Joaquín Sabina - Pongamos que hablo de Madrid
Recuerdo haber llegado a Atocha y sentir, con una mezcla de miedo y arrogancia, como ése iba a ser un sitio importante. Debía ser la misma sensación de los héroes que empiezan las grandes aventuras en los libros, cuando no saben que van a ser los protagonistas.
Me asalta ahora mismo, en pleno cambio de agosto a septiembre, el toque fantasmal de un frío cortante a primera hora de la mañana, caminando por el rastro.
Y el olor de los cafés que tomé, cartera en mano, pujando por a ver quién invitaba primero, si ella o yo.
La sombra de los ojos que terminaron por ser fríos, oscuros como pozos sin fondo.
El retorno, meses después, cuando sabía que ciertos fines vienen a mitad de la película y no quería verlos.
El juego de tí de volver a la ciudad, jugando a no ganar, redescubriendo y vibrando con la resonancia histórica. O quizá sea solo la misma reverberación que ahora experimento, asociada a un marco concreto y palpable.
Un contexto formado por el puzzle de retazos de historia que encajaron con las únicas costuras posibles: con nombre, en forma de calles.
No puedo decir que Madrid sea mi segunda casa. Pero ahí habita una buena porción de mi corazón.
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.
Donde el deseo viaja en ascensores,
un agujero queda para mí,
que me dejo la vida en sus rincones,
pongamos que hablo de Madrid.
Las niñas ya no quieren ser princesas,
y a los niños les da por perseguir
el mar dentro de un vaso de ginebra,
pongamos que hablo de Madrid.
Los pájaros visitan al psiquiatra,
las estrellas se olvidan de salir,
la muerte viaja en ambulancias blancas,
pongamos que hablo de Madrid.
El sol es una estufa de butano,
la vida un metro a punto de partir,
hay una jeringuilla en el lavabo,
pongamos que hablo de Madrid.
Cuando la muerte venga a visitarme,
que me lleven al sur donde nací,
aquí no queda sitio para nadie,
pongamos que hablo de Madrid

