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Nubes y asfalto en Bilbao (I)

El sol parecía escupirnos los rayos en su resplandor rojizo de amanecer. Nada de descripciones idílicas, que me acabo de levantar, parecía decir. Y con esos malos modos, comenzó el viaje a Bilbao.

No estoy muy seguro de si debería hacer un resumen a lo cronológico. Tampoco de si debería hacer una suerte de guía de sitios a visitar en Bilbao. Dudo entre jugar con la posibilidad de omitir todo lo personal y hacer una anotación aséptica; o contaros algo que salga más de mi interior.
Y dudo principalmente porque, como siempre me sucede en viajes de cierta envergadura, lo que quiero contar se me agolpa en un cuello de botella.

Pero allá va.

Hay viajes y viajes. Algunos los sientes en todo su esplendor y el mundo parece estar directamente en contacto contigo, contagiándote la armonía y facilitando que tú puedas expresar todo lo que te recorre. Éste no era de esos.

Estuvo lleno de esa clase de momentos que se guardan a fuego en tu memoria. Situaciones que a priori no son importantes, no tienen mucha trascendencia, ni marcarán un antes y un después en la historia de la humanidad. Asuntos de segundos o minutos que encierras en una caja en el fondo del corazón, que traban y funcionan asociando recuerdos y sensaciones, nuevas y viejas por igual. Fracciones de mi historia que bajo una apariencia formal y protocolaria, descafeinada y aséptica, se entrelazaron con muchísima fuerza en mi alma.

Lo bueno de estos viajes de deseos tan amplios es que sabes que siempre te obligarán a volver. Es sencillo: o te dedicas en exclusiva un tiempo largo a hacerlo todo; o te olvidas de eso y fraccionas, a ver qué antepones. Lo cual, dicho sea de paso, es una mierda como un piano, porque no hay modo de ceñirse a una cosa. Aunque es algo tan así, tan suyo, que termina por tener su encanto: el que consta de cosas que salen bien del principio al final; planes de ahora para dentro de un minuto; los que salen mal de primeras pero perfectos al final; los que se crean como un nuevo juego de niños; los que te dejan con un pensamiento de jo, pues vaya, flotando en la mente...

Y lo malo de estas cosas es que sentirse superado es el camino más engorroso del mundo. Además suele ser el tipo de senderos que se recorren inexorablemente, tropezando con las piedras y clavándote los cristales sin que puedas hacer más que esperar que pase todo, tratar de comprenderlo y torcer el gesto ante su jodienda particular hasta que se pueda volver a coger más o menos las riendas de la situación. Y tampoco es sencillo, porque a ver cómo te las apañas con algo que es menos tangible que una quimera.

Así que al volver a lo que hay hoy y mañana, todo es una amalgama tan espesa que sabes que hay cosas que han ido bien y otras que se han torcido; rectas y curvas, recodos con y sin sorpresa, historias místicas y leyendas tan ciertas como que dos y dos son cuatro.

En definitiva, como una road movie de un juego de niños en el que al final se descubre que la vida, a veces, sabe a nubes y asfalto.
abr 17, 09:13 bajo ,

El viaje veo que en general dejó marca a mucha gente. Aunque el tuyo fue, creo, un poco diferente al mío.
Realmente Bilbao me parece una ciudad especial.
Para mentes abiertas y con perspectiva.
La gente que dice que es una ciudad desagradable por su tono gris es porque no sabe apreciar las gamas agradables de este color.

Apokh    lunes abril 17, 2006    #

Pues la cosa está en que al resto no os he visto aún, pero sí, fue un viaje especial =)

La gente dice mucho, pero hay que saber ver con todo, sentir qué hay o no hay entre las líneas que se escriben.

Y sí, mi viaje fue algo distinto al tuyo. ¿Lo compartimos?

Otacon    lunes abril 17, 2006    #

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