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Viaje a Venecia (Conoscendo)

Hay una cosa que los viajes suelen hacer, y es deparar mil y una sorpresas. Algunas de ellas pasan casi inadvertidas, pero dejan su huella como cuando poco a poco, una lupa quema en una hoja. Otras son tan chocantes que sólo te resta una sonrisa, un gesto agrio, una lividez en el rostro, o un poco de todo.

Muchas maneras, claro está. Pero la cosa es que te marcan. Sea como sea.

Una de ellas, es el cruzarte con gente. A veces los buscas. Otras, te buscan. Las más, te los encuentras. Y todos tienen que decir algo si les das la oportunidad. Eso, y si te haces dueño de esa sensación que antes de que nadie abra la boca, ya lo confirma.
Partiendo de esta premisa, en Venecia me encontré con gente diferente. Con vidas curiosas.

La verdad es que en algún momento, haciendo uso de picaresca, uno terminó acercándose para terminar sincerándose con una mirada lo que la treta para romper el hielo había construido. Pero ya se sabe que a veces hay que arriesgarse en una estratagema para conseguir según qué tesoros.

Michele, un chico que estudiaba bellas artes, nos atendió en la tienda de máscaras de Ca' Macana con la verdad por delante.
Tenía el pelo alborotado enmarcando una cara de rasgos finos, pero duros. La nariz pecosa parecía querer ser la particular máscara de unos ojos marrones tristes. Sus movimientos eran comedidos, y los largos dedos se deslizaban por las máscaras con el mimo y cuidado de quien sabe cuánto cuesta lo que tiene entre manos.

Nos dejó hacer todas las fotos, probar y trastear como buenamente quisiéramos, haciéndonos una introducción al mundo de la artesanía de máscaras. Si bien no deja de ser un modo de venta -las cosas como son-, te hacía sentir acogido, cómodo en el observar y valorar el trabajo ajeno. Nos contó que tenían talleres en los que se impartían cursos y cómo le gustaba trabajar rodeado de algo que para él era casi un modo de vida. Lástima que sólo fuese un rato muy corto entre riadas de clientes.

En definitiva, un chico que amaba el arte, contenido muchas veces entre máscaras como pequeño escaparate.

MichaelaMichaela es una camarera del Café Aurora, en plena Plaza San Marco, al ladito de la torre del reloj, nada más salir de la entrada de la basílica, a mano izquierda. De los más famosos en toda regla. Viste el traje de trabajo, desde luego, pero lejos del formalismo de cuello abotonado y rígido. Muestra con soltura un colgante acerca del que no recordé preguntarle, pero no tenía pinta de ser italiano. Quizá ella también tiene miles de viajes que contar. A otros.
Sus ojos verdes de aire cansado, hablan de una vida de esas agridulces en la que por supuesto, no indagué. Pero quizá tenga algo que ver que haya vivido un tercio de su vida en Venecia, aunque ella venía de Marghera, otra zona dentro de la provincia, en el interior.

Lo que más le gusta de Venecia es la dimensión que adquiere allí la vida, llena de gente y de bullicio. Además, la calidez de los que realmente viven en la isla le parece muy solaz frente al contraste que ella misma admite de cara a los turistas. Dice que no es un secreto, sino una suerte de juego al que toca adaptarse, aunque no te guste. Eso sí, lleva fatal que la vida sea carísima, y que además falten alicientes para establecerse en la ciudad, como buenas zonas para salir.

Recomienda, a cualquier nivel -admitiendo que más bien al personal-, escapar del centro de las islas. El callejeo y buscar rincones escondidos que sólo el plano urbanístico de la ciudad puede otorgar, son las cosas que recomendaría a cualquiera para poder sacarle el encanto más allá de la guía turística.
Aunque si de relajarse y desconectar se trata, hablará siempre de los parques de Santa Helena, las playas de Lido, los jardines cercanos a la ciudad, la islita de Burano y por supuesto, Torcello.

También coincidimos por un rato corto con un par de chicas argentinas, Sol y Soledad. La primera, morena de ojos despiertos, contrastaba vivamente con la segunda, de cabello castaño y mirada veladamente crítica. No es que fueran como el día y la noche, pero parecían destilar sus nombres en la primera impresión.

Ambas estaban de Interraíl por Europa. Periodistas de profesión, una por vocación y la otra por verse en el percal, nos contaron un poco de todo: acerca de la situación relativamente bizarra en Argentina, de lo mucho que les gustó Venecia, del otro tanto que les gustó Barcelona y de cómo se afronta un viaje a la itinerancia como los de mochileros.

FernandoLa misma noche, de sopetón y con un par de copas de más, nos asaltó un chico en la noche con una de esas putadas de desorientación y falta de cobijo en medio de la lluvia como sólo se ven en las películas. Afortunadamente, mi inglés de Alpujarra me ayudó a salir del paso en un primer momento y poder trabar conversación con él, en una de las más gratificantes que recuerdo haber tenido en la vida.

El nombre de Fernando proviene del germánico Fredenandus, palabra compuesta en origen por frad, que significaba inteligente, y el sufijo nand, que habla del arrojo. Y una persona que lo deja todo como él hizo para venirse casi con lo puesto a Europa, a una Italia que poco dista de difícil si la comparamos a España, tiene todo su qué.

Nos habló de la situación de Sri-Lanka, un país dividido no solo por la religión, sino por la situación política, económica y lingüística. Para andar nosotros quejándonos por la farsa del Estatut. Nos habló de costumbres, de dejes, de que no son tan distintos, de que de hecho es todo lo contrario. Nos contó cosas de un modo tan sencillo que hace que te pares un momento.

Que pienses.

Que te des cuenta de que esos bastardos de allí arriba, los de un poco más abajo, los que te incrustan libros de texto y recortes de una prensa de mierda en el día a día, hagan casi casi que te olvides de que no todo es tan diferente. De que realmente todos los humanos, estemos donde estemos, muy probablemente queramos lo mismo expresándolo de modos distintos, algunas veces válidos, algunas no. De que hacer o no hacer no depende realmente de tantas cosas más que querer o no.

De que ésa es la madre del cordero: querer. Si realmente pones las manos en la maquinaria, logras. Poco o mucho es harina de otro costal. Pero haces.

Y cuando transmites, si realmente estás moviendo algo más que palabras, llega y crea una pequeña repercusión. Marca. Llámalo como quieras.

Por eso, cuando al terminar el día me tiré en la cama, no pude evitar levantarme y mirar la noche desde la ventana del hotel por última vez. Y pensé en que estamos podridos porque quieren que creamos que lo estamos. Que aun se puede hacer mucho, pero que sólo estamos desorientados, con los ojos vendados y muchas vueltas dadas. Confusos.

Es por eso que adoro viajar, y que me pasen éstas cosas, las que marcan.

Porque crezco.
may 16, 13:22 bajo ,

Lo bueno de los viajes es precisamente éso, vuelves cambiado, de un modo o de otro.
Incluso si es aquí al lado. Yo experimenté algo en el viaje a Bilbao que ha movido una pieza dentro de mi.

Apokh    martes mayo 16, 2006    #

Por eso es tan importante darse ésta clase de lujos de vez en cuando ;P

Otacon    miércoles mayo 17, 2006    #

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