Magia
— Está bien, está bien. No me meta usted prisa, señorita, que sé cuándo salir.—murmura mientras ella cierra la puerta del despacho que hace las veces de camerino.
Le da vueltas a su sombrero de copa, pensativo. Al cabo de un instante, mete la mano en el interior y, después de un ligero brillo, extrae una fotografía. Casi sin mirarla, vuelve a dejarla dentro. Hoy no, dice.
Se apoya en el respaldo de la silla, cansado, y sus ojos se pasean por el techo.
Magia.
Existe, y de muy diversas clases.
Está la de las pequeñas cosas cotidianas como las sonrisas, los detalles, un regalo, un gesto. Dicen que no es muy poderosa, pero si te fijas, divagas. Comienzas a imaginar escenarios, desarrollos, causas, alternativas. Te hace pensar.
Luego hay esa otra, la de los grandes acontecimientos. Esta es traicionera, porque disfraza lo que tú no quieres ver tanto como embellece lo que sí quieres ver. Viene a resultar la herramienta de perfilar del programa de diseño gráfico de la vida. Cuando actúa, nada parece tener más importancia que un pequeño porcentaje de la escena.
Es la de las personas radiantes, la de los encandilamientos. La de los caprichos.
Coge el bastón y lo observa. Brilla reflejando las luces de la habitación.
Por supuesto, la magia tiene su lado malo, como todas las cosas. Por ejemplo, el miedo es una de sus variantes. Hace que todo parezca imposible. Provoca que te den ganas de quedarte encerrado en tu casa, una actividad, tu mente. En tí.
Otro ejemplo; la máscara traviesa e hija de puta de la magia es la que hace que de repente todo el mundo parezca un mundo más sencillo en el que vivir a costa de ver cómo otro lo pasa fatal. Algunos dicen que es una cuestión de supervivencia, lo que nos llevaría a pensar que la Magia es un acto genético, de selección natural.
Podría ser, ¿no?
Se levanta, gira sobre sus talones y observa su reflejo en un espejo desmontable. Chasquea la lengua, se coloca el sombrero y se atusa bien el traje.
Porque hay que tener claro que la Magia nunca se descubre. Se desnuda, en todo caso. Muy pagada de sí misma, jugueteará con tus sentidos y tendrás la sensación de haberte tragado una estupenda pastilla o el veneno más duro. Y luego, al cabo, dirás que fue algo como mágico, para bien o para mal. Cuando ya haya pasado, ¿comprendes?
Pasea por el pasillo después de cerrar con cuidado y se encara a la puerta de un comedor disfrazado de improvisado escenario.
El problema de la Magia es que la gente no cree en ella. En ninguno de todos sus sentidos.
El telón corre.
Por eso se le llama Magia.
Porque, en el fondo, cualquier cosa puede serlo.

