Últimamente, por asuntos que no vienen al caso,
Tom Spanbauer está de retorno por mi vida.
A veces cumplo un pequeño ritual. Cuando no tengo muy claro qué expresar respecto a algo que, por norma, sólo me atañe a mí, cojo un libro de mi biblioteca y lo abro, comenzando a leer a partir de una página al azar. Imagino que en mil casos realmente lo que termino por leer y el significado que le atribuyo viene a ser casi anecdótico.
Pero me sirve.
Ahora voy a pegar el fragmento que salió cuando hoy busqué, tras encallarme pensando en mi -quizá no tan- pasado. Pertenece a
Ahora es el momento y es parte de un momento importante de ese libro. Bueno, en cierto modo. Supongo que se puede vivir leyendo esto, pero mejor lo adelanto, para que nadie que no quiera ver el argumento chafado, se lleve el disgusto.
Cuando llegó el fin de semana, no pedí a mis padres la camioneta.
Justo lo que me pedía el cuerpo. Conducir por el Snatch Out. Dejarme ver por la ciudad.
El domingo estaba para que me atasen, fuera de mí. No podía soportarlo más, yo solo en la granja de mis pensamientos.
Llamé a Billie.
Contestó ella al teléfono.
Billie, dije, estoy hecho un lío. ¿Podemos hablar?
Silencio al otro lado de la línea.
Por un momento todo era una estúpida equivocación. Sólo teníamos que hablar y todo se aclararía.
Luego: Seamos sensatos, dijo Billie. Yo estoy embarazada y tú no eres el padre. ¿De qué vamos a hablar?¿De que soy una puta y tú imbécil?
Me iba a estallar el pecho. En el estómago, muchas flatulencias.
Billie, dije, ¿y qué hay de nuestra promesa?
¿Promesa?, dijo ella.
Que seríamos amigos, pasara lo que pasase, dije.
Otro silencio. Un silencio embarazado.
Lo siento, Rig, dijo.
Y colgó.
(...)
Fue entonces cuando caí en la cuenta. En ese instante de ser lo mismo comprendí algo que tenía mucho sentido.
Billie y yo no éramos lo mismo.
Sobre todo, ella no era "mía".
Aún mejor, yo no era de ella.
No tenía que volverme difrente para ser su amigo.
En ese momento me sentí muy solo, muy asustado, y al mismo tiempo libre.
Andreu Buenafuente, respecto a los premios Micrófono de Oro de la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión:
"Ante la libertad de premiar, está la libertad de rechazar el premio, y este Micrófono de Oro lo rechazo porque no quiero estar en el mismo palmarés que un personaje cuya concepción de la radio es por completo ajena a la mía. Yo respeto mucho esta profesión, y la forma que tiene esta persona de llevarla a cabo me ofende. No es la radio que a mí me gustaría para este país. Se puede optar por la discrepancia en silencio, pero yo he optado por decir en voz alta que no soporto estos premios salomónicos que tratan de honrar colores imposibles. Así tratan de decir que todo vale, y poco a poco se va pudriendo el periodismo. Y quería dejar clara mi discrepancia. En voz alta".
Encontré estas declaraciones gracias a la entrada en
Escolar.net,
Buenafuente opina sobre Losantos.
Le premiaron junto a
Jiménez Losantos en dichos premios y ha dicho que no, con tanta claridad y contundencia que, digan lo que digan respecto a su humor, me parece que su forma de actuar deja claro qué clase de tipo es.
Que sí, que todos sabemos que la vida da muchas vueltas; que quizá el día de mañana sea una persona despreciable o que puede que esto sea un montaje.
Pero entonces qué vuelta más buena y qué pantomima más agradable. Aunque sea sólo por hoy.
Espero más o menos responder a los comentarios de la entrada anterior,
Gruñendo navidades, con este extracto de la columna de
Arturo Pérez-Reverte en el número mil del semanal:
Empecé a teclear esta página, por tanto, con cuarenta y dos años, y ahora tengo cincuenta y cinco: trece tacos de calendario en los que se aprenden algunas cosas y se pierden otras. No tengo cuajo suficiente para releer los viejos artículos de aquel tiempo, los primeros; pero supongo que en ellos había más humor, más ternura y más ingenuidades que en los de ahora. Dicen los amigos y compadres que los años me han hecho gruñón y menos tolerante con ciertas cosas de las que antes me limitaba a burlarme casi con suavidad. Y supongo que es cierto. Llega un momento en que el espectáculo de la sórdida condición humana –en la que por supuesto me incluyo– te fatiga la sonrisa, y deja de ser divertido. Justo cuando comprendes que nada de cuanto se diga o se haga podrá cambiar nuestra bellaca e imbécil naturaleza, y a lo más que se puede aspirar es a que al malvado o al idiota –a ti mismo, llegado el caso– les sangre la nariz. Entonces es fácil caer presa de algo que podríamos llamar síndrome del francotirador majara: llevarte a cuantos puedas por delante, antes de irnos todos al carajo. Bang, bang. Por lo menos, alivia.
