Llaves y recuerdos
Luego aparcaste tu bolso forrado como con viñetas de comic de los sesenta de un modo tan presuroso que solo me dio tiempo a verlo caer de reojo y comenzar a moverme para cogerlo en el aire. Entonces cayó, saliendo de él un libro y unas llaves.
El libro, de arquitectura, me tenía que haber dado una pista.
Pero después de darte el bolso con todo dentro, leyendo de tus labios tus gracias y de tus ojos el alivio de que no había pasado nada, te odié.
No lo sabrás nunca. Tampoco hace falta.
Trajiste a mí recuerdos de hace diez años, de por estas fechas, sólo con ocho días de retraso. Ocho.
Como los dedos de las manos que reflejadas en el cristal, tenían los pulgares escondidos y yo escrutaba incrédulo.
Idénticas a las suyas.
En forma. En modo de sostener un libro. En cuidadas. En decididas pero cautelosas con las hojas que rozaban.
Reavivaste su recuerdo.
Con ese y mil detalles más que se escondieron entre reflejos, luces y la oscuridad de la noche que atravesábamos en el tren.
Quizá daría igual si no tuvieras el mismo nombre que ahora decora su nicho.
Si tus llaves no colgasen de tu nombre.
Cynthia.

