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Historia de Urden (I)

La luz del sol se arrastraba por la superficie de Azeroth, perezosa, casi líquida, con ese caer repentino cuando se encontraba con un precipicio o un risco que sólo la mostaza sabe hacer. Algo así como un plop cósmico. Tan pronto avanzaba lenta y segura de sí misma, como caía de repente con un sonido similar a un zumbido silencioso, por el lateral de ese risco, ese precipicio, ese edificio de barro o ese árbol raquítico de ahí enfrente. Era una propiedad interesante. A veces caías cientos de metros (o de pies) sin hacer ruido alguno. Claro que a veces el golpe podía ocasionar alguna fuga y, bueno... ¿Qué? Oh, de acuerdo.

Lo malo de llamarse Urden es que todo el mundo piensa que, algún día, el mundo hablará de tí. O al menos, una parte del mundo plagada de chicos que deberían de dejar de tomar chocolate, por cuestiones estéticas, mientras apartan el vicio de tanto librito de historieta narrada gráficamente. Nada de libros grandilocuentes y universales, con locos que se dedican a correr mundos enteros, buscando princesas con pedigrí, montes para quemar anillos, enemigos de otros planos de existencia, lo que sea. No, tiene que ser un objetivo claro y conciso. No vale algo como la búsqueda interior de la calidad élfica de vida, o la duración de los mundos y todos sus seres en el esquema de las cosas, como tampoco es válido algo tan confuso como las preguntas elementales de la vida: ¿Por qué la tostada siempre cae del lado de la mantequilla y por qué los gatos caen de pie?
Cuando te llamas Urden, sienten la irrefrenable necesidad de apuntarte y decirte que tienes una mascota con nombre de neumático, detergente o alguna otra cosa que parezca sacada del diccionario orco.
Cuando tienes mi nombre, las nenas deberían volverse locas, pero alguien corrió el bulo de que a tí sólo te gustan las profundidades bien oscuras, solitarias, apartadas del mundo.

Y así me va.

La verdad es que nací en un sitio oscuro. La luz, en vez de arrastrarse hasta él, pasaba de largo. Imagino que no tendría un sitio donde dejarse caer, con ese crujir insonoro tan propio de ella. Creo que a esos sitios les llaman cuevas.
Hasta donde me alcanza la memoria -que no es mucho, teniendo en cuenta que no tiene brazos-, podría asegurar que mis padres y yo tuvimos una convivencia corta, porque no los recuerdo. Sin embargo, había un gusano enorme, de esos que no querrías ver ni en el mejor de los quesos azules, que me dió cobijo durante unos años. Me encerró en un capullo y luego, pues debió olvidarse de mí. Debe ser que al no ser un animal en toda regla, percepciones femeninas a parte, no le gusté.
Pero fue lo más parecido a una casa hasta que la tela se deshizo después de tanto servirme de alimento. No era un manjar, pero hizo sus funciones hasta que empezaron a caérseme los dientes. Los enanos dentistas de Ironforge decían que era cosa del azúcar, que a veces puede ser más duro que el diamante. Yo creo que fue algo natural, como cuando una serpiente cambia de piel, o un reino de gobernante.

Cuando te comes tu casa, te das cuenta de que hay ciertas reglas en la naturaleza que te conducen a saber que no deberías haberlo hecho.
Pasar frío durante el invierno, en una cueva en la que no da la luz, abrigándote sólo con los animales que cazas, es una de las cosas dictadas por esas Reglas.

Lo que yo siempre digo, es que a mal tiempo, buena cara. Así aprendí a hacerme a la idea de cómo sobrevivir sin techo, sin paredes, sin cuadros, sin mesa, sin tazas donde desayunar y, tampoco, sin letrina propia. Algunos animales se revolverían en su tumba si supieran qué pasó con ellos, después de matarlos, para aprender a vivir sin ese último detalle. Experiencias como esa marcan a uno y le hacen un elfo valioso. Quizá no para la sociedad, pero sí para su sentido de la supervivencia.

Llegó un día en el que las cuevas ya no me servían. Eran pequeñas y yo medía más de dos metros (unos siete pies). La situación era insostenible, no nos llevábamos bien, y comencé a aventurarme fuera de ellas. Si alguna vez he blasfemado en algún sentido, creo que fue cuando descubrí cómo de bien caía la luz. Afortunadamente, uno aprende que la luna es menos dañina para el cutis y los ojos, así que emprendí una vida en la que la noche era mi aliada. De vez en cuando sentía la curiosidad de acercarme a un poblado, pero no me parecía una curiosidad tan tentadora. Dicen que la curiosidad mató al gato.
No sólo le mató, sino que lo ató, lo metió en una bolsa, y lo encadenó a una piedra, tirándolo al río para que, irónicamente, fuera alimento de pescadillas furiosas. Que diría aquel.

La gente, sin embargo, sí que había visto indicios de mi existencia. Ya he comentado que algunos animales se revolverían en sus restos si supieran qué pasa con ellos, después de morir. Así que entré de lleno en la leyenda local. Algunos decían que era un Yeti. No me importaría, van bien abrigados. Otros decían que sería un Gnoll, lo que me trastoca, porque nunca he sido tan feo. Los menos, intuían que podría ser una suerte de ermitaño. Todos suponían cosas, menos una persona.
Un niño.

Un niño con la convicción extrema, afianzada en su mente como un cangrejo cogiéndose fuerte a tu dedo gordo.

Un niño que Afirmaba.

Que afirmaba que sabía que yo era el perrito que sus padres nunca le regalaban...
dic 15, 15:24 bajo ,

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