Hacktivate Your Mind ! v9.0

Autobusero Modelo

De fondo, entre canciones, sólo se escucha el ronroneo del motor junto el rodar de las ruedas por la carretera, toda la vibración a lo largo de la estructura del autobús. La oscuridad sólo se rompe por las farolas que pasan, rápidas y el horrendo reloj de tipografía digital rojo sangre.

02:28

Para en un área de servicio. Parece que el resto del mundo toma una bocanada de aire, como si llegara ligeramente después. Como si la teoría de la relatividad demostrara tímidamente que existe. Debería haberse guardado su exhibición esta vez.

—Señores pasajeros, vamos a hacer una parada de tres cuartos de hora. Son las tres y media, así que a las... cuatro y cuarto me pongo en marcha. No acostumbro a contar a la gente que llevo, así que ustedes verán si no regresan a tiempo, porque yo no espero a nadie.

Lo ha dicho con una voz ronca, tosca y borde. Más que un conductor parece un yonki que adelanta el tiempo a su medida porque necesita la dosis antes de tiempo.
Cuando bajamos, se lo hacen notar.

—Perdone... son las dos y media, no las tres y media.
El conductor se siente agrio y nos mira.
—Ya me han entendido.
—Entonces debería esperar hasta las cuatro y cuarto, por si acaso.
—No me diga lo que... ¡Bah! ¡Ahora les aviso y ya está! — arruga su cara de cerdo supino— ¡Baje!

Le observo, al otro lado de la luna del frontal.
Entierra sus manos en el pelo, encima del volante. Debe estar pensando que ha hecho el ridículo, pero se recompone por un momento y me mira con los ojos desencajados. «Que Dios nos pille confesados si no cambiamos de conductor, hijo de puta.»
Si no ha oído el pensamiento, debe ser por alguna triquiñuela divina.

Tres cuartos de hora más tarde, los pasajeros subimos al autocar.

Entre toda la turbulencia mental que siempre traigo de un viaje me ha dado tiempo a pensar que este tío tiene pintas de ser uno de esos claros ejemplos de complejo de PP. Complejo de la Polla Pequeña
Abusón, grotesco, enfermizamente escudado en la mole que conduce para hacer creer al resto del mundo que es un tío potente.

Complejo de inferioridad y todo eso.

De repente, la confirmación.

—Si no quitáis los coches de ahí, os lo chafarán.—dice, a través del cristal lateral de su puesto.
Responden algo.
—Porque yo soy bueno, pero otro pasará por aquí y se os llevará por delante.
Del otro lado, unos chicos que están saliendo de sus coches le observan, incrédulos. No están acostumbrados, como nosotros, a que nos esté conduciendo el hermano pequeño de un troll.
—Bueno, vale, yo te lo he dicho. Luego no quiero lloros, que estoy hasta los cojones. Que sí, que vale, que yo te lo digo, que a la próxima os chafo el coche, porque es que ni me paro a miraros.
Los chicos de fuera intercambian miradas y parece que piensen que es demasiado pronto para una cámara oculta.
—¡No te jode! ¡Ala, que ya os las apañaréis, pero si yo soy otro, os chafo el coche!

Estoy seguro de que nos (le) dedicaron un tierno saludo con los dedos medios de ambas manos bien extendidos y en alto, a ver si el que nos conducía los veía por el largo espejo retrovisor.

Los niños a las tres y veinte de la madrugada, están absolutamente convencidos de la existencia del Coco. O al menos, del Coco-nductor.

El traquetreo del autocar retoma su particular runrún.

Una hora y media después, avatares de Destino, se encuentra con un antiguo compañero que ahora trabaja en la TMB conduciendo un trasto amarillo. Ni corto ni perezoso, enciende la mitad de las luces del autocar, abre las puertas y grita como un degenerado, a las cinco de la mañana:
—¡¿Qué pasa pisha?! ¡¿Qué tal te va todo?!
Ruido de fondo, el interlocutor contesta.
—¿Sí? ¡Vaya! Pues ya te contaré yo, ya, que me voy a volver a mover porque esto es una mierda...

A estas alturas de la historia, comienzo a dudar de que tú sepas realmente qué es una mierda, pienso. Desde luego está claro que para tí despertar a todo tu pasaje, con tres niños a los que acabas de asustar y cuarenta personas que están seguros de que a donde tú vayas, si no es el destino marcado en tu ruta, no les importa nada, no es una mierda.

Volvemos a ponernos en marcha. Un taxi se libra de ser fosfatina entre los dos autobuses con un acelerón. Se masca la tragedia.

Pasa un minuto y tres semáforos en verde.

Al final, la hecatombe:

—¡Eres un cabrón! ¡Como vuelvas a hacerme la pirula, te parto el coche por la mitad, desgraciao!
—¿Pirula yo? ¿Qué pirula? Me habéis encerrado vosotros, tú por no moverte y tu colega invadiendo mi carril.
—¡¡Que te jodan!! Ya te lo he dicho: ¡a la próxima te parto el coche por la mitad, a ver qué va a pasar!
El otro debe responder a medias.
—Bueno, ya te lo he dicho, estás avisado. Vale, que sí, que vamos. Tira p'alante ya.

Con todo el mundo ya despierto (estará orgulloso el hombre), llegamos a la Estación del Norte. Cabreados, asqueados e incluso en algún caso, sobresaltados.
La sorpresa nos asalta, en un catalán muy bonito, muy formal, muy de hipócrita cabrón:

—Hola, buenas noches, vengo desde Valencia. ¿Qué andén me toca, por favor?

Si yo hubiera tenido que responder, le habría asignado el del infierno de los demonios con pollas verdaderamente grandes.

Y que tuviera buen viaje.
jul 17, 20:14 bajo ,

Vaya, sabía que habíais llegado tarde y demás y encima a estación Norte, pero no sabía de toda “la tragedia”. Encima que era viaje de vuelta, jodido.

Apokh    miércoles julio 18, 2007    #

Uno de los conductores que nos devolvía a la ciudad desde el cole nos daba pánico.

Pánico del de verdad, nada de bromas.

Había tres conductores y él era el que menos solía venir, pero cuando venía… nos cagábamos encima.

Su forma de entrar a las curvas, la velocidad, la agresividad conduciendo. Ese acento del sur profundo, las pocas veces que hablaba. Sus patillas blancas, las gafas de sol, medio verdosas, y el eterno palillo entre los dientes.

Recuerdo haber suplicado al conductor de una pequeña furgoneta, que también hacía el reparto, que nos acercase a la ciudad. Haberle pedido al hijo del director, que vivía en la escuela, que me dejase quedarme a dormir allí. Haber preguntado a un profesor que iba con su coche si me llevaba a casa.
De todo. Cualquier cosa, lo que hiciese falta para librarme de su bus.

Es lo más parecido al coco que recuerdo.

Quizá pertenezcan a cierta estirpe que ignoramos y sufrimos cuando nos toca viajar.

La próxima vez te acompaño y le pegamos fuego a los miedos infantiles.

Tony    miércoles julio 18, 2007    #

Pues ya ves, Apokh ¡Tenemos fiesta y tipos raros, incluso en los trayectos!

Lo que está claro es que la figura de los conductores encierra un grupo de personas que pueden dar mucho juego a nuestras vidas en pequeños retazos y que, al menos en mi cotidiano, he ignorado hasta… bueno, hasta que me han despertado a gritos.

Respecto a la invitación, la tomo gustoso, hermano mayor =D

Otacon    lunes julio 30, 2007    #

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