El carro
Quizá el alcohol tenga también algo que ver.
La cosa es que se paró a pensar, cabeza apoyada en la pared, mientras alguna que otra estrella pretendía hacerle la competencia a las luciérnagas de las luces de la ciudad. El momento se hizo fuerte y evitó que se lo llevaran de ese reducto temporal con uñas y dientes, afinando colores, estilizando contornos.
El suelo de piedra reverberó los quejidos de una tierra azotada por el paso de un convoy de metro y, por otro segundo, evitó que él permaneciera en ella. Se puede volar sin despegar. Sólo hay que aprender a hacerlo.
Se encendió un cigarrillo. El humo dibujó graciosas formas en el aire que se contorsionaban y parecía que fueran a ser sólidas en breve, de aquí a un rato.
Y pensaba, con el corazón sobrio, en lo que a veces te tienes que tragar. En las cosas que conforman tus secretos, que tan pronto te dan la fuerza para comerte el mundo, como te meten en un atolladero en el que estás atrapado.
— ¿Estás bien?—dijo ella.
— Sí, sí. Es esta mierda, que lo ciega a uno.
— Ciego, ésa es la palabra. O no.
Un resoplido de fastidio anunciaba la venida de curvas.
— No me jodas, anda. Que ya tengo suficiente con lo mío.
— ¿Y qué es lo tuyo?—espetó, desafiante.
— Bueno... ya sabes. Eso. Y eso otro.
— ¿No te han dicho alguna vez que eres tan elocuente como una caja fuerte y accesible como si además estuviera en la cima del Acongagua? Mira, tío, estoy hasta donde no voy a decir de tus sandeces. De tus historias casi sin sentido y aparentemente caóticas.—le dió la espalda por un momento, volviéndose a girar al cabo.—No olvides que sé mejor que nadie qué pasa contigo, y qué cosas tienes entre manos.
— No importa que lo sepas, si no haces nada con ello.
— ¿Ves? ¡Ya estás haciéndolo otra vez! Me pones enferma.
— ¿Qué he hecho?
— Dar lecciones sin estar seguro de qué pasa por esa cabeza de chorlito que tienes.—Y le golpeó la frente, como quien empuja una canica.
— Sé la teórica. ¿Me vas a culpar por eso?
— ¡No sabes nada!
Se removió, incómodo.
— Me estorbas.
— Te fastidias.
El silencio se tornó espeso.
— No te lo tomes a mal, ya sabes que tiendo a aparecer cuando menos te apetece, chico.
— Tú no eres el problema.
— En eso estamos de acuerdo.—respondió ella en tono gracioso.—Sabes cómo funcionan estas cosas. Vas cerrando los ojos hasta que ocurren y luego, o te subes al carro o el carro te lleva por delante. Es cuestión de coger las riendas.
— ¿Y, si por una vez estuviera harto de eso?
— Entonces....—y se irguió, con gesto de inevitabilidad.-Entonces, te jodes.
— Ya veo.
— Sí.
Un estallido de silencio hizo que él se girara a observar el entorno. La callejuela estaba vacía y las románticas farolas no habían cesado ni por un segundo su lumínica actividad.
— Pues lo que... ¿Mh?
Con gesto de fastidio comprobó como ya no había nadie más, realmente.
El carro, es lo que tiene.

