Tabletas
La última vez que estuve en este motel mi vida iba viento en popa. Salvo una mierda de relación, todo era lo suficientemente prometedor como para experimentar libremente sin temor a demonios internos.
Cómo cambia la vida en cuestión de un año. Ahora no me queda casi nada salvo un par de amigos que, con su vida bien encarrilada, no quisieron venir.
Me siento en el borde de la cama y jugueteo con la tableta. Una moneda venida a menos.
Suspiro. Llevo varios días sin dormir, corriendo una contrarreloj personal para llegar a esto. Dejo caer mi cuerpo sobre la cama e intento hacerme con la habitación antes de que todo comience. Coloco la dosis bajo mi lengua.
Cortinas de hilo blanco. Cascadas tejidas por arañas como las que encontrarías en casa de tu abuela. Recuerdo preparándome algún momento profesional importante. Era ingeniero, hasta que alguno de los que sabían chuparla decidió que era prescindible. Dos categorías distintas de cretino dentro de la cadena alimenticia laboral.
Muevo la cabeza y observo las paredes de papel a rayas en tonos vainilla. Lo odio en cuanto recuerdo las cuatro del lugar en que intentaron robar mi pensamiento. No sigas por ahí. Agacha la cabeza. Pon el culo para parecer un señor. Rajar y velar mi dignidad en un bucle vertical de color amarillo pálido de olor dulzón.
Cruza por la mente el psicoanalista llorando en su consulta, agarrado a una lámpara como las que hay a cada lado del cabezal de la cama. Al obligar a alguien a contar sus miserias deberías prepararte por si empieza a hurgar por tus preguntas, arrancándote el sabor a mierda de tu propia vida. Sin pararse. Atravesando tus plumas, refuerzos acolchados, armadura, o lo sea que uses para interpretar las defensas de los demás, cabrón.
El mueble de madera de color miel frente a mí. El mismo color que golpeaba la pared entre sudor y gemidos cuando no miraba tu cuerpo. Crujir de juntas y madera marcándose en la pared como dedos arañándote mientras te lleno. Nuestro sexo era del color donde descansaba nuestro orgasmo, reposando hasta escapar si Él llegaba.
Moqueta roja. Como el terciopelo de las butacas colocadas en la mesa que hay cerca de la cama. El mismo rojo sangre, oscuro y con reflejos claros de farola sobre asfalto a través de un charco. Hemoglobina desbocada queriendo salir, colarse por cada una de las rendijas de muerte urbana.
Y lucha de luces, de emergencia y de baños, pasando rápidas. Aguantaban el tipo contra la luz selénica en el silencio roto de mi huida. Oliendo a desinfectante clínico. Vómitos. Comida pasándose otra noche como conciencias en el psiquiátrico. Ahora es resplandor ambiente contra el de mi baño. Calma que refugia el miedo a ser perseguido.
No me queda mucho.
El frío me invade. Me pulsan las sienes desde el cuello. La respiración acelera. El aire apelmazándose en la cámara estanca de la habitación.
Abro los brazos, los ojos y la boca.
La mente se resquebraja con cada ondulación que percibo. Una doblez, un fragmento. Los recuerdos duelen partiéndose en el cerebro. Los huesos se encogen y estiran con el chirriar de lo sentido en el alma. Razonamientos débiles que estallan en millones de pedazos blancos cuando una cortina se mueve.
Inspiro aire. Ladeo la cabeza.
Voy a vomitar mi psique en colores vivos de otoños ancestrales.
Fiebre. Una película de calor a mi alrededor. Las líneas de las paredes contorsionan trayendo los caminos en los que hacía autostop. Paladeo la noche de entonces. Me asustan los ojos iluminados acercándose. Corro sintiendo mi peso cargando las piernas. Las rodillas se doblan. Falla el equilibrio. Caigo como un muñeco de trapo. El mundo queda quieto. La boca metálica pasa a mi lado. Pezuñas de caucho negro coronadas. Roncar de la bestia que sabe de qué soy fugitivo. Su piel de fuego y vísceras suda rabia.
Clava una mirada de ira envolviéndome con el color de habitación de burdel. Noto el pelo húmedo, la garganta seca. Bebo de mí en roja penumbra. Sábanas raspantes purifican mi cuerpo con cada movimiento. Lucho por liberarme de una seda ácida. La escucho en el techo de migrañas y tumores. Mamá araña con un bikini hecho de cabezas de niños aullantes. Colmillos brillantes entre sombras. Lanzas en su lomo gotean rocío vaginal.
Descuelga lentamente del semen de miles de hombres infértiles. Gira con el chirriar de un vinilo y muestra su abdomen abierto de obscenidad. Alarga una pata necrosada. Raja hasta mi ingle desde mi cuello. Corta el abrase con frío. Penetra en mi torrente, mezclándose con los leucocitos. Hombres de bien, dispuestos a morir en combate mortal contra una infección imaginaria. Si no estuvieran en huelga.
