Campanas
Incluso cuando la conversación gira en torno a cuánta sangre tienes el cuerpo y las consecuencias de un navajazo casual en la capacidad de contención de tu organismo, puede que sólo te lo tomes como el desvarío ocasional provocado por el exceso de vodka.
El problema viene cuando, además, te dejan tirado con un tío que se está poniendo jodidamente violento, en el vagón de metro, a tu puta suerte. Partiendo a otra estación a la que no sabes si llegarás.
Te coge del pelo, en carrera, incrustándote el poste del medio del vagón en la espalda y te coge del cuello con una mano que, tranquilamente, podría cogerte toda la cara y meterte la nariz como compañera siamesa de tus meninges. Saca la navaja, la coloca justo encima de su mano, rozándote la oreja y dejando que el filo se marque en la parte baja de tu mandíbula.
En esos momentos no puedes hacer más que seguir mirándole a los ojos, mientras el traqueteo del vagón, normalmente inadvertido, se convierte en una ensordecedora y bizarra banda sonora.
No tienes realmente mucha idea de por qué lo sabes, pero no te hacen falta muchas explicaciones para afirmar que los ojos de ese hijo de puta hablan de haber pasado hambre, frío y muerte, sin importar el orden, porque probablemente las tres vinieran a la vez, siendo efectos, causas y consecuencias entre ellas. Que las ha administrado tanto cuanto pueda haberlas sufrido. Que viene de vuelta de un infierno particular, tan similar a muchos otros del lugar de donde proceda.
Tu único consuelo es seguir mirando, esperando que todo termine como deba terminar. Según dicten las cuerdas del destino de cada uno, sonando en el momento que deban y, si es ese, cogiendo el toro por los cuernos, mirándole de frente.
No como todas las personas que están compartiendo esos segundos, minutos, horas, y que no tienen el valor ni de entrometerse, ni de decir nada al respecto. No vaya a ser que les toque la realidad, chocante y lista para crujir sus malditas burbujas de seguridad ciudadana, regalo de toda la basura televisiva, que han construido para afirmar que todo va bien.
Entonces, ding, dang, suenan tus campanas y uno de los acompañantes del que te amenaza sale en tu ayuda mientras otro te aparta llevándote lejos, pidiéndote disculpas por lo sucedido. No puedes evitar mirarle a la cara y pensar en decirle que no te joda, que sabes bien que, de haber puesto resistencia él mismo te habría sacado la navaja, te habría abierto un nuevo boquete como sistema de ventilación.
Pero algo en su mirada, de ojos grandes, azules y sinceros, te dice que hay algunas cosas que se obvian, que no todo es todos.
Las aceptas. Las suyas y sólo ésas. Porque sabes que, a fin de cuentas, podría haber sido un perfecto tres contra uno que se ha saldado en un susto. Gracias a cualquier otra persona que no es ni tu supuesto amigo ni esa otra clase de desgraciados que ni se movieron, pegados por el efecto by-stander en los asientos de plástico negros del vagón.
Luego me preguntan que por qué odio a la gente.

