Recortes de papel viejo
Las cosas bonitas son aquellas que con su pequeño tamaño logran sobrecogerte.Las letras creadas por alguna mano que se deslizó serenamente en algún momento guiando alguna pluma -quizá de alguien importante, como Víctor Hugo-, aparecían algo desgastadas descansando en el papel amarilleado por el pasar de los años. Los trazos eran curvos, algo inclinados hacía la derecha, con cuidada caligrafía a la antigua. Esa que aún hoy podrías encontrar saliendo de la paciencia y el comedido placer de la escritura de los abuelos que saben que fueron afortunados.
Leía eso algunas veces. Sobretodo en momentos como el presente, cuando cobraban un sentido concreto y vibraban en el interior como un neón de sensaciones visto de cerca, con ese zumbido electrizando el alma. Las palabras parecían conseguir su propio sonido, casi tomando cuerpo en algún lugar del oído.
Y es que esa baldosilla amarilla, en su magnífica pequeñez, parecía hablar de muchas cosas valiosas. De leyendas de ciudades defendidas por guerreros valientes que creían en algún sueño que el Dios del Tiempo se llevó, a las hablillas de rivales de la plata, el platino y todos los minerales valiosos aún no descubiertos.
Levantó la pieza entre las estrellas y él. El cielo oscuro, roto por el brillo indeciso entre el blanco y el azul, ayudaba a contrastar el brillo áureo de esa piedrecita.
—¿De dónde habrás salido?
Nadie se espera, por muy de cuento que seas, que una respuesta te llegue clara y concisa, con una voz cristalina que se abra paso por la conciencia, desde una piedra. A menos que seas un golem de piedra y estés buscando amigos. O que te encuentres con uno.
—Del tiempo. De los relatos que caen por sorpresa. Y quién sabe si de algún banco en el que los niños se pierden jugando.—dijo la piedra, si decir pudiera ser el verbo.
Sonrió ante la respuesta y se destocó.
—Disculpe usted la descortesía.
Un breve fulgor, con matices de sonrisa condescendiente, lo disculpó. Otro, un poco más disimulado, mostró claramente que la piedra había girado su foco de atención hacía el cielo.
—Me sobrecogería, si no fuese ya una pequeña porción—transmitió la cuenta.—Y no son pequeñas, ¿verdad?
Frunció el ceño y sonrió, reconociendo la contundencia de la verdad expresada.
—Tiene usted razón. Parecen pequeñas, pero son inmensas. De hecho, la enorme mayoría contienen los anhelos y deseos de millones de personas. Sean pastores o grandes arquitectos, lo cierto es que todos nos hemos parado alguna vez a susurrar algún sueño.
—Por eso, chico, por eso son tan grandes. Las estrellas, aunque nadie lo pueda creer, tienen una explicación física porque andan alimentadas de toda la energía de los que proyectaron en ellas sus almas.
Por eso, yo soy tan pequeña. Porque soy algo más pequeño, menos compartido. Algo que pertenece a un pequeño universo, de dimensiones concretables sólo por quién lo conoce; y aun conociéndolo, seguramente perdería pie al tratar de concebirlas.
—Entonces, siendo algo pequeño también anda usted en esas magnitudes apabullantes.
—Todos estamos en esas magnitudes. Según el observador, seremos pequeñas cosas o grandes maravillas. Pero lo importante es lo que transmitamos. El orden del valor de las cosas, está fuera de toda etiqueta, de todo aquello que sea un mero continente, físico o imaginario.
El fulgor se tranquilizó en un titilar cansado. Él se quedó pensando en la conversación y al cabo, los labios se curvaron dibujando una sonrisa.
—Toda la razón.—murmuró cerrando los dedos alrededor de la piedra, que llevó al bolsillo de la chaqueta.
La dejó caer en él y le dió un par de caricias, como quien acuna la sabiduría de un bebé. Se balanceó sobre los tacones, y con un giro de bastón, dio media vuelta y caminó hacia el bosque.
Y el silbido de una nana -clásica, de toda la vida-, rompió el silencio de la noche para acunar según qué historias que con toda seguridad, merecerán ser contadas en otro momento.

