Extremos
—¿Otra?
El universo parpadeó en la ventana, reflejándose en los ojos de ambos. Tenía horizonte.
—¿Quién es?
—Simplemente otra.
—¿Es mejor que yo?
Él se apoyó en la ventana y tomó aire del infinito. El universo tenía horizonte, y era esférico, pensó. Como si la luz, al ser incapaz de abandonarlo, se rindiera ante la evidencia, recogiendo sus bordes.
—No lo sé. Nadie lo sabe.
—¿Cómo puede ser otra, entonces?
—Porque existís.
—¿Sólo eso eres capaz de responder, insolente?
Se giró dejando el Todo que bien pudiera ser Nada a sus espaldas, como si usara el cosmos y sus dimensiones paralelas para impulsar sus palabras.
—¿No lo entiendes, verdad? Eres tan grande que has perdido el Norte.
—No me hables con tus conceptos dimensionales, limitados y temporales.
Se quedó pensativo.
—Puede.
—No, puede no.
—Bueno, pues puede que no.
Los ojos pálidos de ella lo escrutaron. El silencio relampagueaba.
—Maldito seas. Me diste sentido y ahora deseas irte con otra. Quieres dejarme atrás, sola en este castillo de piedra, madera, agua, fuego...
Él se llevo un dedo a los labios y sonrió. Negó con la cabeza.
—Ahora hablas tú con términos de mis dimensiones. De todos modos, no creo haber dicho en ningún momento nada de eso.
—¡Pero piensas en ella!
—Tú también piensas en otros, jinetera.
—¡Es distinto, no tengo elección!
—¿Ah, sí? Estás en boca y alma de todos. ¡Los tienes a tu merced! Lo he visto. Te aman, se aferran a tí, parecen hacerlo todo solo por y para tí, por tus caprichos y seguir teniéndote.
—Es mi deber, no puedes reprocharme eso.
—Dime: ¿Realmente no te parece injusto?
—No tengo otra elección. Puede que otros me observen y que veas parte de mí en todos ellos. Pero también recuerdo que me has compartido con los que más aprecias durante noches y días enteros, y me he arrodillado a tus pies y los suyos para que así pudiera ser. ¿No era acaso tan puta entonces? ¿O sólo soy una de esas si sirvo a alguien más que los que tú conozcas, sin tu permiso? Y sin embargo, mírame. Soy toda y únicamente tuya, por muchos que beban de mi sabiduría, sangren de mis azotes o se deshagan de placer en mis entrañas. Sólo tú puedes verme tal como soy. Sólo tú me has probado, enfrentado y conocido.
—¿Sólo yo conozco tu cara?
—Eso es.
—¿O sólo conozco una de tus caras?
Los tirabuzones rubios de ella pendularon. Centelleaban sus ojos, sus labios y sus palabras.
—¡Estúpido!¡Claro que solo conoces una de mis caras, porque para tí no puedo tener más!— Dio un paso al frente.—¡Si pudieras verme por completo te volverías loco!
—Entonces comprende que si tú misma admites ser incapaz de confiar en mí, no pueda hacerlo yo en tí.
—Sólo si confiaras lo suficiente en tí, podríamos confiar el uno en el otro.— Ella se sentó y lo observó, distante. Y bien ¿Quién es?
Él sostuvo la mirada clara y sintió su ser reflejado.
—Ella.
—Ya veo...
Silencio.
El romperse de un cristal.
El craqueo de su resquebrajarse.
El sonido del vacío.
—¿Me vas a dejar por ella?
—No lo sé. Cuando te canses de mí, supongo.
—Te cansarás antes tú de mí.— Sonrió, triste.
—No lo creo.
—Hay otra. Puede ser ella o cualquiera, nada cambiaría las cosas. Es una sentencia.
—No, eso sí que no. No puedo irme con cualquiera. Tú no eres una cualquiera.
—¿Ahora me halagas?
—Ahora y siempre.
—Embustero.
Un tintineo en el aire. Sueños, quizá.
—Mira cariño, dijo ella. Es una cuestión de tiempo. Empezarás a completar proyectos, a pensar tanto que te cansará todo lo que pueda ofrecerte porque tú estarás con el cuerpo agotado tras haberte dedicado todo el día a aprender a no ahogarte. Y de repente, llegará el momento en el que empieces a pensar que necesitas un cambio. No te pareceré tan atractiva, tendré achaques y seré fea y molesta a tus ojos y sentimientos.
Suspiró.
—Seré tu mayor estorbo.— Se levantó y posó una mano en la cara de él.—Será entonces cuando verás algo más que sí merezca la pena. Irás a por ella con todo y cerrarás la puerta de atrás con un leve chasquido.
Una lágrima corrió por su mejilla.
—Es lo más doloroso de ser Eterna.
En ese mismo momento, en el otro extremo del Infinito, mucho más allá del punto de rendición de la luz.
—Hay otra, le dijo.
La Muerte sonrió.
—Entonces, es hora de reencarnarse.
Amsterdam.
28/07/2007 02:08am

