Implicaciones
No un jodido favor.
Implicarse. Es lo que se supone que se espera de tí, corderito de buenas maneras. Que pongas las herramientas, el camino, las manos, los pies, la cabeza y el culo. Sobre todo eso: El culo.
Implicarse. De ese modo tan sencillo que les permita acallarte y luego te fusilen directito a la cabeza. Ya sabes, con triquiñuelas, humo y sin escrúpulos. Te piden la patita, porque saben que tirarán con toda la fuerza para que, cuando los pies comiencen a asomar, puedan cortar a la altura de las rodillas. Así, por supuesto, no podrás hacer más que arrodillarte. Por la rabia, la impotencia o por implorar.
Claro que poniéndonos a pensar, nunca tienden a pensar que a nosotros nos importa más mirarles de frente. Pero claro, tan bien les hemos acostumbrado a que nadie les mire a los ojos que cuando lo haces, tampoco se preocupan mucho. Uno no hace gran qué, recuérdalo.
Ahora voy a lanzar una ronda rápida de preguntas, ¿vale? No respondas si no quieres. Deja que entren y luego piensa.
¿Implicarse para qué? ¿Para ganar una experiencia futil, a menos que sepas qué cartas te quedan por jugar? ¿Para un quehacer que ni te va ni te viene? ¿Para hacer cábalas y malabarismos con los que pasar poco a poco?
¿Implicarse por quién? ¿Por ellos? ¿Por tí? ¿Por los que están a tu lado en el día? ¿O por las personas que te sobornan para que estés a su lado?
Implicarse.
Claro.
Respóndeme -ahora sí- ésta pregunta seas quien seas, de un modo sencillo, claro y rápido, sin pensártelo mucho: ¿Te implicarías con tu manipulador?
Bienvenido al País de los Verdugos.

