Ratón de biblioteca
Siempre me han gustado las bibliotecas. Sitios tranquilos con casi todos los libros que uno pueda querer en un ambiente sereno. Pero además, esa tenía unos pufs de tela con algunas viñetas memorables de Asterix, Mortadelo y Filemón, Tintín y Zipi y Zape sobre un césped de moqueta verde. Era un sitio cojonudo para empujar a leer lo que fuera, si no tenías demasiados años, y me encantaba pasar las tardes entre sus paredes blancas con estanterías larguísimas.
Pero allí estaban ellos hablando en voz alta, interfiriendo con sus risitas de subnormal preadolescente cualquier intento de leer, estudiar, trabajar o lo que fuera que hicieran las otras personas que permanecían, calladas y grises.
Mi bibliotecaria era una mujer que rezumaba orden por todos sus poros. Canosa y con manos de bruja –buena, pero bruja al fin y al cabo–, tenía la costumbre de mirarte por encima de sus gafas de pasta para decirte cuándo tenías que devolver lo que cogías o que llevabas veinte minutos de retraso. Sólo la vi sonreír una vez en todos los años que estuve visitándola.
Siseó en un par de ocasiones, apoyada por algunas réplicas entre los presentes. Luego se levantó, caminó hasta la mesa de los energúmenos y les llamó la atención en voz baja, como hacen las mejores en su profesión. Erguida en sus casi dos metros, suspiró agria cuando los niñatos la mandaron callar. La vi volver a su puesto con toda la dignidad de la que fue capaz con un hematoma humillante en su aura.
Esos tíos estaban jodiendo mi biblioteca y a mi bibliotecaria. Mi santuario.
Subió una contracción desde el estómago para apilarse en mi garganta, con la adrenalina haciendo que temblara entero. Aparté El Ponche de los Deseos y metí mis manos en los bolsillos para que no se me viera el tembleque. Caminé hacia la mesa del sacrilegio.
Eh, vosotros ¿queréis callar, por favor?
El cabeza de cenicero gruñó. Uuuh... ¿y por qué?
Cuando tienes ocho años, ciertas preguntas te apabullan. Cuando tienes la verdad contigo, no importa tu edad.
Porque esto es una Biblioteca.
¿Y por qué no te callas tú?
Porque eres un gallito.
Contesté con todo el aplomo posible, consciente de estar ganándome el mayor revés de la historia del cine. Me sudaban las manos y escuché el estrépito de miles de ladrillos cayendo por mi torso al cruzar miradas con las personas de las mesas cercanas.
Vale, dijo. ¿Y si no me callo?
Tendrás que irte, concluí.
Una chica que iba a pasar entre nosotros paró antes de ser desintegrada por la tensión.
¿Porque lo digan las normas?
No, porque eres molesto y no te queremos aquí.
Volví al puf, intentando que mis pies pisaran donde decía que lo hicieran.
Un par de minutos después, en su camino a la salida, se pararon ante mí. El cerdo me miró con la nariz arrugada. Le devolví una mirada neutra con el pulso pegándome todavía en la papada. Pateó mi puf y se marchó. En cuanto se cerró la puerta con el sonido metálico de la cerradura, el aire circuló por la sala. La observé como si, de repente, fuera otra. Olor a libros recién llegados y viejos, a tinta y páginas. Los colores vivos de cientos de lomos y portadas. Sonidos tímidos remitiendo a sus frecuencias.
El silencio, nuevo y único.
Como la sonrisa de mi bruja buena.

