Hacktivate Your Mind ! v9.0

Pan y queso

Miró las paredes de piedra y suspiró.
—¡Miguel, ven!
El nieto se llegó al lado del abuelo tras una de esas carreras que sólo los niños saben hacer. Puso sus manos sobre la madera rústica y observó al viejo con sus ojos claros.
—Siéntate, hijo.
—¿Me vas a contar una historia, abuelo?
—Hoy no. O igual sí. Pero primero, siéntate —dijo, moviendo un taburete.— ¡Que yo más que tu madre quiero que meriendes un poco!
—¿Entonces sí me vas a contar una?
El chiquillo se sentó mientras su abuelo parecía rebuscar las palabras en las estanterías sabias de su mente.
—Bueno, todo exilio tiene una historia.
—¿Exilio, abuelo?
—Sí ¿Sabes lo que es?
—Claro, abuelo ¡ya voy a sexto! Es cuando a una persona se la obliga a marcharse de su país ¿no?
El viejo asintió sonriendo.
—Pero no sólo eso. No sólo eso.
Alargó una mano y partió un trozo de pan. Despacio, lo levantó mientras buscaba con sus ojos esos otros, los de una generación nueva.
—También es el sitio donde alguien exiliado va a parar.
—¡Es verdad!
—El caso, hijo, es que un exilio comprende siempre una separación de un lugar. Quizá por ver la vida diferente a cómo la ven los que llevan un país o sólo porque uno necesita estar solo.
—¿Y quién querría estar solo, abuelo? No lo entiendo.
El chico contemplaba el trozo de pan más pequeño, pensativo, con un mohín de duda en la cara.
—¡Mucha gente, Miguel! A veces es la única forma de encontrarse. Es la gran aventura de enfrentarse al mundo con las manos vacias. A medida que alguien que emprende esa aventura va viviendo cosas, aprende cómo es al superarlas. Y al final, ya no es como cuando salió, sino alguien totalmente distinto.

El viejo se levantó un momento de la mesa, sonriendo, para recoger una forma de queso y cortar una porción. Giró sobre sí y miró a su nieto con el queso montado encima del pan abierto en dos.
—¿Dices como un poco de pan cuando le pones queso?
—Eso es, hijo. Tú lo has dicho.
La risa se apoderó del anciano y cerrando el tentempié, lo dejó frente al niño. El niño recogió el bocadillo. Tras darle un tiento sonrió entre satisfecho y aprobador.
—¡Qué personas más raras! ¿No crees, abuelo?
—Quizá, Miguel, quizá.
Un zumbido retronó en la cocina rompiendo la magia de un momento con sus silencios.
—Anda, hijo, ve a jugar.
—¡Vale!

Y antes de que hubiera terminado de decirlo, había desparecido por el umbral de la puerta. El abuelo, apoyado en la mesa, se quedó pensativo mirando el vacío. Pasaron unos instantes donde su mirada se apagó un poco y finalmente, musitó:
—Sólo nos llevamos lo que recordamos. Que no se te olvide.



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El relato tiene dos correciones: la primera para darle un poco más de aire al niño y abuelo de lo que son: un niño y un abuelo; la segunda, es una reestructuración de algunas partes del relato que leídas en voz alta rompían el ritmo.

El original:
Miró las paredes de piedra y suspiró.
—¡Miguel, ven!
El nieto se llegó al lado del abuelo tras una de esas carreras que sólo los niños saben hacer. Puso sus manos sobre la madera rústica y observó al viejo con sus ojos claros.
—Siéntate, hijo.
—¿Me vas a contar una historia, abuelo?
—Hoy no. O igual sí. Pero primero, siéntate —dijo, moviendo un taburete.—¡Que yo más que tu madre quiero que meriendes un poco!
—¿Entonces sí me vas a contar una?
El chiquillo se sentó mientras su abuelo parecía rebuscar las palabras en las estanterías sabias de su mente.
—Bueno, todo exilio tiene una historia.
—¿Exilio, abuelo?
—Sí ¿Sabes lo que es?
—Claro, abuelo ¡ya voy a sexto! Es cuando a una persona se la obliga a marcharse de su país ¿no?
El viejo asintió sonriendo.
—Pero no sólo eso. No sólo eso.
Alargó una mano y partió un trozo de pan. Despacio, lo levantó mientras buscaba con sus ojos esos otros, los de una generación nueva.
—También es el sitio donde alguien exiliado va a parar.
—Oh. Claro.
—El caso, hijo, es que un exilio comprende siempre una separación de un sitio. Quizá por ver la vida diferente a cómo la ven los que llevan un país o sólo porque uno necesita estar solo y decide irse.
—¿Y quién querría estar solo, abuelo? —El chico contemplaba el trozo de pan más pequeño.—No lo entiendo.
—¡Ah, mucha gente! En ocasiones, es la única forma de encontrarse. Uno lo deja todo atrás para enfrentarse al mundo como si no tuviera nada. Y a medida que va viviendo cosas, va aprendiendo de sí mismo.

El viejo se levantó un momento de la mesa, sonriendo, para recoger una forma de queso y cortar una porción. Giró sobre sí y miró a su nieto con el queso montado encima del pan abierto en dos.
—¿Como un poco de pan cuando le pones queso y deja de ser solo un poco de pan?
La risa se apoderó del anciano y cerrando el tentempié, lo dejó frente al niño.
—Eso es.
—¡Qué personas más raras! ¿No crees, abuelo? Seguro que siempre olerán a rancio.
El niño recogió el bocadillo. Tras darle un tiento sonrió entre satisfecho y aprobador.
—Nunca se sabe, Miguel.
—¡Es verdad! El queso está bueno.
Un zumbido retronó en la cocina.
—Anda, hijo, ve a jugar.
—¡Vale!

Y antes de que hubiera terminado de decirlo, había desparecido por el umbral de la puerta. El abuelo, apoyado en la mesa, se quedó pensativo mirando el vacío. Su mirada se apagó por unos instantes. Al fin, musitó.
—Sólo nos llevamos lo que recordamos. Que no se te olvide.
oct 13, 21:12 bajo ,

Al contrario de lo que se suele pensar y comentar, el exilio también es para los valientes.

Apokh    domingo octubre 14, 2007    #

Más que también, diría que es especialmente para ellos.

Claro que no hay que olvidar que hay valientes y valientes.

Otacon    martes octubre 16, 2007    #

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