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Creación o Evolución

Leía hace un rato el artículo de Astroseti "Mecánica Lunar: ¿Qué es lo que Realmente Hace Girar a Nuestro Mundo?", cuando de repente me asaltó un recuerdo. Es un recuerdo que asocio a un pensamiento crítico inocente, basado en las pruebas que cualquier niño con un poco de curiosidad, hubiese podido formular.

Era un día de invierno de mil novecientos noventa y tres. Por ese entonces cursaba yo cuarto de primaria. Las paredes del aula, cubiertas en una cuarta parte de su extensión con unos azulejos picados, entre verdes y marrones, parecían dar a entender que contando el color crema lánguida del resto de pared, habían de ser testigo mudo de honor de cuántas horas pasábamos encerrados en esa amable estancia carcelaria. Las ventanas se abrían, grandes -y desde el punto de vista del niño más bajo de la clase, imponentes y con cierto aire sepulcral-, dejando entrar la luz débil que llegaba cansada de tanto batallar con el aire frío. Las mesas, que por primera vez en mucho tiempo habían hecho que fuesen comunitarias, en grupos de a cuatro, brillaban verdosas e invitaban a los lápices de los que, como yo, solíamos tener ganas de dibujar con la facilidad que se dejaban. El suelo, de color marrón claro y con las juntas ennegrecidas, hacía muchas veces su papel de camino a la perdición.
Pero lo que más me imponía de aquella habitación era el enorme Cristo colgado encima de la pizarra. Esa figura que nos miraba a todos donde estuviéramos, creía por ese entonces, con una mirada de dolor y tristeza tan bien cinceladas, que a veces me costaba saber si se me estaba encogiendo el alma de frío o por verle a él e imaginarme lo que me podría esperar a mí de estar en su lugar.

Y en ese marco, mi profesora de aquel entonces, explicaba ese día la teoría Creacionista afianzada a sus convicciones tras sus gafas de culo de botella de tamaño superior. Con el pelo corto, teñido torpemente quizá con sus manitas de cerda, enmarcándole una oronda cara que hacía juego a las formas de su cuerpo, que se adivinaban como se podría adivinar qué tipo de aparato cubría David Copperfield con una sábana enormísima. Ella aseguraba, sin escepticismo alguno, que Dios en su enorme magnificencia, nos había creado a todos. Que empezó un día, Lunes seguramente, a ponerse manos a la obra. Que Adán y Eva pulularon primero. Que luego vino el asunto de la manzana. Y que entre sacrificios y tíos con ganas de vivir más que cualquiera con posibilidad de emular a Walt Disney, el mundo comenzó a girar.

Entonces, yo recuerdo haber abierto los ojos de par en par. Haber notado que la bombilla en mi cabecita se encendía y que más que encenderse, directamente hacía arder la duda que quería que fuese saciada ante todo eso. Pues claro está, en mi mente de chiquillo tanto la Creación como la Evolución, podrían tener posibilidades de compartir piso, si una y otra no se chafaban los derechos en demasía. Entonces levante la mano tímidamente y debió ser la señal para que el mundo entero que me parecían mis compañeros, me mirara en una de las situaciones más comprometidas de mi infancia.

La profesora giró su cara para mirarme, con una mueca de fastidio. Arrugó la nariz para subirse las gafas, como cuando un gorrino olfatea carne y banquete, y me animó a formular mi pregunta.
- Entonces, ¿Qué hay de todo eso de que la tierra podría ser un montón de restos de otras cosas espaciales?
Lo pregunté haciendo un gesto de unión con mis manos, tanto ayudando a compactar mi concepto como escenificándolo.
- ¿Cómo dices? -respondió ella con un aire de incredulidad.
- Sí... Eso he leído en revistas... -notaba como el sabor de la vergüenza subía por mi garganta y se instalaba, socarrón-. Y lo he visto en documentales.-Creí que eso, a fin de cuentas, era una prueba bastante importante.
Ella arqueó una ceja con desdén, dibujó una sonrisa forzada, acolchada entre sus mejillas sobrealimentadas y se acercó, para que pudiera observar cómo iba a dejarme en ridículo.
- Claro, entonces Dios partió dos planetas para hacernos a nosotros y los juntó. ¿Con pegamento o con fuerza, nada más?
- No he dicho dos trozos, señorita. -respondí, ultrajado.- He dicho un montón de restos de otros planetas.
- ¿Y crees que eso es mejor? -decía mientras sentía que los argumentos se escapaban por mis manos, como si con ellas desnudas, tratase de coger un jarrón carísimo embadurnado en aceite.
- Me parece más convincente que no que un hombre se ponga a moldear las cosas porque quiere, creo...

Después de eso recuerdo que el grito que me taladró el cerebro que aconsejándome, textualmente, "dejar de leer esa mierda de revistas científicas", se quedaría grabado como a fuego; dándome la razón de que definitivamente, estar en ese colegio iba a ser un martirio, si seguía postulando a los cuatro vientos cosas que gente que llevaba decenas de años estudiando, no iban a hacer que otra que se limitaba a creer ciegamente, cambiase.
Con el tiempo, sin embargo, empiezo a creer que hoy en día, a veces las cosas tuercen del otro lado. Y me doy cuenta de que tanto unos como otros, siguen teniendo el mismo miedo irracional de compartir visiones y darle un margen de juego más grande a ciertos aspectos de la vida que estoy seguro, en ésta mía, no voy a descubrir.
No porque no quiera, sino porque empiezo a tener la certeza de que todo lo que podríamos considerar información válida está totalmente contaminada.


Escuchando: Metallica - Green Hell
Leyendo:
Iain Banks - El puente.
Carlos Ruiz Zafón - La Sombra del Viento.

"No hay ni un fragmento de prueba que explique qué es la vida." - Brendan Gill
dic 2, 18:21 bajo ,

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