Ring
Ha sonado el teléfono y he temblado, sin razón. Una llamada fría, oscura, con silencios cortantes que arañaban.
Tanto que me cuesta pensar.
Un niño esperando el peor castigo del mundo.
El corazón encogido, parado.
Se han cruzado por mi cabeza las idas de los que no me importaban, en otra piel.
Estaba allí, de pie, con el auricular pegado a la oreja y los ojos perdidos en la pared del recibidor. Pupilas dilatándose. Mareo. Escuchando a alguien desgarrarse al otro lado, mientras abría la boca, intentando componer la realidad entre sus labios, zumbándole la cabeza y haciéndomelo llegar a través de los baudios.
Me he visto cogiendo un bus de un mundo en quietud, sintiéndome sólo como nunca, la respiración en la garganta incapaz de descender por mí.
Viajando, mirando la carretera entre fotogramas de quebrada trascendencia.
Sin contar minutos que no importan, repasando recuerdos que ahora se rompen en blanco.
Me he imaginado subiendo unas escaleras que eran una garganta de dragón.
Ante caras desencajadas, miradas hundidas y cuerpos encogidos adaptándose a la falta del aire, de la esperanza, de la costumbre; acoplándose a lo que queda.
Los por qué.
El silencio.
Boquear, yendo a por todo el aire del mundo, porque el cuerpo lo pide a gritos días después.
Acostumbrarse a vivir como si empezara todo desde cero.
Terror. Como hacía años que no lo tenía, gritando hasta vomitar sangre, en silencio compacto y sólido de roca a través de mis venas.
Por nada.
Por la nada.

