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La Sombra del Viento

Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados.

Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi padre—. Nia tu amigo Tomás. A nadie.
—¿Ni siquiera a mamá? —inquirí yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.
—Claro que sí —respondió cabizbajo—. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.


Así comienza el mejor libro que he leído este año. Y no sé si el autor se molestará porque haya aquí reproducido esto, pero de hacerlo, le pediría disculpas antes de enterarme por su puño y letra, tecla y cinta, o teclado y ratón. Le pido disculpas como a todos los autores que he citado, pero le diría que no es, desde luego, un intento de apropiarme de su creación. No lo es porque ya lo hice.

Cuando terminé el libro sentí ese desasosiego de querer más, de necesitar seguir la historia y empaparse de todo el ambiente de una Barcelona vieja, pero no antigua; señorial, pero no pomposa; gris, pero no monocroma. De saber qué pasó realmente con Julián Carax, de si hubo muchas más aventuras después de la página quinientos setenta y cinco, si hubo más paseos por las Ramblas, más suspiros en la Barceloneta, más intrigas en el Raval, más sentimientos agarrotando el pecho mirando al Tibidabo.
De todas esas cosas que uno siente cuando de repente se da cuenta que aunque las letras efe, i, ene no están allí presentes, debe resignarse a concebirlas. De ese sentimiento similar a haber notado como un globo se infló en tu pecho y de repente, se ha comenzado a deshinchar, dejando los músculos, los pulmones y el corazón agitado acostumbrados a esa, su ubicación no natural. El notar que esas páginas habían anidado en tu interior y saber que por mucho que otras circunstancias quieran, seguirán ahí por el resto de tus días. Y no podrás evitar imaginar al ver las calles angostas, una figura embutida en una gabardina negra mirándote con los ojos fijos y vidriosos, iluminados por la brasa de un cigarrito que se va consumiendo lentamente, convirtiéndose en ceniza y volutas de humo al ritmo de una respiración siseante.

Por eso, digo, ya lo hice parte de mí.

Y precisamente, gracias a ello, inauguro esta versión de mi weblog. Para mantener un poco caliente el recuerdo, agitando las brasas de un fuego que haga lo que haga, nunca olvidaré. Porque no me apetece -aunque haya visto en Óscar Drai la figura de Daniel Sempere, y haya tenido la sensación de que Mijail Kolvenik guardaba cierto parecido con Julián Carax-, dejar de recordar que un día, yo también encontré mi propia Sombra del Viento.

n'est pas?


Escuchando: Deep Purple - Demon's Eye
dic 24, 04:10 bajo ,

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