Minuto 4, segundo 52
Ella salió de la estación de paredes de ladrillo. Subió la rampa que le llevaba a uno de los extremos del puente blanco y lo atravesó fijándose de un modo distraído en los remaches desgastados y luego en las vías, que reflejeban las luces anaranjadas de las señales ferroviarias. Subió las escaleras reflexionando en qué estaría haciendo mal para que nada le saliese bien. O igual sí salía bien, pero del revés. Pasó por el callejón peatonal y levantó un poco la mirada para cruzar la calle que le separaba del parque.
Y las miradas se encontraron con la inevitabilidad del transcurrir de las cosas.
Al principio titubeó y avanzó observándolo distraídamente. Pero no tardó demasiado en tener la certeza de que igual había una respuesta en esos ojos amarillos enmarcados por un color ceniciento. No voy a llegar tarde a ningún lado, pensó. ¿Qué más da que me siente un rato?
Se sentó en uno de esos grises bancos de piedra y continuó con la mirada clavada en esos ojos felinos.
— Y ahora, ¿qué esperas de la vida? —preguntó él con la mirada.
— ¿Esperar? Cansada estoy de eso —dijo con un tono quedo, más para sí que para él.— De hecho, estoy cansada de eso y de mucho más. Como hacer las cosas y que salgan mal, de no encontrar una respuesta decente cuando la necesito, de llevarme decepciones cuando creo que finalmente puede que no las hayan. Ya sabes, esas cosas.
El gato se acercó y se sentó a su lado con la frágil y estudiada decisión que suelen usar los de su especie. Entonces, igual el problema no está en los demás, espetó con el pensamiento usando sus ojos como cañones. Quizá, señorita, el asunto pase porque las cosas suceden, sean o no importantes; y nosotros debemos amoldarnos y seguir siendo fieles a nosotros. Sin miedo, pero con excepciones que nos acompañen en esta vida.
Nosotros, a fin de cuentas somos lo único que tenemos, si somos realmente sinceros, a lo largo del tiempo. El resto, son meros acompañantes pasajeros que algún día se apearán en su estación, por la razón que sea.
Los ojos de ella se estrecharon en una mueca de disconformidad. ¿Y qué había de las promesas?¿Para qué contaba entonces todo eso en lo que creía si no era recíproco?¿Qué sentido tenía seguir una moralidad o desear hacer alguna cosa por el mero hecho de que la deseas por pequeña que sea?¿Qué había de todo eso a lo que la gente apelaba cuando era feliz o no, y que solía terminar roto cuando todo terminaba y los otros se bajaban del tren?
Él agitó su bigote y meneó brevemente su cola para posarla con elegancia sobre sus patas delanteras. Las promesas, transmitió, son esas cosas que debemos saber mantener sólo por nuestra parte, porque lo que hagan otros no son nuestras promesas. Que nosotros hagamos o deshagamos algo es sólo acción nuestra, y las consecuencias deben repercutir para nuestra paz. La gente rompe contínuamente pactos, todos y cada uno de nosotros lo hemos hecho o habremos de hacerlo alguna vez y muchas veces por motivos que nos superan.
Las palabras parecían aterrizar en la mente de ella usando como pista de aterrizaje sus ojos marrones iluminados por las farolas.
Pero hacer lo que creemos correcto es una decisión propia; y cualquier plan debe ser trazado con cautela y mimo, sabiéndonos capaces fríamente de afrontarlos en un futuro. Cualquiera que sea la consecuencia. Sólo los débiles hacen promesas que no pueden cumplirse, y a veces, esas personas débiles son las que terminan haciendo que las promesas de los fuertes no tengan aparentemente sentido alguno. Es por eso que una promesa tiene tintes sagrados; porque son de esas cosas que no se defienden a capa y espada, pero son capaces de otorgártelas. Y nadie debería hacerse una armadura con algo que sea fácilmente manipulable con el tiempo.
Es por eso que hoy en día, cualquier deseo hecho en tiempos felices debe ser tomado con sumo cuidado y estudiado a lo largo del tiempo. Porque pocos saben qué tan seguros pueden estar de respetar su palabra.
Lo importante -continuó el gato en conversación muda-, no depende de los demás, de su papel, de sus convicciones o de sus propias promesas. Lo importante es que lo que tú elijas seas consciente de lo que conlleva y que incluso en el peor de los escenarios seas capaz de afrontarlo, poniendo como salvedad, una postergación casual. Las promesas, señorita, no son cosas de dos. Son regalos para los demás. Si usted es capaz de crear una promesa fríamente, pero invirtiendo en ella lo que es su propia esencia, nada la destrozará, salvo condiciones de inevitabilidad extrema. Por eso tiene la sensación de que todo es efímero. Porque nadie hoy suele luchar por esas cosas, de ese modo. Es por ese motivo que las relaciones entre los de su especie terminan siendo una mentira con una melodía cualquiera que ésta sea.
Sin embargo, usted es como yo. Sabe que hay más tras el velo de la realidad. Y cree en cosas aunque lo que la vida suele demostrar tienda a enterrarlas bajo capas de mugre. Algunos lo llaman pensamiento utópico. Otros, honor. Ambos, a día de hoy, son para el resto del mundo, una lacra, u objeto de mofa y befa. Infecciones en la reputación otorgadas por los sueños, o la fuerza, según se mire.
No merece la pena cuestionarse a uno mismo cuando el resto del mundo es el que falla. Lo que merece la pena es luchar por hacer que al menos nuestro pequeño mundo sí provoque que otros no fallen más que por sus propias causas.
Ella parpadeó de repente, como despertando. Sacudió la cabeza y un mechón se deslizó.
— Creo que va siendo hora de irme a casa, Señor Gato.
Se levantó y tras ajustarse la chaqueta siguió su camino después de dedicarle una última mirada al animal.
El felino se limitó a seguirla con tranquilidad y cuando estaba lejos, suspiró.
Y la chica notó palabras revolotear en su cabeza, como si acabaran de estrellarse, llegando desde la nuca, mil hojas de papel: Nuestros propios sueños son nuestra fuente, y lo único que realmente tenemos para ser y existir. Cualquier cosa que no sea nuestra, no somos nosotros.
Revisado el dos de febrero de dos mil siete. Anotación original del dos de octubre de dos mil cinco.

