Recuerdos a fuego lento
— Estoy preocupado —inquirí.
— ¿Preocupado?
— Sí. Por tí.
Otra calada pareció consumir las contestaciones.
— No tengas miedo.
— Pero... —dije, acurrucado entre mis mantas, observando la brasa del cigarrillo con fijación.— Es que no puedo evitarlo.
— Pues vas a tener que hacerlo. Duérmete.
Si hubiera sido listo, no habría continuado la conversación. La pregunta de si tenía cáncer de pulmón no habría debido salir de mi boca.
Pero la hice, rompiendo su mundo. Otra vez.
Como cuando le entregaron los resultados de la biopsia.
Cuando tuvo que decir en casa, y frente a él, que iba a morir.
Le dejó diciéndole que también él tendría que evitar preocuparse. Que era algo que debía hacerse. No tenía sentido continuar si al final de un cigarrillo iba a escorársele la vida con la ceniza. Lo sé.
Es difícil manejarse en una situación así cuando eres un espectador tuerto de entendederas.
Obviaba por aquel entonces todas las implicaciones de mi pregunta. Suele ser de esas en las que las jugadas posteriores van adquiriendo nitidez con el paso del tiempo. Cuando ya es demasiado tarde y las emociones van enfriándose, aunque les cuesten años.
Ese chico tenía el hábito de hablar en tercera a los desconocidos y de mantenerlo por un tiempo con los conocidos. Legal y atento, creí que era algo así como un príncipe azul que salva a la princesa. Por eso, imagino, me desconcertó tanto saber que habían roto, sin saber nada más de lo que le ocurría a ella. Simplemente se acabó, decía. Pero algo había que no me cuadraba. No entendía como ese cabrón que tanto la quiso, dejó que se fuera, sin más. Que no la salvara. Pero tenía claro que había algo en ese chico que merecía la pena conservar para el mundo, por todo lo que representó para ella. Mantuve su costumbre.
Quizá por si la salvaba, a deshora.
Diez años me ha costado darme cuenta de este detalle. De todo esto.
Creo que el silencio de ella tras su respuesta en nuestro momento, con otra calada honda, guarda tantos secretos que con el tiempo, tendrá más sentido.
Quizá me cueste otra década.
Los recuerdos funcionan así. A fuego lento.
Feliz San Valentín.

