Mejores tiempos
En aquel que hace un par de navidades me hizo llegar al correo una foto con su hija, a la que se ha llevado junto con su mujer a Cantabria porque Catalunya le parece un mal sitio donde vivir.
O ese otro que me envió hace un año, más o menos, unas cuantas fotos de su estancia en Alemania, sin rastas, con los glaucos ojos cansados y con una sonrisa satisfecha. El mismo que, dándole vueltas a un café con leche, me contaba como casi deja su pellejo en su cama, hasta el culo de pastillas.
En el colgado que aporreaba la torre de una de las máquinas mientras decía cosas inconexas como tae, tae y ¡Ñagñ!; que hace poco me contaba que tenía la vida rota.
Otro, que ahora está en Tenerife, acompañando a su chica, de la que, según sus palabras, está cada día más enamorado, a su modo.
De ese otro chavalín que no se enteró mucho de qué iba Cisco, pero que le ponía tanto empeño que a veces, sudaba en los examenes casi como un David enfrentándose a un Goliath con la única herramienta de su tesón.
El chico que, en la cena de final de curso, para tratar de acercarse a una compañera, le enseñó una de las costumbres de su pueblo -sostuvo- arreándole un lametón por todo el moflete.
El taimado, que siempre me miró con la ironía del que sabe que era novato en esto de enseñar y el respeto de quien ve a alguien echándose al ruedo a sabiendas de la cornada segura. Que me saludó hace unos meses cuando salía de un restaurante y, crítico, observó que ahora sí se sometería sin mucho pensarlo a mis clases.
O el tipo con el local más destartaladamente chulo que he visto, que compartió fumada y una coca-cola y al que me he encontrado en varias ediciones del Salón del Cómic.
Echo de menos ser Vinchi, Vinchen, Vin e incluso, para el grupo de nfermos, Otah.
Os cuento un secreto: Uno es el grupo que tiene.
Quizá por eso, volveré a ser profesor dentro de poco.