Árido, podría sorber sudor, sangre, glóbulos translúcidos. Lo que quisiera. Emanan de mí a un mundo frágil de papel de fumar. Me mezclo entre ellos buscando lo propio. Genes. Memes. Retazos de vida que quieren no estar conmigo. Tropiezo. Caigo por mi cuerpo. La noche me aplasta con su luz negra y todo se vuelve púrpura. Alzo una mano y agarro otra en mi epidermis.
Mi hermano siamés me habla con pulso firme. Dice que esto es lo que he creado. Que soy Dios. Que todo debe continuar incluso si no estoy. Resbalo de sus dedos a medida que intenta convencerme de qué soy. Que me esperan. Que soy un mal aprendiz. Ríos plateados de candente adrenalina en venas tubos. No basta. No hay. Soltarse en inexistencia.
Caigo en un sitio mullido y frío como ser abandonado. Todo es pantano. Sintetizo el oxígeno a través de la piel. Lamo la vida. Pensamientos sabores. Apareces en óxido a través de mis amígdalas. El psiquiátrico es bilis corroyendo el diafragma. La gente es el sabor vainilla obsceno de un glande llenándome la boca en una violación.
Arcadas de odio en el contraste. Trozos de experiencia flotando en el aroma a jugos gástricos. Un huevo perfecto encima del surtidor de una fuente. Mi interior abre al universo de par en par. Una puerta estrecha llegando al cielo busca el infinito. Luz de sentidos. Bisagras de explosión blanca ordenada. La caja de Pandora de la que todo sale a borbotones. La eyaculación del Principio del Todo.
Me sumerjo en Pura Vida. Un recuerdo de estupidez sensata dibujada.
No hay imágenes ni sonidos. Sólo variaciones de colores torciéndose convulsamente en tactos evocativos. Estoy en medio de un álbum de fotografías movidas, como una masa amorfa indefinida hasta que entienda cada instantánea. Pasado: restos para afrontar el futuro.
Avanzo por reflejos translúcidos de vivencias coloreadas. Salto de una isla a otra. Movimiento dilatado en meses. Pasos piano en el tiempo de volver a vivir. En cada oasis soy espectador de mi vida.
Me paro.
Fotograma azul.
Allá vamos.
Ando desnudo por campos de verdes pestañas. Planicie en la que el horizonte se parte en córnea, reposando en la curvatura de allí hasta donde alcanza la vista. Una cobertura de ojo de iris oceánico. El sol es una pupila de acceso al universo subconsciente traído al final del camino.
Llego al centro del mundo. El aire me lame todo mientras voy parándome en quietud. Disfrutamos de un trabajo bien hecho. Caigo lento abriendo brazos y piernas. Entran todos los iones en mis pulmones llenándose de electricidad estática.
Zumban haciendo vibrar todas y cada una de las paredes de mi interior. La sangre engorda, palpitando, digiriendo y distribuyendo el pasado hasta mi piel. La absorbo expeliendo lo que resta por la epidermis.
Separo mis labios. La electricidad detona. Grito.
Segundos, horas, semanas, siglos después, explota el silencio.
Estalla. Millones de pedazos de pseudoconciencia tiemblan antes de separarse hasta el último átomo. Desintegración en brillos sin color. Un Big Bang eufórico construido encima de la realidad que tú y yo conocemos. Multiversos, vacíos o llenos, desplazándose pesadamente por la teoría de capas y relatividad.
Y lenta y rápidamente a la vez, un cohete de Ser atraviesa la atmósfera mental. Veintiséis horas después de haber empezado el viaje adentro.
Abro los ojos.
No he vomitado como creí tener intención de hacer, aunque el aliento podría matar a alguien. Al margen de las sábanas bajo mi cuerpo, ni siquiera hay desorden a mi alrededor. Me incorporo con cuidado, por si las moscas. Las lámparas, la moqueta y todo lo demás sólo son pequeñas partes de algo más grande, sin pretensiones. Sacudo la cabeza. Noto el cuerpo pesado al levantarme, preguntándome cuántas horas habré dormido de camino al baño.
Delante del espejo miro de pasada la cara de dormido. Abro el grifo. Paso una mano por mi cabeza rapada.
Entonces, el agua es sólo agua. Más fresca que nunca, puedo percibir sus gotas por separado y cada uno de los pelos de mi cabeza raspa individualmente. Concentrándome, parece que estén marcando el ritmo de alguna especie de música progresiva. Parpadeo. Me mojo la cara y miles de agujas congeladas como cumbres hacen que sonría. Me parece increíble.
Observo mi doble en el espejo.
Supongo que es entonces cuando me doy cuenta.
Abro la boca y levanto la lengua.
Salgo a la habitación. Llego de un salto al otro lado de la cama y compruebo que, cerca de la mesita, en la moqueta de color rojo sangre, está la tableta.
Y río, renovado.
Al final, sólo somos nosotros, nuestro interior con sus miedos, y la decisión de ponerlos a hablar.