¿Entendéis?
Además de instinto para las matemáticas, un dominio excepcional de la lengua nativa es la herramienta más esencial de un programador competente.
Pues yo voy un poquito más allá y digo que, en general, un dominio de la lengua nativa ayuda en todas las cosas.
Saber de dónde viene una palabra preocupándote de su origen, te da más pistas de las que puedas imaginar.
Date un poco de tiempo a saber qué significan etimológicamente unas cuantas palabras y el tiempo te enseñará que gracias a ellas, otras frases, temáticas, filosofías y disciplinas cobran más sentido.
Así que sé sensato y no te olvides de que no es sólo importante leer, sino el por qué lo que lees tiene esa forma.
Y así, aprendiendo, aprendes más.
Lo bueno no existe sin lo malo, y quien acepta la existencia de Dios tendrá que concenderle al diablo, recíprocamente, un puesto del mismo rango. En eso consiste el equilibrio.
— ¿Recuerdas a aquellos dos francotiradores del año asado? ¿Cuándo toda Virginia buscaba una furgoneta blanca? Los polis no eran capaces de encontrarla porque todos los fontaneros, electricistas y demás llevan una de éstas. Están por todas partes.
Por eso les pedí una a mis padres. Cuando conduzco esta chica mala, desaparezco del radar del gran hombre.
— ¿Soy la única a la que le preocupa que algunos frutos no hayan caído lo suficientemente lejos del árbol?
— Chase a Karolina y la preocupada Gert.
(
Runaways vol. 1 #2, Agosto de 2003)
Si no puedes compartir tus secretos con tus amigos, entonces ¿qué tipo de amigo eres?
Charlie Chaplin —La felicidad... ¿existe? ¿donde? Cuando era niño me quejaba a mi padre porqué no tenía juguetes y él respondía señalándose la frente con el dedo índice: Este es el mejor juguete que se ha creado. Todo está aquí. Ahí está el secreto de nuestra felicidad.
Clarie Bloom —Veo futilidad en todas las cosas. La veo incluso en las flores, la siento hasta en la música. La vida no tiene objeto ni significado.
Charlie Chaplin —¿Por qué habría que tenerlo? La vida es deseo, no significado. El deseo es el motivo de toda existencia.
A veces en la juventud tenemos pocas ganas de vivir, que no sea demasiado tarde cuando nos aferremos a la vida... Como a mi edad, a estas alturas la vida llega a ser un hábito.
Clarie Bloom —Un hábito sin esperanzas.
Charlie Chaplin —Pues aprenda a vivir sin ellas, viva para el presente. Aún así hay momentos maravillosos.
Clarie Bloom —Cuando se ha perdido la salud, no los hay. Estoy cansada de luchar
Charlie Chaplin —Porque lucha contra sí misma. No quiere darse una oportunidad. La lucha por la felicidad es hermosa.
Clarie bloom —¿Por qué no me dejó morir?
Charlie Chaplin —¿Qué prisa tiene? ¿Siente algún dolor? Es lo único que importa. Lo demás es fantasía. Millones de años hemos tardado en ser conscientes de esto y usted quiere olvidarlo, desmentir el milagro de la existencia, lo más importante de todo cuanto hay en el universo. ¿Qué hacen las estrellas? Nada salvo seguir en sus ejes. ¿Y el sol? Lanzando llamas a millones de km, ¿y qué? Desperdicia sus recursos. ¿Puede pensar, el sol? ¿Es consciente? ¡No! Pero tú sí.
¿Por qué vale la pena luchar? Por todo. No es la misma vida suficiente para vivirla, sufrirla, disfrutarla... He aquí una razón poderosa. La vida es preciosa, magnífica. Existe algo tan inevitablemente poderoso como la muerte. Es la vida. Piense en la fuerza que hay en el universo, la que mueve la Tierra, hace crecer los árboles y esa fuerza es la misma que usted lleva dentro si es que tiene valor y voluntad suficientes para utilizarla.
Sí, la vida puede ser bella si ni se la teme. Sólo se necesita valor, imaginación y un poco de dinero.
Pasear por la Red a veces tiene la misma capacidad de sorpresa que un paseo por el mundo.
— Vía
CinEol