Dignidad
La piel grasienta habla de varias horas trabajadas. Las manos, ajadas y encallecidas, de otros trabajos poco gratos. Los ojos, de sueños rotos.
Esos ojos se quedaron velados por un momento entre pensamientos. Al cabo, un ligero movimiento con la cabeza, espantando débilmente a saber qué fantasmas. Las manos se escondieron en los bolsillos, dejando que la escoba se apoyara en su pecho. Miró a un lado y al otro, sacó un mechero, un canuto y la mirada de fastidio de quien sabe que eso se ha convertido en una de las pocas cosas que ayudan a superar esta clase de menesteres.
Me miró. Con una sonrisa cansada, casi irónica, encendió la chusta, entornando los ojos por el humo. ¿Quieres? No, gracias, repliqué con una sonrisa. Giró levemente.
— Haces bien, zagal.—Me miró, dando una calada, baremándome mientras se erguía.— Haces bien.
Con un ligero movimiento de cabeza se despidió de mí y del resto del mundo para volver a sus menesteres, dejando caer la escoba de su pecho para recogerla con la mano que sujetaba el porro. Una especie de soldado que ya ha terminado de desentumecerse los músculos y que vuelve a cargar con su equipo.
Y me alejé pensando que hay gente que conserva su dignidad incluso en la peor de las guisas.
Que eso, se lleva dentro.

