Parábolas
Seguía su trayectoria con los ojos atento, mientras a su lado, en el césped, como él, reposaban su sombrero de copa, el bastón, y una estrellita de piedra que reposaba acunada en un guante blanco.
La bolita subía, se quedaba suspendida un instante en el aire, y bajaba. Justo a su mano.
Pensaba en que ese pequeño ciclo, que realmente quedaba siempre interrumpido, era la forma incompleta perfecta. Podía resumir todo lo que sucede en la vida sin un inicio, ni un final, ni todo lo contrario.
La bolita subía.
Las cosas buenas, por ejemplo. A veces eran como justamente eso, un frenesí que parecía querer lanzarte vete a saber donde, pero siempre hacia arriba.
Y bajaba.
Como la sensación de frío al estómago que suelen dejar las malas.
Arriba. El sabor de uno o varios éxitos. Abajo. Las depresiones de los fracasos.
Up. Blanco. Down. Negro.
Alto.
Cogió la bolita un momento entre sus manos. Lo bueno de las parábolas es que poseen ese doble sentido tan divertido. De esa manera...
El color naranja ascendía.
A veces las cosas se hacen demasiado cuesta arriba.
Las patitas, descontroladas, seguían el resto del cuerpo en un descenso.
Otras, sin embargo, el vértigo de una caída libre parece darnos nuevas, efímeras y necesarias alas.
Arriba. Todo el camino hasta llegar a algo que deseas. Abajo. Donde quedan los que tratan de interponerse, con o sin necesidad de entrar en liza directa.
Su. Negro. Giù. Blanco.
La bolita aterrizó en su mano.
Se levantó, recogiendo las cosas y metiéndolas en su sombrero, donde, casi como por arte de magia, desaparecieron. Y de repente, al ponérselo, él también lo hizo.
Y quedó en el aire el silencio de los grises. Y los rojos. Y los verdes. Y los amarillos-púrpura.
Porque al final, lo que cuenta no solo son las parábolas, o los extremos.

