Censura contra responsabilidad
Entonces sientes que te asoma la sonrisa desdeñosa, ácida.
Dejando de lado la cuestión de que no se puede censurar nada en absoluto si podías haberlo evitado de antemano -y menos en esta madre de réplicas que es Internet-, de que se ha ido a matar al mensajero en vez de al tío que te está dejando en ridículo, que da igual que seas una celebridad o el jodido niño alemán para ser blanco de crítica y burla. Todo eso a una parte, seamos realistas: Si te dedicas al fornicio en mitad de la playa, en un supermercado o en un bar de mala muerte, y sabes -o deberías, majo o maja-, que actualmente cualquier guarrada pasa antes por los servicios web 2.0 que por los patios de vecinas, que encima resulta que eres una torda conocida y que lo eres porque te has estado pasando por la piedra a otro famoso durante un par de años, pues oye: Apechuga.
Que sí, que el personal debería guardarse ciertas cosas y que una cosa es que una pareja porno amateur se dedique a publicar sus historias por la red de redes, y otra una persona que sin su permiso explícito se encuentra retratada para escarnio público. Que la gente no tiene por qué colgar la intimidad de otras personas y menos en actos pudorosos como un coito o meterse el dedo en la nariz.
Pero si tanto te alegras de salir en el periódico o en la revista de moda, por lo bonita figura que eres, por puro azar o por testigo indirecto de un acontecimiento, céntrate y razona que te pueden dejar fino para la posteridad por echar un casquete en el sitio inadecuado.
Deberías alegrarte de haber hecho algo bueno, porque estabas disfrutando y haciendo disfrutar (a menos que, disculpa, mordieses de más, por ejemplo), porque es el único consuelo que te queda.
Así que deja de ser cínica, métete en la mollera el ser consecuente y, por lo que más quieras, no te vuelvas a reír de ese político que han pillado en plena labor onanista.
Y cierra las ventanas.
O las piernas.

