Odori
Es un olor que simplemente está. Acompaña.
Madera seca, apilada. Como la que se guarda cerca de la chimenea.
Ceniza. La poca que queda como poso en la bandeja que hay bajo un par de troncos que esperan ser quemados, ya a estas alturas, el próximo invierno.
Moqueta. Ese olor áspero y seco, pero reducido en agresividad como mil veces.
Polvo. El que trata de escapar de los tejidos y el que se esconde, entrechocándose las partículas como gente en el metro, para huir de la aspiradora.
Perros. No a uno solo, sino a varios, de los que están bien cuidados y no te empalaga su olor.
Bosque. Como el que tienen frente a la terraza, separándonos del resto de las urbanizaciones. Del pueblo. Del mundo.
Sol. El de primera hora de la mañana calentándote extrañamente por la nariz como sólo su luz -o una buena taza de café con leche-, puede hacer.
Piedra. La de algunas de las paredes o las del bosque. Es fresco, pero acoge, porque se puede calentar con el del sol.
Mar. Cabalgando con la brisa, escalando la montaña.
Papel. Vegetal, folio, de revista, de periódico, para bocetear en sucio, para imprimir en plotter.
Tinta. De bolígrafos, de rotuladores, de Pilot, de Edding, de Staedler, de Rottring.
Mina. De lápiz grueso, azul, de colores, portaminas.
Café. Cargado, fuerte, que se deja notar desde un piso más abajo.
Loción para después del afeitado, que extrañamente, se queda hasta poco antes de comer.
Pan. Recién comprado, del que venía en bolsitas de plástico agujereadas.
Perfume. Flotando a lo largo del día intermitentemente.
Pasta. Al dente, con, o sin salsas.
A todo y a nada. Porque son tan débiles cada uno por separado, que sólo cobran sentido cuando están todos.
O quizá sólo sea yo, mutilando la realidad para quedarme con las pequeñas cosas que se me quedaron grabadas más allá de la pituitaria de pequeño.

