Reflexión inocente ante el pelo largo
La niña responde dubitativa que vale, pero que le diga que qué hora es.
El anciano da la hora, solícito ante la orden de la pequeña que parece estar gestionando su agenda mental. Las nueve menos diez de la mañana. Creo que no llegaré al cole, abuelo.
¿Y qué importa? Pregunta él; añade que hay cosas más importantes. Pero claro, es que hay piscina, y a la niña no le gusta la idea de ponerse en remojo un rato con sus amigos.
En esas, me giro levemente y mis ojos topan con los marrones de la chiquilla. Sorprendida, arquea las cejas mientras se le abre levemente la boca. Y en un comentario inocentísimo, dice que ala, que soy un chico y que tengo el pelo largo.
Entonces recuerdo cuando yo comencé a ver tíos con greñas por la televisión. Pensaba que pertenecerían a alguna clase de degenerados, que estaban mal de la cabeza. Me parecían casi aberrantes. Aunque... alguno había que le quedaba bien.
Luego, con el tiempo, uno fue viendo más y más gente con el pelo largo. Y poco a poco le fue cayendo en gracia el asunto. Pero por supuesto, uno se lo dejaría jamás. Era como una de esas prendas que siempre le quedan bien a otro.
Ahora, llevo el pelo largo, casi hasta la riñonada.
Me encanta, porque tengo mis razones, que serán contadas otro día.
Y es que cualquier razón, por profunda que sea, se queda en agua de borrajas ante la vocecita de una niña que pregunta, entre esos susurros tan altos que los pequeños acostumbran, si yo podría irme a la piscina o no me dejarían entrar por no caberme el pelo en el gorro de baño.
Permitidme un smiley, de los que hace años que no pongo en un escrito.
=D

