua... ¡Agua! ¿Quién diablos puede beber ésto?» pensaba amargamente mientras avanzaba por los oscuros pasillos naturales. Había perdido completamente la orientación, ni siquiera sabía si llevaba horas caminando en círculos, cuando de repente le llegó el eco de un tremendo rugido seguido de un grito de dolor. Limbek, alarmado y confuso, salió corriendo en la dirección del grito, con la mala fortuna de que la lámpara de aceite golpeara una estalagmita, rompiéndose. «¡Maldición!» pensó. Llevaba una antorcha en la mochila, pero el tiempo que requería sacarla a oscuras y encenderla con yesca y pedernal era algo que no se podía permitir en aquel momento. Avanzó a tientas todo lo rápido que pudo por el suelo de la caverna hasta que comenzó a mostrar cierto desnivel hacia abajo y vio que, a unos veinte metros, había algún tipo de fuente de luz.
Por si avanzar a oscuras y en un terreno desigual no fuese suficiente, el frío de las montañas de Alterac dificultaba aun más su avance. Comenzando el descenso con cuidado, una de las pequeñas y antes fuertes piernas de Limbek cedió (algo que desgraciadamente comenzaba a pasarle con alarmante frecuencia) y sin tiempo para agarrarse a algún saliente, cayó al suelo y comenzó a rodar cuesta abajo, golpeándose con numerosas piedras y rocas hasta el fondo de la caverna. Una vacilante luz de una gran hoguera lo iluminó.
Aturdido y magullado, intentó incorporarse pero su pierna izquierda le producía un agudo dolor que se lo impedía. Aun con la vista borrosa se miró la pierna y vio un feo reguero de sangre desde un profundo corte cerca del tobillo. Maldiciendo su vejez y su incapacidad, miró alrededor para averiguar la situación en la que acababa de meterse. Un enorme yeti estaba devorando lo que parecía ser los restos de un ser humano pequeño.
«Uno de los niños» pensó, y sufrió unas fuertes arcadas que casi le hicieron soltar lo poco que había desayunado. Eran irreconocibles. Al escuchar unos sollozos vio a otro niño, éste aun vivo, encerrado en una pequeña jaula de burda construcción en uno de los lados de la caverna. Ni el niño ni el Yeti parecian haberlo advertido, uno demasiado atemorizado para mirar, y el otro demasiado ocupado saciando su hambre. De repente, el Yeti decidió que lo que quedaba del cuerpo (poco más que huesos) ya no era lo suficientemente sabroso y tiró los restos a una esquina, donde el viejo, con dificultad, vió que había ya pedazos de distintos cuerpos en diferente estado de descomposición.
El yeti se dirigió hacia el otro niño, que al oir los pesados pasos de la enorme criatura comenzó a llorar con intensidad. Limbek maldijo su pierna y su vejez, pero sobre todo maldijo al Yeti. Incorporándose con toda su fuerza de voluntad e intentando ignorar el intenso dolor que le producía el corte de la pierna, desenfundó su espada y preparó el escudo mientras pegaba un potente grito con su voz de barítono: «¡Eh, tu, peluche! ¡Ven aquí si te atreves con alguien de tu tamaño!». Si la situación no hubiese sido tan horrible, la escena hubiese resultado cómica: El enano era incluso más bajo que el niño humano.
El yeti, al escuchar el grito se giró y vio a Limbek de pie, en posición de batalla y con la espada desenfundada. Aunque la criatura sabía que los enanos no son enemigos fáciles de batir, vio que este en cuestión estaba visiblemente herido y aturdido. Si los yetis rien, esa horrible y espantosa mueca que hizo el colosal monstruo fue una risa. Ante la aturdida mirada de Limbek el yeti se acercó a la jaula, y sin que el enano tuviese ocasión de moverse, cogió con su manaza al niño y lo lanzó como si fuera un palo hacia la posición del enano. Éste, en un intento de saltar para coger al pequeño (que después de ser agarrado con fuerza por la criatura podía estar inconsciente o incluso muerto) se intentó lanzar con todas sus fuerzas en la dirección hacia donde se dirigía el pequeño humano. El Yeti era fuerte y grande, pero no tenia puntería.
Cuando el anciano pensaba que lo conseguiría e iba a impulsarse, una de sus piernas volvió a fallarle y el que había calculado sería un tremendo salto, se quedó con un pequeño bote que lo lanzo de costillas al suelo a un metro de distancia. El niño pasó a más de dos metros a toda velocidad y acabó estampándose contra la pared con un sonoro croc de huesos rotos. Limbek, maldiciendo todo y a todos, intentó invocar el poder de la luz para sanar a la criatura, pero era demasiado tarde.
El niño habia muerto.
Con una furia como la que nunca antes hubo sentido se incorporó, recogió la espada del suelo, y se lanzó contra el yeti. La criatura, divertida pensando en cómo iba a jugar con él, se sorprendió al ver que el enano avanzaba mas rápido de lo que pensaba. En un instante, Limbek clavó la espada en el vientre del Yeti, y éste emitió un rugido de dolor. Con un pequeño salto hacia atrás, el enano invocó con la poca fuerza que le quedaba un último recurso, que nunca antes había usado... La Colera Sagrada.
Dos enormes pares de alas aparecieron a su espalda e iluminaron la habitación como si un pequeño sol hubiese hecho acto de presencia en la caverna. Limbek, temporalmente fortalecido por la energía de la luz, avanzó a toda velocidad hacia el yeti, que quedó asombrado ante la escena mientras se aguantaba el estómago con las manos. De un certero corte, el anciano rebanó la cabeza a la criatura y las partes del cuerpo cayeron al suelo, inertes.
Las alas de luz explotaron en un millar de plumas que se desvanecieron al tomar contacto con el suelo. La debilidad de las magulladuras y la vejez volvieron a Limbek. De nuevo, maldijo su edad.
Se acercó al cadaver del niño. Había sufrido un tremendo golpe en el abdómen contra la roca que le produjo la muerte, y envolviéndolo en una manta y cuidado, lo llevó junto al resto de cuerpos en descomposición. Después de verter la pequeña botella de aceite que tenía para la lámpara, prendió fuego a los cadáveres mientras rezaba una plegaria.
Hacía tiempo que habia perdido la fé, pero era lo mínimo que podía hacer. Al fin y al cabo, esos crios habian muerto por su incompetencia.
Dándose la vuelta, Limbek se encaminó en dirección a la salida de la caverna -o la dirección que él creía que era la correcta-, intentando imaginar como les comunicaría a los padres tan triste noticia.
También había tomado una dura decisión: Había llegado el momento de decir adiós a las aventuras.

