Mafalda
Pero hubo un tomo que siempre se me resistió a medias. Uno blanco y con una niña cabezona, coronada por un lacito, con un vestido rojo y un acentazo argentino que a veces me perdía. Tenía mil referencias políticas que se me escapaban y hablaba de un modo que me era familiar, pero con unos matices que por aquel entonces diluían toda la gracia. Así que me dije que ya lo leería con calma.
De momento, buscaría las tiras que me parecieran divertidas.
Años después, releí esa misma recopilación de Mafalda. Esta vez, de cabo a rabo.
Y disfruté mucho más, claro está. Aunque, casi despertando, comenzaba a darme cuenta de que tras esas escenas de niños se encontraba una realidad bastante más amarga. En parte, se puede decir que fue una de las cosas por las que me dí cuenta que empezaba a crecer.
Hace poco me compré lo último editado, el Todo Mafalda. Por supuesto, se encuentran las tiras de ese encuadernado blanco más todo lo que Quino fue dibujando entre 1964 y 1973. Nueve años de historia encerrados en la vida cotidiana de unos niños, sus padres y su entorno, que relatan los miedos de la gente a caballo entre lo cotidiano y la Guerra Fría.
El problema estriba en que releyéndolo ahora como mínimo diez años después, tira tras tira uno no deja de caer en que la historia de Mafalda podría seguir haciéndose. Que de hecho, sigue en cientos de historietas de diversos autores, aunque se parase en su día con su propia identidad para la posteridad y me parezca una de las obras más tiernas y contundentes que ha parido el siglo XX.
Pero aterra pensar que lo contenido en ese tomo blanco siga significando algo tan negro, más de treinta años después.

