Cansancio
Tomamos un café y él frunce el ceño. No soy como todos los idiotas de mi edad, tío, dice mientras abre con una mano su sobrecito de azúcar. He vivido mucho y demasiado rápido.
Ladeo un poco la cabeza, apartándome del humo de un cigarrillo y esbozo una sonrisa esquinada.
No es que hayas vivido de más, niño, pero sí es cierto que te has pegado tu tute. Nosotros, mal que nos pese o nos tengamos que alegrar, no somos como nuestros abuelos.
Parpadea y niega con la cabeza.
Sigo.
Ya sé que no son los mismos tiempos. También sé que ni tú ni yo parecemos de estos días, en los que los dementes de nuestra edad juegan a ver quién se mete más mierda en una noche para, al día siguiente, follarse a su churri en medio de la resaca. Pero no te engañes: no hemos pasado ni la mitad que los que nos llevan cuarenta y cincuenta años de ventaja.
Entonces, suena su teléfono móvil.
No tenían esa clase de comodidades. Ellos sí que estaban jodidos, pienso.
Responde.
¿Sí?
Sonrío.
¿Cómo que si he visto a papá? No, no lo he visto ¿por qué preguntas?
Cambia su gesto. Dejo mi café.
¿Qué? ¡¿Qué se yo!? Bueno, mira, tú tranquila, ahora le llamo y lo localizo, que además tenemos que quedar.
Trato de dilucidar qué pasa leyéndole los ojos.
Venga, mamá, más tarde nos vemos. Adiós.
Estoy hasta los huevos de mis padres, concluye.
Cuelga para volver a marcar.
¿Papá? ¿Dónde estás?
Odio cuando no me cuentan qué está pasando. Pero son sus cosas, así que esperaré.
Me acaba de llamar mamá. Dice que has vuelto a beber.
Y a veces odio enterarme de lo que sucede.
La siguiente hora es de las que siempre se deben los amigos. Tú explicas tus cosas. Yo te explico las mías. Intentamos arreglar -nuestro- mundo y al final, cada uno para su casa.
Nos despedimos en mitad del Paseo de Gràcia y me lo quedo mirando mientras se pierde entre la gente calle arriba, a paso ligero, con aire cansado.
Por una vez el Diablo, a pesar de ser viejo, no tenía razón.

