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Prohibido bajar a las vías

Está terminantemente prohibido bajar a las vías.

Es una afirmación que, dentro de las instalaciones de las estaciones de metro o los ferrocarriles, adquiere un tinte irónico. Burlesco.

Más que una advertencia, eufemismo de llamada al sentido común, suena a chiste negro. De los que te ponen en el caso de una persona que se ha tirado para tratar de acabar con su vida y el señor conductor -o señorita, que también las hay, y muy guapas- del convoy, en una suerte de estornudo providencial, ha llegado a frenar lo justo, no como para no atropellarlo, sino como sólo para cercenarle una pierna. Una de esas estridentes bromas de mal gusto del azar, destino o el simple resón de nuestras cuerdas cósmicas. Que termina, por cierto, con otro señor, aplicado encargado de las instalaciones ferroviarias, bloc de multas en mano, rellenando lo que buenamente puede para entregárselo al desgraciado que aún le ha salido algo muy sencillo, realmente mal: La cantidad a pagar por escándalo público, daños y perjuicios para con la imagen de la empresa y todo eso.

Y sí, insisto, es sólo un cuadro, posible, en el esperpento social.

No puede acabar en algo mucho más diferente, pasado el susto del hecho de que alguien podría haber sido un nuevo fiambre. Cosas de las reglas y los códigos sociales que, a pesar de regir forzosamente una estructura puramente comercial y funcional, desprovista de moralidad tergiversable en maquiavélica pretensión, se quiebran en una falta ética demasiado cercana a la idea en la que una chapita y un uniforme están por encima de las personas.
Siempre y cuando éstas, embriagadas por el progreso, lo permiten.

Debe ser por eso mismo, por el hecho de que ahora todo el mundo fue, es y va a ser desconocido ante una multitud y la falsa estructura que la acoja; que si uno se suicida, sea en las vías del tren o con arsénico en medio de la Castellana, no va a dejar de ser el suicida del día.

Lo que inevitablemente, me lleva a recordar que entonces, el mundo seguramente pierda un gran creador (artista, científico o desquiciado con ganas de volar un país entero) por día, en incidentes de esta índole, por accidente o por querencia.
Gaudí, por ejemplo, terminó siendo atropellado en las calles de Barcelona, por un tranvía y todo su peso.

Quizá entonces, las empresas ya estaban tan desprovistas de sentido humano, que le hubiera venido al pelo un cartel que dijera que estaba terminantemente prohibido cruzar por las vías.
Para verlo y pensar que, inequívocamente, el mundo estaba perdiendo la razón.

Lo que no termina de aclararnos, en ese pequeño marco de probabilidades, si entonces hubiera preferido tirarse a seguir distraído.
nov 21, 21:00 bajo ,

O_O Por Dios santo, ¿de verdad te ha ocurrido éso?
A una compañera mía la atracaron en el metro, rodeada de un montón de gente. Nadie dijo ni impidió nada.

Apokh    martes diciembre 5, 2006    #

Pues sí. Pasó =P

Todo quedó en un susto, que produce, lógicamente, la puñetera reflexión.

Por cierto, se te coló el dedo, pero aceptamos barco ;D

Otacon    martes diciembre 5, 2006    #

Vaya, lo siento T_T

Pues menos mal que quedó en éso : S Si es que el metro es todo un mundo…

Apokh    miércoles diciembre 6, 2006    #

¡No lo sientas, que no has hecho nada! =D

Tú lo has dicho, el metro es otro mundo. Un submundo en toda regla. Como una suerte de universo pre-Blade Runner.

Otacon    miércoles diciembre 6, 2006    #

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