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Café y pana

Es fácil sucumbir ante la tentación de la retirada. El camino sencillo es el que siempre está listo, abierto, invitante y, de poder ser evidentemente claro, seguramente tendría en su entrada señoritas o mozalbetes ligeros de ropa, según quién le eche un ojo.

Curiosamente, en ese mismo punto estaba ella.

Simplemente fue a la cafetería de debajo de casa, como una de tantas tardes de invierno. A veces, aunque tengas calefacción en casa, no hay nada más acogedor y cómodo que un sitio donde haga una temperatura baja y que alguien te sirva un café cargado en su justa medida. Sus ojos grises se perdían en un inocente intento de llegar hasta el fondo de ése café negro y fuerte. El pelo, que había vuelto a dejarse crecer, comenzaba a llegar a esas medidas un tanto molestas en las que, por mucho que quieras, tiende a tratar de colarse por donde nunca dejará de picar.
Se mordía los labios. Como siempre.
Sus manos pequeñas, cuidadas y delicadas, justo estaban removiendo el bolso cuando él se acercó.
—Disculpa, ¿Puedo sentarme?

Podría haber parecido una grosería. Pero ocupar dos sillones cuando una sólo necesita uno, es tanto más grosero. Un vaído de la memoria le recordó la sonrisa que su abuela solía otorgarle cuando, regañándola, le hacía entender que es que había cosas que, aunque fastidiaran, terminaban trayendo algo bueno. La cafetería, por otro lado, parecía no poner objeciones, sino todo lo contrario. Con techos altos y a la última moda, regalaba un ambiente de tranquilidad, a medio camino entre una cafetería pequeña de pueblo y una biblioteca de diseño de ésas en las que el ruido parece ir con cuidado de no romper el silencio.

Alto y delgado, con su media melena, en un primer momento casi logró esbozar una sombra femenina. Pero hay detalles en un hombre que hacen que cualquier intento por destacar un rasgo femenino caiga con un gesto de derrota. Una barba bien cuidada es uno de ellos. Sus ojos transmitían paz. Podríamos hablar de su color, pero no siempre es lo importante.
—¡Oh! ¡Claro! A ver...---dijo ella, apartando su chaqueta.
—No te preocupes, ya me las arreglo, de verdad.---Y retiró el otro sillón, con un gesto tranquilo, pero seguro. Como quien, de toda la vida conociéndote, está dispuesto a plantearte conversación.

Le observaba con curiosidad tras las gafas. Traía una chaqueta de pana, de esas que normalmente deberían cubrir sólo a un hombre que se asocia a clases de universidad, hijos mayores de edad y muchos libros a la espalda apoyando tesis, doctorados, seminarios y sentando cátedra. Uno de esos con el pelo gris, cabría añadir. Aunque esto de las modas tiende a hacer malas pasadas, y en cuanto se la quitó dejó ver una de esas camisas con motivos sencillos, directos, agradables a la vista, que se completaba al abrochársela.
« ¡Qué fashion, tío! Poco ligarás...» pensaba, cuando de repente él le dedicó una mirada glacial. A veces no terminas de saber si la gente tiene telepatía, aunque no creas en ella. Éste era uno de esos momentos. Una sonrisa desbancó de sopetón que tuviera los pensamientos tan al acceso de cualquiera como las redes que la rodeaban, según oía a veces a algún chico de ésos informáticos. «Qué raro eres...»
Sucedió entonces. Se abrió el camino fácil. Se le mostró del único modo en que se empecinan estas cosas: tratando de hacer que el olvido carcomiera los buenos ratos vividos haciendo que sólo quemaran los malos.

Él abrió un libro y se sumergió en la lectura. La Ciudad de las Bestias. Ella, dándole espalda a una parte de sus recuerdos, se recostó en su sillón y le observó.

Dicen que cuando alguien te gusta, el estómago se contrae y se relaja muchas veces. Cosa de los nervios y de la necesidad del cuerpo de un estímulo para segregar endorfinas. Por eso aparecen las cosquillas y las mariposas. Porque los nervios chisporrotean y las endorfinas te hacen hervir la sangre. Lo malo de que las cosas hiervan es que suelen ser momentos en los que la palabra estabilidad se desliza tan delicadamente de la persona como un retazo de seda por una cama cubierta por una sábana de seda también. Precisamente en lo que pensaba ella era en sábanas. Unas hipotéticas y futuras y unas pasadas que más que resbalar, rascaban.

Continuaba leyendo. Obligándola inconscientemente a pararse a pensar, y es que en según qué ocasiones, los momentos son ineludibles. Recordó sonrisas. Caricias. Promesas. Miradas. Letras. Suspiros. Certezas. Incertidumbres. Cosquillas. Dolores. Confesiones. Besos. Todo. Y recuperó todo lo bueno que poco a poco parecía habérsele ido olvidando.

Él levantó la mirada y sonrió, y el contraste entre lo bueno y lo malo, junto con la sensación de que todo era tremendamente raro, terminó haciendo que ella sonriera también. El pistoletazo de salida a una media hora de lo más tranquilo, entre el pasar de las hojas y el pensar que qué fácil es verlo todo negro. Qué difícil recordar lo bueno. Qué sencillez el abandonarse a lo que obvia el hecho de que hay cosas por las que luchar para que, entre bache y bache, se construya un camino firme.
Esa noche se llamarían. Serían dos otra vez.

Es por esto que los ángeles no pueden mostrarse.

No serían los protagonistas de sus historias porque nunca podrán serlo.

Cosas del guión. O la razón.
jun 25, 12:05 bajo ,

Bonito. Pero no estoy de acuerdo en que los ángeles no se muestran. Los hay pero no sabemos que lo son. Hasta que no están a nuestro lado, cuando ya no forman parte de nuestro andar por la vida. Su cometido ya termino

Lilith    domingo junio 25, 2006    #

Buena historia, aunque ha sido de las que menos me han llegado.
Opino lo mismo que Lilith, aunque yo ya me he dado cuenta que hay un ángel a mi lado, y aún (y espero que nunca) se ha ido.
Por cierto, el tío raro se parece bastante a tu perfil (o al menos me ha recordado a tu perfil).

Apokh    domingo junio 25, 2006    #

Lilith, de eso mismo trata. No es que no se muestren, es que no se dejan ver como protagonistas. Nos damos cuenta cuando pasa el tiempo.

Apokh, no pretendía llegar, realmente. Era un experimento (que admito que me ha salido en parte fallido). Pero vaya, ya trabajaré en algo que llegue ;P

Respecto a tu ángel… hummmm… espero que ése tampoco tenga barba y el pelo largo, porque está justo en la posición que ninguno puede ocupar.

Es lo malo de ser como mercenarios: nunca parece que tengas un sitio.

Ah y… ¡Odio las chaquetas de pana!

Otacon    lunes junio 26, 2006    #

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