Sonata del claro de luna de Beethoven
El paseo se abre a partir de él, perdiéndose al frente y por detrás, creando su pequeño infinito urbano de fin de siglo diecinueve con unos adoquines que amenazan con hacer trastabillear la cantinela rítmica. Las farolas, negras de tronco y de copa luminosa en lo que la noche tenga a bien permitir, marcan los trastes del paseo que separa el mar con la ciudad. Así, cada una queda a mano derecha o izquierda, según desde donde miremos.
Quizá ahora esté en la cuerda del que da un mi o un sol de una ciudad cualquiera, que en todo caso, ahora sería desconocida.
Aunque deberíamos hablar de pianos, con sus teclas de marfil blanco o negro, de los de verdad. Las imitaciones nunca le parece que suenan bien. Debe ser por la misma mística de la música que hace que un Stradivarius sea único en su especie. Ah... ¡Qué bueno el tacto de la madera cuidada de verdad! Si alguna vez pudiera volver a tocar alguno, seguro que a ella le gustaría escucharle. Y mientras, seguiría la evolución de los compases, dejando que los pequeños tacones de sus zapatos blancos se arriesgasen a romper la armonía de chocar contra una caja con el balanceo, atrás y adelante, que siempre se apoderaba de sus pies. Torcería un poquito la cabeza y entrecerraría otro poco los ojos, quedando atenta a todas las notas, por si se escapara alguna, saberlo para no decirlo con una sonrisa en los labios. Como siempre hará.
Sin embargo, a pesar de hablar de violines, la sonata del claro de luna, era una de las canciones favoritas para acordarse de ella. Al igual que esta noche, sólo él sabe que la luna y su canción son algo suyo. Se lo esconde, porque hay pequeños secretos que se aprenden en su momento, por ser dueños de sí mismos. Y quizá algún día ella lo sepa rebuscando entre sus cosas, o él esté engañándose pensando que aún es un misterio. De eso, uno nunca puede estar seguro, puede que estén jugando a las apariencias.
En el fondo, es como un niño pequeño con una hábil compañera de juegos.
Por eso la adora.
Entonces, poco a poco, va cayendo en la cuenta de que la canción se va apagando. Y va naciendo otra, a pesar de que sigue en el mismo paseo, unos trastes más agudos o más graves. Se asoma lentamente a la cuerda más cercana al mar, saliéndose del mástil, dejando que la arena le entre en los zapatos hasta llegar junto al agua, donde termina por adentrarse.
Suspira en alto, mezclando el olor a sal, a mar, a recuerdos viejos y ganas de nuevos.
Se quita su sombrero de copa y, como el maestro de orquestra que somos de nuestra vida y sentimientos, le da la bienvenida a los primeros claros de un nuevo día con una reverencia.
El universo, no puede darte mejor ovación al terminar tu actuación.

