La chica de los labios azules
Como hoy.
Ella era gordita. Tenía unas gafas pequeñas que ocultaban unos ojos marrones y el pelo teñido a rojo o morado, en contraste con los labios negros o azules. Según la semana. El rostro, por esa configuración estética, parecía salirse a la altura de los carrillos.
Llevaba un bolso pequeño, de esos en los que era impensable guardar más que la funda de las gafas y la de los tampones sin tener que apretujar la cartera.
Se podría decir que para mi gusto, no era guapa.
Pero siempre llevaba la cara alta, con ese aire de desear que le jodan al que mire y no le guste. Ya sabéis, con una sonrisa despreocupada y sincera de oreja a oreja. Supongo que por eso, nunca la ví falta de amigos, porque realmente era simpática. Cosa de hablar un poco, sin muchos rodeos, por lo que recuerdo.
Eso da un punto valioso (casi el que más) a una persona.
Hoy me encontré a esa chica en el metro.
O a sus restos.
Iba con la cara cenicienta, el jersey azul celeste y marino, de punto, como los de la abuela. El pelo rubio en su color natural, enmarañado y corto, hacía un contraste grotesco con unas gafas que parece que de pequeñas comieron muchas sopas. Llevaba sólo un librito de autoayuda al que se aferraba con un par de manos descuidadas como si fuese su particular escudo mientras miraba al mundo nerviosa.
No creo que perdiera su sinceridad, pero seguramente le costaria sangre y sudor darla.
¿Véis? Sorprendido y haciendo balance. No falla.

