Chasing Quorum
Ahora, bien poco tiempo después, termino por estar al frente de todo aquello para lo que, teóricamente, sólo era una interfaz. Y tengo un sabor agridulce en la boca. Como cuando sabes que algo ha terminado lo mejor que podía terminar, pero sigue pareciéndote que algo no cuadraba. Que había alguna cosa que no encajaba.
Sólo puedo deciros que he estado una semana fuera de combate, con fiebre, lo que vulgar y mundialmente es conocido como engripado hasta la médula. Al volver de ello, me encuentro como que algo empezado con toda la buena intención, ha terminado retorciéndose, pinchándose a sí mismo como cola de escorpión, hasta enrarecerse más de lo que jamás habría pensado que pudiera hacerlo.
No soy una persona impaciente para las cosas que me importan. Creo que he demostrado que ese proyecto, me toca más de lo que quería admitir. Si no, no me explico de donde saco tanta garra, entre tanto moco e ibuprofeno, para aguantar la transición. Bueno, sí que me lo explico: El motivo principal no es otro que las personas a las que engloba. No son amigos del alma, con los que haya llorado, reído u echado un poco de vino al gaznate en una noche de borrachera.
Pero son personas que me han hecho sentir bien. Y se merecen, como poco, mi respeto y que haga un poco por ellos para que ese sentimiento sea recíproco.
Y eso es importante.
Que a la gente no se le puede dejar tirada cuando las cosas van mal, es una de esas pequeñas lecciones que me dio mi abuelo en cuanto comencé a tener un atisbo de conciencia. Luego, aunque la perdiera, ya tenía algo que iba a formar un pilar de lo que actualmente es mi forma de afrontar la vida. Este engranaje, sin embargo, me ha llevado por el camino de la amargura en más de una ocasión: un curso que terminé a trancas y barrancas con la salud resentida, relaciones que no terminaban de romperse o crearse, malentendidos, confusiones, tensiones, broncas con algunas personas cuando otras estaban jodidas, e incluso broncas con las que lo estaban. Todo lo típico, imagino. Pero en el lado cabezón.
Me paro a pensar, sonriendo al creer fugazmente que mi hermano mayor, Tony Jazz, tenía razón cuando decía eso de que soy un jodido misántropo, pero con cierto toque humanista que me salva de la quema.
Por eso, aunque el motivo inicial que me ate a esas personas sea una tontería y yo la clase de tipo a la que le cuesta llegar, puedo decir que no me gusta ponerle la vida cuesta arriba al personal. No es cuestión de estilo o alguna maldita patraña de esas. Es algo que tiene que ver con hacer las cosas de tal modo que puedas decir que estás satisfecho contigo, porque te vas con la cabeza alta, conciencia tranquila y las cartas, boca arriba.
Incluso si alguna parte del colectivo consideraras deleznablemente sobrante, no hay que olvidar que en todo gran grupo, hay buenos y malos.
Los unos sin los otros no tendrían sentido. Así que hay que cuidarlos, también.
El problema, supongo, es cuando los grupos son tan grandes que los buenos y los malos se mezclan. Si sigues haciendo las mismas distinciones que con un grupo reducido, al tuntún o por lo poco que te muestren, estarás vendido.
Es por eso que me gusta trabajar para que en Quorum no todo sea un grupo y ya está. Para que todo lo que hay no sea mera conjunción de números y fórmulas. Me encanta saber, que por mucho que acabe muerto de sueño, y peor de lo mío, hago las cosas por personas que van a responder.
Porque hay gente que merece que se trabaje por ella. Y me gusta la reciprocidad.
Luego, dicen, así me va.
A tope.

