Pool
La primera vez que jugué, lo hice llevando arriba y abajo una caja de botellas de cerveza vacías, casi apoyándome en ese bastón tan especial que me sacaba dos -aunque posible y honestamente fueran cuatro- cabezas. Fruncía el ceño al notar que el maldito taco era demasiado grueso y que era total y absolutamente inmanejable.
Pero me daba igual.
Desde entonces suelo, como decía, jugar en cualquier sitio donde haya una mesa. Y cuando no se puede, sonrío con mirada anhelante mirando ese terreno de juego que tengo vedado por la razón que sea.
Además, siempre suelo jugar solo. La gente dice que me deja pintas de asocial, de marginado. Asiento, sonrío, y entonces invito a esa persona a jugar. Porque sí, es cierto, me gusta jugar solo y encadenar jugadas mientras dejo la mente vagabundear con el deslizarse de las bolas por el tapete. Pero a compartirlo, nunca me niego.
Colocar las bolas de marfil, respetando los colores, la alternancia entre bandadas y lisas, dejando la negra en el medio. Luego elegir el taco y probarlo. Aplicando la tiza azul en el cuero de la punta, asegurarse de tener las manos limpias, pero no recién lavadas para evitar demasiada fricción o pasando esa otra pieza, normalmente rosada o blanca, de la que nunca recuerdo el nombre.
Calibrar el tiro. Asegurarlo seco.
Y entonces, plac.
Adoro el sonido de la apertura de una partida de billar casi tanto como el ronroneo de los puntos rodando rampa abajo, al cajón.
¿Juegas?

